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Domingo 06 de Noviembre de 2016

El camino del alcohol

La talentosa periodista y narradora acaba de publicar un libro que puede leerse como una autobiografía. Filoso y casi salvaje, Black Out (Random House) cuenta una historia signada por la intensidad, la desesperación y la bohemia intelectual, que nunca da respiro al lector.

Contra un fondo de tubos de ensayo por los que circulaba algo en ebullición, mi madre me hacía una prueba de magia. Con un vaso en cada mano, los dos llenos de un líquido transparente —luego supe que era alcohol—, vertía al mismo tiempo los contenidos en una pipeta de vidrio. El líquido se volvía de un carmín traslúcido que evocaba el color de una prenda ensangrentada que se enjuaga. Yo llamaba a mis amigas para que asistieran al número. Me jactaba de mi madre, doctora en Química, aceptando ser su asistente. Sin embargo no hacía nada.

Mucho más tarde, durante los años en que bebí sin parar, solía tener hemorragias. El diagnóstico de endometriosis no ponía en peligro mi vida y yo era suficientemente fuerte como para conservar un número normal de glóbulos rojos. Tenía un hijo, no pensaba tener otro. Sin embargo mi imaginación se disparaba cuando creía que el líquido ardiente que me llevaba sin cesar a los labios, me bajaba transformado en sangre, manchándome la ropa. Pero entonces, cuando mi madre "me hacía magia" ignoraba que la alquimia de mutar una sustancia transparente en rojo bermellón, a su modo, era una profecía.

Mi primera menstruación llegó muy tarde y por eso fue atesorada. Apenas un hilo de sangre en la toalla higiénica acompañado por una molestia en el vientre, que no alcanzaba el rango de dolor, eran suficientes para que yo actuara mi pubertad de manera que las amigas que poco antes se burlaran de mí enrostrándome mi cuerpo infantil, comparado con el de ellas, recientemente calificadas "de señoritas", me obsequiaran con una sonrisa de condescendencia: les mostraba con ostentación mi blíster de Evanol, me negaba a correr en los recreos y, con cara de sufriente, iba al baño a cada rato, para comprobar con desilusión que la mancha seguía teniendo el mismo tamaño mientras su color viraba a un feo marrón oscuro. Todavía se usaban los paños caseros de tela de toalla con aletas, lavables e indiscretos desde la soga de colgar la ropa.

La casa que alquilamos con Gumier Maier no terminaba de gustarnos; conocedores entusiastas de la literatura sobre el Delta, no nos dejaba leerla en ninguna de sus claves: carecía de la clásica estructura de material y techo de dos aguas que el ascético Sarmiento había querido junto al río, con un mínimo de confort, como quien, por haber sido pobre, se aviene a desviar su destino con mejoras y bienes acumulados pero hasta cierto punto. Sólo seguía la etiqueta edilicia de las islas en los pilotes y el muelle, gemelo de tantos; cuando emergía de la bruma y sin balaustrada, Gumier Maier veía en él un jardín zen. Le decíamos La Desabrida y, sin que nuestro gusto hubiera influido en la elección, aunque todos sospecharan que sí, era kitsch. Cabaña de pino de Bariloche y casa de geishas, se la podía reconocer desde la lancha por el enorme cisne blanco que un amigo había puesto con la base en el agua: un trozo de cemento pintado, de un tamaño imposible para un ave, con alas separadas en actitud de levantar vuelo.

El amante de Gumier Maier había muerto. Yo vigilaba ese duelo, sin interrogar ni consolar, con una distancia pedagógica, puesto que me había persuadido a mí misma de que la no intervención, combinada con una mirada atenta y un cuidado flotante, podían acompañar aquello que me era vedado ahorrar al amigo: las distintas formas del dolor haciéndose pasado a través de períodos de una calma casi narcótica, desasosiego activo, desesperación enunciada sin necesidad de nombrarse en largas marchas ciegas desde el muelle al dormitorio durante las que —con el pretexto de plantar una azalea o unos jazmines del cabo— él sumergía sus manos en la tierra, como si tocara a su amante a través de la sustancia común que rodeaba el río y la tumba en el cementerio público al que solía llevar sus herramientas para instalar canteros. Si mal no recuerdo, hacía traslados de bulbos entre la tumba y nuestro jardín. En los dos lugares miraba crecer los brotes, tenderse hacia el sol: era un duelo floral.

Entonces murió también mi padre

No lo velé pero cumplí su pedido de ser enterrado en la pequeña parcela que su familia tenía en el cementerio de Olivos: el traslado no estaba incluido entre las prestaciones de su jubilación —pero ¿quién se anima a desoír los pedidos de un moribundo?—; sí, el servicio funerario y el féretro, de una madera brillante y rojiza que elegí como si él hubiera podido verlo y reírse. Pedí dinero prestado a mi editora de entonces. Apenas la conocía, pero ya había sableado lo suficientemente a mis amigos como para reincidir aun por razones dramáticas, y ella tal vez achacara mi pedido al estilo del autor marginal cuyo trato formaría parte de los gajes de su oficio.

Le pedí a M que me reemplazara en la ceremonia. La esperé bebiendo en un bar frente al cementerio. M tiene la virtud de no perder la sangre fría en ninguna circunstancia. Cuando todo terminó, vino al bar, se pidió un café y comenzó a quejarse. Creo que no calibraba el lado cómico de su relato. Para colocar el féretro de mi padre hubo que reducir el cadáver precedente. Trozarlo hasta que los huesos ocuparan menos espacio, cambiar a una urna las cenizas de las partes incineradas. Deduje que eran los de mi abuela materna. Se me ocurrió que el tabú del incesto primaba bajo tierra: féretros y urnas separaban lo que sería polvo, y aun polvo común. M me contaba que no fue suficiente con mi abuela. También hubo que reducir a su hijo menor, muerto en un accidente de ómnibus. Mi padre no había sido un familiar simpático; mi abuela prefería a su hermano y allí estaba el odioso Cristobita imponiendo su corpacho y su féretro colorado: siempre había sido un extravagante. Le canté a M un trozo de "Boda negra". Se escandalizó. En cambio le parecía natural darme esos detalles escatológicos. Hábil administradora, mascullaba contra la rapidez de las acciones de los enterradores, más destinadas —según su impresión— a no atrasar los próximos entierros que a la cortesía hacia los deudos, obligados a optar entre la integridad del muerto reciente y la de los anteriores, quizás ya moderadamente olvidados. Pensé en las pilas de Auschwitz, en el terrorismo visual de lo numeroso en la Historia, y en su opuesto, la pequeña pila de huesos fruto del destino biológico de uno solo, que ha gozado de una inscripción en su tumba, un par de placas con frases sentidas, a veces ambiciosas (esas latinadas ofrecidas a quien nunca las leerá), mientras bajo tierra los plazos municipales van favoreciendo una orgía sin carne que la madera podrida liberará en una composición caótica hasta que una deuda prolongada la destine a la fosa común.

"Lisina = cadaverina. Diaminobutano o butanodiamina = putrescina." Cada vez que moría un familiar querido y de edad avanzada, mi madre recitaba los químicos de la muerte en largas parrafadas modernistas, para concluir con una sentencia: "Estaba en edad de morir". Objetivaba la descomposición de la carne en fórmulas cuyos números y letras la defendían del duelo, en este caso un duelo retrospectivo luego de muchos años de separación, hecho de capas de olvido sedimentadas sobre un amor muy antiguo por el que había sido el único hombre en su vida. M me contaba que, durante toda la ceremonia, permaneció sin llorar pero yo imaginé sus ganas de desplazar la atención prestada a su ex marido hacia su propia fragilidad y desdicha. Cuando el empleado de la funeraria preguntó cuáles de los hombres presentes se ofrecían para llevar al hombro el ataúd, tres amigas lesbianas dieron un decidido paso hacia adelante. El ataúd enfiló hacia la tumba con movimientos desiguales ya que mi hijo, que había tomado una de las manijas, era más alto que mis amigas. M me hacía el relato sin reírse; seguía indignada por el precio de la reducción de huesos.

—"Cadaverina y Putrescina como Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura" —le dije, recitando a Osvaldo Lamborghini y ella me hizo callar porque lo había dicho casi cantando.

Hay cuerpos que se descomponen más rápido, como los que han muerto por septicemia o por insolación. La muerte por infarto luego de un ataque cerebral, como la de mi padre, era inodora, al menos durante las primeras horas. Cadaverina y Putrescina tardarían en llegar. En un manual dedicado a la reducción de restos yo había leído cómo los microorganismos de la viruela, del ántrax y del cólera sobrevivían en los cadáveres durante mucho tiempo y eran contagiosos. Que en un cadáver de 1850, ante el lente de un microscopio, habían aparecido los pequeños virus de la viruela.

No era el caso de mi padre el de poder matar, una vez muerto. Tampoco su cadáver era radiactivo. Imaginé que por más que lo hubieran apretado para hacerle largar el aire hasta alcanzar los pulmones de enterradores mal equipados —apenas guantes de látex y botas de pescador—, ningún bacilo de Koch se habría volatizado hacia los vivos.

—La venganza de Margarita Gautier —le dije a M sin explicarme.


Luego del entierro fui en lancha hacia La Desabrida. Necesitaba escapar, alejarme por el río hacia esa morada húmeda que en ese momento me parecía un hogar. Gumier Maier respetó mi silencio. Yo me sentía aturdida. Dormí una siesta larga con breves despertares angustiados. Al atardecer tomé un sedante. Me tranquilicé. Por la noche ya estaba en el muelle prepa­rándome para saltar al agua que el sol había calentado durante el día. En Tres Bocas el río es poco profundo. De noche, el mayor peligro era el de las Chris Craft que pasaban a velocidad y la única señal de una lucecita que parecía tener la propiedad de encenderse demasiado tarde, obligando a nadar precipitadamente hacia la orilla. Acababa de cenar una carne al vino preparada por mí, cuya salsa me había demandado casi medio litro de chianti ordinario. Luego bebí casi una botella de ginebra. Salté.

Tuve la precaución de nadar casi pegada a los pilotes de los muelles que estaban ubicados uno muy cerca del otro, siguiendo la diadema de luces de los faroles de los jardines y de la entrada de los porches.

Recuerdo que había reflectores sobre el cielo: provenían de los helicópteros de la policía que hacían redadas por las islas todos los fines de semana. Nadaba río abajo, a veces me detenía y hacía la plancha para mirar sobre mí el cielo estrellado.

—Zafé —me decía—, zafé.

No se puede llorar en una sustancia que se funde en las propias lágrimas. Y Gumier Maier, sentado en el muelle, podía verme desde lejos pero no hasta el punto de darse cuenta de que estaba llorando y, de haber estado más cerca, tampoco habría sido capaz de diferenciar sobre mi cara el agua del río de las lágrimas. Ese llanto, una vez derramado, terminaba también por ser irreconocible para mí, que no debía distraerme del tráfico y de nadar respirando acompasadamente al ritmo de las brazadas. Tuve la tentación de no volver, de seguir río abajo hasta la zona de quintas deshabitadas donde los muelles rotos me impedirían subir de nuevo a tierra. No intentaba una hazaña, ni siquiera una temeridad. Era como si el llanto y la natación se hubieran conjugado para desatar una especie de euforia, de prueba de potencia. Aun nadando contra corriente, sin mucho esfuerzo, los pies podían tocar el fondo. Sólo en medio del río era profundo. Pero existía en la deriva de mis pensamientos un horizonte de sinrazón, una desobediencia que yo asociaba al gesto de John Glenn cuando, suspendido en el espacio, apenas conectado a la aeronave por un cable, dejó de escuchar la orden de volver, para gozar por un instante de ese flotar fuera de lo humano.

Gumier Maier comenzó a llamarme desde el muelle. Lo hacía con lengua bola de vino tinto y porro. Cada llamado era en voz más alta, angustiada. Quería que diera señales de vida, de que no me estaba ahogando o me había golpeado con un tronco de los tantos que emergían de las aguas, árboles podridos o talados, arrancados de cuajo por las tormentas. No tuve el impulso de contestar. Mi nombre me interrumpía la concentración. Desentonaba. Yo sentía el calor adentro del pecho y, por contraste, el frío del agua sobre la piel. Me gustaba la violencia de la sensación, el calor del alcohol en el interior del cuerpo. Ese grito lejano me advertía: yo ignoraba la resistencia de mi corazón, la desafiaba sin recordar mi edad y mi mal estado físico. La alegre irresponsabilidad, que desde afuera podía leerse como un gesto suicida, no tenía más sentido que una demostración de fuerza. Fuerza bruta ejercida con una prodigalidad de gigante que alguna vez me valió el apodo de Gargantúa. Destreza no: fuerza física, fuerza palurda del que se suicida mordiéndose las muñecas o tratando de separarse las mandíbulas con la mano como cabe a nuestra mitología paisana de hijos de inmigrantes. Tuve aliento para ir y volver. No recordaba que mi padre abría las botellas con los dientes, que nadaba mar afuera, con una rápida patada de crol de sus piernas delgadísimas como las mías. Ni me daba cuenta de que la boca abierta que sacaba fuera del agua, imitaba la curva de su agonía. Nadaba contra él, para alejarme de su muerte y, aunque volví, me pareció que era otra y que esa otra nadaba y bebía.


La boca de mi padre, esa tensa forma de herradura que se repite de la rabieta de infancia recién al final de la vida, de aquel llanto que precede a la asfixia siempre breve y por eso no debería llamarse así —asfixia— sino cuando el soplo afanoso de la respiración suele deslizarse cada vez más espaciado entre los labios tendidos hasta su expansión máxima, me obsesionaba en su misterio: mantenía su habitual color oscuro, su humedad, una frescura que sobresaltaba en el rostro pálido y escamado de viejo. Yo la miraba luchar y suponía que, desde algún vaivén asordinado de la conciencia, mi padre hacía gestos de succión hacia los pechos de las enfermeras que se volcaban sobre él para cambiarle las sábanas volviéndolo primero de un lado y luego del otro, mecánicamente, como si ya no fuera un hombre. Porque, quitada la dentadura postiza, hundidos los labios en esa cavidad oscura desde la que llegaba un aliento hecho de los químicos que lo mantenían vivo y la propia podredumbre, aún podía percibirse que esa boca había sido ávida.

Dos noches antes de que me llamaran del hospital para avisarme de su internación, habíamos estado comiendo en un restaurante de menú poco variado pero el más cercano al que podía llegar desde el geriátrico sin fatigarse. Hacía poco tiempo yo le había hecho cambiar la dentadura: la nueva le molestaba pero terminó por admitirla, ilusionado con las ventajas que le describía, evocándole su gran apetito carnívoro, su hastío por los platos que no requieren tragarse sino con la simple presión de las encías desnudas como aquellos a los que se había resignado cuando su dentadura anterior se arruinó y tuvo que dejarla, y entonces él me mostraba con tristeza cómo desaparecía en un santiamén, propio de quien quiere terminar cuanto antes con un trámite enojoso, el puré mixto con un chorro de aceite, la manzana rallada, el caldo pálido sin sal ni pimienta, la dieta monocorde del enfermo cautivo.

Era una dentadura estándar, pareja y nacarada, poco mimética con la natural de la que no quedaba ningún registro y cuyas piezas defectuosas habían ido mermando de a poco, a veces con ayuda de su dueño que se las arrancaba con brutalidad, riéndose tanto de la necesidad de un dentista como del truco popular que consiste en sujetarlas ya flojas a la manija de una puerta para que la entrada de alguien las haga volar en la punta del hilo sujetador.

Sentado a la mesa del restaurante, mi padre preguntó con la cara iluminada si había cerdo, en el fondo sabiendo que no era posible que hubiera en ese lugar con módicos platos del día, pero era un lance de suerte, y esa alegría suspendida antes de la negativa supongo que habrá sido una breve victoria sobre el límite interpuesto a su sueño sibarita. Luego mascó un bife de chorizo con premura, asomado a su plato y de cuatro bocados como yo lo había visto hacer desde la infancia, haciendo enfurecer a mi madre. Se sirvió vino de la jarra de un cuarto, un vaso tras otro, agitando la botella hasta sacarle la última gota. Ya no le dejaban beber bebida blanca que era su favorita y, en los meses de terapia intensiva, sobrio y dormido, se había acostumbrado.

Impedido de caminar, de tomar fotografías —su oficio—, fascinado por los noticieros —o más bien reducido a ellos debido a que los servicios del geriátrico sólo incluían, para su televisor, los canales de aire—, alegre con la posesión de un gato ante cuya presencia la institución hacía la vista gorda, sólo obsesionado por la cantidad de lo ingerido y la velocidad en saciar su hambre, haciendo ruido con esa boca en la que ya no entraría nada para inundar las papilas de un placer totalmente elegido, por ejemplo esos picantes que antaño solía espolvorear como un ogro, sin ninguna proporción, al recetario existente alguno, mi padre se había convertido en un apetito.


Tenía perfil de emperador romano. Cabeza y cuello en un mismo bloque, la nariz alineada con la frente aunque creo que a eso se le llama "perfil griego". La descripción no es la de Electra como testigo ocular sino de mi madre ante sus amigas solteras y mayores, que habían visto a mi padre con sus propios ojos pero a las que ella hacía rabiar narrándolo. En realidad a mi padre lo llamaban con el nombre de otro emperador: el japonés. Hirohito había venido al país y su imagen estaba en las primeras planas de los diarios, la de un mestizo envarado, nunca sonriente, con altura de granadero. Y mi padre, como él, tenía los ojos oblicuos, un par de tajos brevísimos sobre una luminosidad amarilla que yo heredé y redondeo con un lápiz graso engrosado hasta el manierismo para dar la ilusión de una lágrima suspendida. Un artificio kitsch. Mi padre, escondido tras los lentes de carey, improvisaba un oriente de miope. El apodo de Hirohito no se debía solamente al parecido sino a ciertas simpatías filonazis que compartía con el emperador.

Creyéndose fea, mi madre ignoraba sus ardides femeninos, ardides que despreciaba pero ejercía y, para hacer rabiar a sus amigas, no sólo narraba la belleza de mi padre como si ellas no lo conocieran sino como si fuese una promotora o una representante artística: cuando por las noches salían a pasear por la avenida Santa Fe para mirar vidrieras, las llevaba a que contemplaran el perfil de mi padre a su negocio de fotografías, un local estrecho a la altura de Callao. Yo las acompañaba. Con la luz de la vidriera apagada luego del horario de atención al público, mi padre leía o escribía frente a su escritorio. Seguramente revisaba los pedidos para el día siguiente. Un velador lo iluminaba desde arriba y mi madre señalaba la apostura de mi padre como una adquisición propia: a pesar de que ya no vivían juntos, era un acuerdo tácito con una ley que aún no aprobaba separar lo que había unido y las amigas asentían con hipocresía, tal vez consintiendo en que mi madre fuera vencedora quien sabe en qué zonas jamás definidas de la competencia entre mujeres.

Una vez mi padre se puso de pie y su sombra tapó la luz de la lámpara. Luego desapareció brevemente de escena. Cuando volvió a sentarse ante su escritorio se había puesto delante una botella de ginebra y un vaso. Lo señalé riéndome y mi madre, con brusquedad, me dio un topetazo en el hombro. Mi padre tomó un trago y las amigas de mi madre, supuse, se sintieron vencedoras: era un perfil de buen mozo en un echado del hogar conyugal que se había dado a la bebida. Y mi madre, no recuerdo con qué pretexto, nos hizo alejar.


Mi padre tenía un lado que desmentía su supuesta belleza. Unos dientes grandes que, sin el socorro oportuno de la ortodoncia, crecieron torcidos y filosos contra sus labios. El agua con flúor de las provincias en las que había trabajado los mancharon de amarillo, manchas pequeñas como pecas. Ese era el secreto de su boca sensual: su cualidad de herida.

Cuando se reía no se le veían los dientes: cierto accionar de su estructura ósea le había dado esa ventaja. De querer mostrar su parte fea, tenía que hacerlo deliberadamente, desenfundando la dentadura.

Para hacerme reír a mí, él solía encoger el labio inferior y desfigurarse aún más la boca mientras me corría con los dedos de las manos separados, afectando garras y pezuñas. Ese juego que me arrancaba gritos agudos solía irritar a mi madre, celosa de cualquier complicidad entre mi padre y yo, aunque también enojada por una actitud de él que juzgaba infantil e indigna de la virilidad. No entendí que su enojo sugería además que, aunque bromeara, a mi padre su defecto le daba pena. Un día tomé un gran pedazo de papel de paspartú y lo ocupé todo con un círculo. Luego dibujé la mínima traza del rostro humano: dos puntos por ojos, un palito, la nariz, todo rápido antes de ocuparme de la boca, demarcándola con una especie de banana donde fui dibujando pequeños triángulos irregulares que pinté en distintos tonos de marrón. Mi caja de 24 colores —las codiciadas alemanas de los años cincuenta donde los lápices se exhibían alineados bajo un fino papel de seda como si fueran bombones— permitía las gamas para alguien como yo que desconocía el arte del sombreado. Dos redondeles unidos por el medio, a modo de anteojos, señalaron la identidad del modelo. Tardé, me pareció, un tiempo muy largo, que imaginé merecedor de un elogio especial, sobre todo porque hasta entonces como dibujante festejada hasta la zalamería me había limitado a las hojas de cuaderno. Corrí a mostrarle el dibujo a mi padre. Primero miró el dibujo, luego a mí, muy serio. Luego hizo una especie de sonrisa, en realidad un rictus en donde no advertí su recuerdo de niño herido: hamacaba a su hermano menor y perdió algo en el suelo. Se agachó a recogerlo cuando la hamaca se alejaba a lo más alto de su curva, pero no lo hizo bien. La hamaca le voló todos los dientes de leche. Cuando crecieron los definitivos, su rostro, antes ascético, cambió súbitamente con ese morro llamativo, hecho de dientes desiguales y manchados que le hicieron difícil su relación con las mujeres desde el momento en que cada varón intenta sobreponerse con cierta prestancia a la edad del pavo. Busqué esa boca en el terreno del espíritu y la encontré en el joven Sartre, boca que a muchos repele —una boca Bardot clavada en la cabeza del existencialismo—, que también como la de mi padre, el fotógrafo, llevaba lentes. En el terreno del deseo, la encontré en una joven a quien también le sobresalían los dientes pero cuando la probé me pareció áspera, como sin sangre. A veces sueño con esa boca sola, la de mi padre, suspendida en el aire, separada de todo cuerpo, una abstracción, pero carnal.


La llegada del nieto permitió a mi padre una entrada espectacular a mi habitación del sanatorio, munido de una filmadora y lámparas de estudio que me enceguecieron mientras daba de mamar. No nos saludó ni nos dio un beso: su única manera de expresar amor era el registro, una película que pronto extraviaba o que nos proyectaba a desgano, una foto ya dañada por un revelado desprolijo e impaciente.

Cuando mi hijo era pequeño, todos los domingos mi padre nos hacía una visita para un almuerzo que él remataba con una larga siesta. Entonces yo preparaba los platos suculentos que le gustaban —ravioles con estofado, milanesas a caballo, flanes con crema y otros inductores de la siesta pesada anteriores a la política de la comida sana—. Con el almuerzo él se bajaba una botella de ginebra. La servía llenando el vaso cada vez y sin hielo y la tragaba haciendo muecas y estirando la cabeza hacia atrás. Alguna vez en broma le ofrecí un embudo. Me dijo que era mejor usar una tolva, un embudo para granos en el que el cono menor, decía, tenía el diámetro de su boca. Traje el que yo usaba para pasar de la damajuana a una botella el vino que solía comprar suelto; estaba jugando pero él no: se lo puso en la boca y levantó la cabeza para recibir así la ginebra. Mi hijo no tenía edad para poder sostener la botella. Todo el juego era peligroso. Lo impedí.

No sabía cuidar. Carecía del instinto, siquiera el sentido común como para no soltar la mano de un nieto de tres años que hace equilibrio sobre una pared, o lo arrojaba y recogía en el aire sin calcular la altura del techo y, con las manos, le apretaba demasiado el cuerpo o gritaba hasta asustarlo. Era el Frankenstein de James Whale, en la escena en que juega con la pequeña María a arrojar flores al agua del lago y sostiene esa expresión torpe en donde convergen las intenciones de un asesino y el remedo de una ternura humana.

No separaba la sed de las ganas de aturdirse. En todo caso, mi padre bebía para liquidarse, como yo. Primero para darse ánimo pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable. Hasta el sopor y el sueño o el coma intermitente antes del horror de despertarse en la feroz lucidez del día. Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre.

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