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Miércoles 31 de Julio de 2013

El bello conflicto de aprender de la realidad

Un bello salón de clases, con un grupo de nenas y nenes de primer grado aprendiendo con el diario, entero, en páginas, en recortes.

Un bello salón de clases, con un grupo de nenas y nenes de primer grado aprendiendo con el diario, entero, en páginas, en recortes. Al frente de la experiencia, una maestra fuera de lo común que animaba a los que aprendían las primeras letras a ensuciarse con la tinta, aprender a escribir y a leer más allá del ma-me-mi y enriquecerse con recortes de la realidad. Claro está que en ese salón no faltaban libros de cuentos, de la mejor literatura. Los textos felizmente convivían.

Un dato que no pasaba inadvertido era el rico debate que ganaba las clases, donde se mezclaban las anécdotas del primer diente caído con una noticia política, de la ciudad y del deporte o qué había pasado en el recreo. Ningún cuaderno era similar, cada chico anotaba la clase pero lo enriquecía con algo más, lo distinguía con algo propio de lo aprendido. Quizás era lo que más desconcertaba a los padres que siempre se paran en la puerta de las escuelas a comparar (odiosamente) qué hizo cada uno de sus hijos en clase.

Había una planificación sobre qué enseñar, cómo hacerlo, nada diferente a lo que cualquier maestra conoce de su oficio. La diferencia es que las preguntas de los chicos eran inesperadas y nunca en un solo sentido. Y cada palabra era respetada, tenida en cuenta. Que se colaran los temas de actualidad (de los más cercanos a los pequeños y la misma agenda de los medios) colaboraba en esto.

La descripción anterior no es de una clase imaginada, y por suerte quien estaba al frente no fue ni es la única maestra en abrazar el desafío de educar en la diversidad de miradas, y desde los primeros grados, confiada en que la capacidad creativa y crítica se enseña desde el vamos. Una tarea donde la incorporación de los medios, del diario en particular, y el interés por la realidad hacía, por supuesto, lo suyo.

Por eso no sorprendió que cuando llegó el tiempo electoral (en esta y en tantas otras experiencias similares) los chicos estaban preparados para hablar de quiénes se postulaban, conocer las boletas que se llevarían a las urnas, darse la posibilidad de hacerles preguntas a algún candidato sin prejuicios y hacer encuestas en las familias sobre a quiénes iban a votar. Un proceso que se vivía con naturalidad. Porque, después de todo, trabajar a diario con debates de la realidad había acercado distancias entre el afuera y el adentro de las aulas.

Un estudioso muy consultado y leído por quienes se preocupan por cuánto pueden aportar los medios a la enseñanza, el pedagogo español Jaime Carbonell, había señalado en cierta oportunidad que "la escuela se debate ante el dilema de seguir sumida en el reino de la seguridad que le proporciona el libro de texto único o dejarse envolver por la aventura de la cultura" (La Capital 19/08/92).

Carbonell cuestiona a los educadores que se aferran al conocimiento de un texto único de clases (libro o manual): "Es un conocimiento cerrado que tranquiliza las angustias y las actitudes conformistas de muchos profesores, porque les proporciona seguridad y les ayuda a resolver con el mínimo esfuerzo. Pero también inmoviliza al profesorado y priva a los alumnos de la pasión y las vivencias espontáneas ante el conocimiento y la vida".

Es fácil imaginar cuánto más rico y diversos pueden ser los aprendizajes si es posible admitir infinidad de recursos, desde el diario al cine o el teatro. Por supuesto que no para hacer "más de lo mismo", sino para abrir mentes y corazones, hacerlos permeables a las diferencias y permitirles crecer en su capacidad crítica, pero sobre todo en su sensibilidad humana.

Es difícil pensar que algo de esto se logre sin conflictos, después de todo aprender lo es. Dejar que los temas de actualidad enriquezcan la currícula sin maquillajes es quizás un reto más entre los tantos de miles que ya les toca asumir a los educadores (recordemos que maestras y profesores tienen en sus alumnos la expresión más diversa de esa realidad: en niñas embarazadas, pibes que trabajan y adolescentes vulnerables a las adicciones).

Pero también es una decisión asumir ese reto, acompañarlo en forma permanente, por parte de quienes dirigen justamente las políticas educativas. No sólo con programas coyunturales para salir del apuro. Más bien con definiciones firmes, sostenidas, que nada se condicen con, por ejemplo, discursear sobre la prioridad educativa pero luego sacarle 25 millones de pesos al presupuesto educativo para hacer propaganda. Si hasta parece una contradicción esta medida ahora conocida que tomó el gobierno de la provincia de Santa Fe.

La vida política no puede quedar afuera de las aulas. No hay que subestimar ni la capacidad de trabajo de los profesores ni de entendimiento de los jóvenes, más cuando se les han reconocido más derechos y están habilitados para votar con 16 años. ¿Por qué entonces un simulacro de votación con próceres de la historia como Sarmiento, Mitre y Avellaneda —que encima piensan bastante parecido— en lugar de dejar que la vida real entre a las aulas?

¿Se seguirá alimentando la idea de "preservar" a las escuelas de la política, como si ésta fuera una mala palabra? ¿Se lo seguirá haciendo con la excusa de que se habla de política pero no de los partidos políticos, como si éstos nacieran de un repollo? ¿O bien alentando fantasmas de militantes (casi siempre del mismo sector, obvio) que cual monstruos vienen a cooptar el cerebro de los adolescentes?

La educación invita siempre a tomar decisiones, a definirse y a jugarse. Por ejemplo, en seguir apostando al "reino de la seguridad" de educar sin sobresaltos y hasta caer en el aburrimiento o aceptar que es un bello conflicto permanente y que como mejor se puede crecer es dejando que la realidad se meta de lleno en las aulas.

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