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Sábado 12 de Marzo de 2016

El buen consejo de dejar a las maestras enseñar

Quien lea, quien escriba, quien guste de algún libro en particular reconoce la huella de un maestro en su camino.

La noción de “jerarquización docente”, tal como señaló el educador Pablo Imen en una nota publicada en este suplemento (*), presenta significados en pugna. Por un lado, la perspectiva tecnocrática ve en el docente una pieza clave en tanto se convierte en ejecutor de políticas elaboradas por expertos. Por el otro, la perspectiva emancipadora busca, en cambio, asegurar la formación de hombres y mujeres capaces de pensar con cabeza propia, desarrollando todos los aspectos de su personalidad en busca de la transformación social en pos de una sociedad libre e igualitaria.
  Desde la perspectiva emancipadora ¿Qué significa la jerarquización docente? ¿Y quién debe jerarquizar al maestro: los padres, el ministerio, los mismos docentes, los estudiantes?
  Un espacio clave para reflexionar acerca del tema son las reuniones de padres. Nos cuenta una maestra que unos años atrás se encontraba en una nutrida reunión de madres y padres armados con un elemento contundente: el cuaderno del grado de al lado. Ocurre que la maestra del otro primer grado había avanzado (aparentemente) más en la enseñanza que la docente de sus propios hijos. Miraban el cuaderno, hablaban, comparaban, cuestionaban. Y llegaron a contar la cantidad de páginas escritas hasta el momento. Todo se extendió hasta que un padre, sabio en su sencillez, dijo cinco palabras que esta maestra no ha olvidado. Palabras surgidas desde la comprensión de la tarea del otro: “Dejen a la maestra enseñar”. Se produjo entonces un silencio, aquel que sobrevuela las aulas cuando alguien dice la palabra justa. Y la reunión siguió, mejorando ese diálogo colectivo.
  Reconocer el saber específico del docente, comprender el tipo de tarea que lleva adelante en espacios donde todo ocurre en multitud, simultaneidad y diversidad significa ponerse en el lugar del otro y captar las características centrales de su esfuerzo y el núcleo de su labor en contexto.
    El trabajo de maestros y profesores, señala la antropóloga Elena Achilli, puede pensarse como práctica pedagógica y como práctica docente. La práctica pedagógica engloba el núcleo vinculado a la tarea de enseñar. En cambio, la práctica docente se liga a todo lo otro que su puesto de trabajo le indica que es parte de su tarea: asistencia al alumno, planillas y controles que hacen a la periferia de la tarea principal, muchas veces descentrada de su eje por estas demandas múltiples que ocupan el tiempo y las preocupaciones diarias. Jerarquizar la tarea del maestro es ayudar a que se centre en su práctica pedagógica didáctica, a partir de la presencia de políticas públicas que cuiden, acompañen y amparen a la infancia en otros aspectos vitales (nutrición, salud, empleo de los padres, etc.) para que “pueda dedicarse a enseñar”.

Valor social. Jerarquizar el trabajo docente desde una mirada emancipadora significa reconocer el valor social de ese trabajo. Un trabajo que ayuda a construir identidades laborales y prácticas sociales necesarias. Un trabajo que, en fin, ayuda a crear otros trabajadores. Quien lea, quien escriba, quien guste de algún libro en particular reconoce muchas veces la huella de un maestro en su camino. Albert Camus, al recibir el Premio Nobel de literatura, le escribe como un alumno agradecido a su maestro de primaria que lo impulsó a seguir estudiando: “Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto”. No seremos muchos los docentes que recibamos reconocimientos de los ganadores del Premio Nobel. Acaso su equivalente sea el papelito que una maestra conocida tiene colgado en su pared y que dice: “A mí lo que más me gustó cuando vine a este grado, es cuando vi la seño tan buena y los chicos tan compañeros. Cuando vine me pregunté: «¿Estoy en un mundo nuevo o no?» Y cuando vi que los chicos eran buenos me dije a mí mismo «Estoy en un mundo feliz» y también me dije «Tranquilo Fernando que vos estás rodeado por un montón de ángeles y el comandante es la señorita Ana María»”. No son las palabras de Camus al ganar el Nobel, pero dan la misma alegría.

“Revolución educativa”. El ministro de Educación y Deportes de la Nación, Esteban Bullrich, acompañado por sus pares del área de todas las provincias expresaron en Purmamarca la necesidad de encarar una “revolución educativa”. Por su parte, el presidente Mauricio Macri señaló días pasados que la mayoría de las escuelas “no está basada en la innovación, la exigencia y el mérito”. Desconocemos en qué investigaciones basa su afirmación, pero entendemos que la búsqueda de un cambio sin diagnóstico preciso suele operar como el punto de partida de transformaciones que ponen al maestro inicialmente en el lugar de protagonista. Luego, cuando este, poco consultado se resiste a ser ejecutor de políticas creadas por expertos alejados de la vida de las aulas, termina convirtiéndose en el primer culpable de la situación.
  Jerarquizar al docente desde la perspectiva ministerial implica, para nosotros, atender a las condiciones de trabajo y de formación continua, a las problemáticas edilicias y salariales para que se haga visible lo importante que resultan los docentes para las políticas públicas. El monto que se asigne al presupuesto educativo, el cuidado de la salud de los maestros, la inversión que se realice en los edificios escolares son todos indicadores de la poca o mucha importancia que se da a los docentes, jerarquizándolos. Y quien jerarquiza a los docentes, valora también a sus alumnos y estudiantes.

Maestro sin voz. La perspectiva cierta de evaluaciones estandarizadas, atadas al salario, ligadas a prácticas de control más que de formación que llega de la mano del gobierno de Macri, en lugar de jerarquizar la tarea docente lo ubican al maestro como un ejecutor sin voz. Un objeto de las políticas educativas y no un sujeto de plena palabra que actúa y piensa junto a la comunidad en la que está construyendo educación.
  Para nosotros, docentes pasadores de cultura, jerarquizarnos significa ayudar a afilar las herramientas de actuar y de pensar desde el aula. Jerarquizar nuestro trabajo puede ser también detener lo inevitable de algunos destinos, tender la mano a lo inesperado y aprender a mirar, pensar y comprender las necesidades y las esperanzas de quienes más nos necesitan: los chicos y los estudiantes a quienes la escuela tanto debe.

   (*)Dos modos de entender la “jerarquización” del trabajo docente. Pablo Imen. Educación. La Capital, 27 de febrero de 2016.

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