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Domingo 02 de Octubre de 2016

El bar de la cortada empedrada

Es un espacio crucial en el circuito de la noche del centro. El Berlín, que ya lleva veinte años de permanencia, cobija entre sus paredes una rica historia y está lejos de bajar las banderas: sigue siendo no sólo un lugar de encuentros y tragos, sino un refugio para lo mejor del arte rosarino

El Berlín está ahí, en el pasaje Simeoni, como un faro en la noche del centro. Sigue vivo y a todo ritmo, cuando otros bares emblemáticos de la ciudad se han perdido y hoy son apenas recuerdo, nostalgia, humo. Lo que sigue es un intento de contar la historia de este espacio tan significativo, que ya lleva dos décadas de vida y promete continuar por muchas más.


El nombre, una clave


No es casual que el nombre Berlín se haya inspirado en la caída del muro en la capital alemana, en 1989. Semejante suceso implicó, entre otras cosas, el reencuentro de las culturas que estaban separadas. Siete años después de ese parteaguas, en Rosario unos jóvenes emprendedores de la noche se la jugaron al abrir un bar con el único fin de difundir la movida artística. Desde entonces siempre se manejaron bajo la premisa de fomentar los encuentros. Hoy ya cuentan con veinte años ininterrumpidos militando por esa causa y su resultado está a la vista. El Berlín forma parte del imaginario popular rosarino y es un lugar de paso obligado para muchos jóvenes.

Su historia es riquísima: a contramano de lo que dice el tango, veinte años es mucho tiempo. Sus paredes son testigos de cientos de anécdotas, vivencias y celebraciones de las que varias generaciones fueron testigos. Numerosos músicos y actores pasaron por su escenario. Pero su frondoso historial amerita repasar los comienzos, ya que no siempre estuvo abocado exclusivamente al rock. Berlín fue vidriera de obras de teatro, café concert, música de todas clases, poesía, pintura, fotografía, video, clowns, cine, humor y hasta radios en vivo. En síntesis, el arte local en todas sus formas y expresiones.

"No reconocíamos fronteras a la hora de activar el escenario. Era un público cautivo dispuesto a ver de todo", recuerda su fundador, Luis María Corradín. "Incluso llegamos a tener shows humorísticos de transformistas como Mimí Nervios y Mariquena del Prado", profundiza. El dato relevante es que el escenario estuvo activo de manera ininterrumpida durante estos veinte años.


Los antecesores


Los nostálgicos de la nocturnidad recordarán lugares emblemáticos que sirvieron de trampolín para el nacimiento del bar: no hay Berlín sin Zeppelin ni La Rockería. El primero de los dos predecesores funcionó inicialmente en el sótano actual del Berlín. Luego se mudaría, cambiando de nombre a La Rockería. Supo estar sobre Tucumán y avenida Belgrano y más tarde en Wheelwright 1745, frente a la actual Casa del Tango. Ambos fueron espacios dedicados a la cultura rock por los que desfilaron bandas de todas partes del país.

El espectro de ilustres antecesores incluye también a los bares temáticos como La Muestra, La Sede o La Parada: reconocidos espacios dedicados a la difusión de talentos locales, contenedores de artistas y púbico en simultáneo. El recordado San Telmo también formaba parte central del derrotero de la noche. Más tarde pasaría a llamarse Luna y marcaría para siempre los corazones rosarinos.


Verano del 96


Nuestro bar nació en el verano de 1996 en el antes llamado pasaje Zabala, hoy Fabricio Simeoni. Nunca sufrió mudanzas. "No sería lo mismo si no estuviera allí", reflexiona su creador. "En aquellos años estaban muy vigentes los lugares temáticos. Nosotros fuimos por más, y le buscamos la vuelta a la nocturnidad y lo cultural", agrega. El Berlín siempre apuntó a la noche en su totalidad, a darle vida a ese momento post-show.

Su nacimiento se vincula con la historia de Zeppelin. La leyenda indica que un grupo de jóvenes descubrió que en el pasaje que cortaba al medio la manzana de Mitre, Catamarca, Sarmiento y Tucumán había un sótano al que si se le ponía un poco de pintura y un nombre propio podía convertirse en un sitio atractivo. Anteriormente habían transitado por allí bares recordados, como La Peña del Cacique o Valequé. Pero esta vez la apuesta fue un pleno al rock and roll y así se armó una movida interesante (el nombre Zeppelin, homenaje a la legendaria banda, ya era todo un indicio). Años después se mudarían, dejando una huella imborrable en los habitués de la noche. Luis María y su hermano (en aquel entonces socios) tomaron nota y compraron el lugar para extender la propuesta. Con una puerta abierta en una de sus muros y una escalera hacia el baile y el rock, el bar dio vida a lo que actualmente se conoce como Los Bajos de Berlín.

Eran momentos en que todas las manifestaciones artísticas posibles convivían semana tras semana. Incluso shows de magia y títeres de la mano de Andrés Leito (Chile) para los más chicos, que funcionaban por la tarde durante la semana. También fue escuela de teatro, en la cual Miguel Franchi y Gerardo Capurro llegaron a dar clases a un nutrido grupo de estudiantes.

Sim embargo, eran años duros y poco a poco todo fue cambiando. Rosario y el país vivieron acontecimientos imposibles de desconocer. La crisis del 2001, por ejemplo, implicó que muchos artistas se fueran del país y al día de hoy no hayan regresado.

Así y todo, la perseverancia y el trabajo en equipo lograron que el Berlín perdurara y se estableciera como marca. El bar tiene un legado único en la ciudad: gran parte de los artistas locales han pasado por su escenario. Figuras del teatro como Salvador Trapani, Juan Pablo Geretto, Andrea Fiorino y Gachy Roldán, por mencionar sólo algunos.

Desde el lado de la música, la lista es extensa: Coki Debernardi, Degradé, El Regreso del Coelacanto, Los Vándalos, Vudú, el Cholo Montironi, Caburo, Bonzo Morelli. Y a nivel nacional también hay nombres que brillan: Los Piojos, La Bersuit, Pappo, Las Pelotas, Memphis la Blusera, Daniel Melingo.

La radio tampoco se quedó afuera. Muchos recordaran aquel programa histórico de la Red TL, El Mañanero, conducido por Gerardo Martínez Lo Re y Marcelo Mogetta, que fue un ciclo emblemático de la resistencia de los noventa. La dupla solía hacer radio en vivo y llegaron a realizar el primer show para el Berlín, generando un antecedente. A partir de allí Carlos Del Frade o el humor de Germinal Terrakius se sumaron con sus propios ciclos.


Rumbo a la costanera


Llegar al Berlín implica visualizar el centro de la ciudad camino a la costanera del parque España. En esa ruta la escena se compone de bares como La Sede/Cultural de Abajo (Entre Ríos 599), Down Town (Urquiza 1258) y El Olimpo (Urquiza y Mitre). Pero más atrás en el tiempo muchos evocan a Salamanca (hoy McNamara), Barcelona (Tucumán esquina San Martín) y el siempre recordado y añorado Luna. Sitios clave del imaginario histórico de la ciudad.

La zona tiene esa particularidad, ofrece un abanico de opciones interesantes. Quienes viven en el centro tienen la ventaja de poder recorrerla y deambular por allí. Pero el Berlín siempre implicó la opción más completa: ir a comer, ver algún espectáculo en vivo, juntarse a tomar algo con amigos y/o encontrarse con algún conocido. La opción es atractiva hasta para quienes optan por salir solos.
"Cuando alguien planifica una salida, Berlín está presente. Hemos logrado penetrar en la agenda cultural de la ciudad", define Luis. Y todo sucede sin dejar de lado el hecho de que es, simplemente, un bar. Es común encontrarse con grupos de chicos y chicas que previamente estuvieron escuchando una banda y se quedaron a trasnochar. También está el tipo que opta por el whisky solitario.
El Berlín se confundió tanto con el paisaje rosarino que son pocos los jóvenes que no lo conocen. "Es un lugar de pertenencia que trascendió varias generaciones", acota su dueño al contar que suele encontrarse con hijos de parejas que se conocieron en el bar.
"Creo que fuimos siempre una marca amigable para el público y el resultado está a la vista. Para los jóvenes es un lugar de referencia. A los veinte años necesariamente lo tenés que conocer, al menos si te interesa la nocturnidad. Creo que no hay nadie con un poco de inquietud por lo cultural que no haya venido", remata.
En el Berlín brota una energía especial. Aquel que estaba solo frente a su trago, de repente se encuentra con un conocido y se larga a conversar. Los jóvenes universitarios que se acercan a conocerlo pronto se cruzan con compañeros de la carrera y nacen nuevas aventuras. La pareja que se pone a hablar de teatro no se separa ni para salir a fumar. Y está la contraseña de las remeras: encontrar a alguien con los mismos gustos musicales y proyectar posibles trabajos artísticos (formar una banda de rock o lo que fuese).
"Trabajamos para que la gente converse y se conozca. El día que se pierda eso, nos daremos por perdidos", confiesa Luis María Corradín, y agrega: "Muchas bandas de Rosario se conocieron viniendo acá como clientes".

Reconocimiento

Producto de su perseverancia, trabajo y dedicación, hoy el bar forma parte del imaginario social. Por eso no es casual que le haya llegado un reconocimiento: el Concejo Municipal lo reconoció con un diploma honorifico. "Reconforta y nos invita a redoblar el compromiso por otros veinte años más", celebra Luis.
Gente que berlinea
"Es un lugar donde siempre te sentís cómoda, seas como seas y busques lo que busques. La gente va a divertirse, escuchar música, tomar algo, bailar un poco y juntarse con sus amigos", se anima a declarar Agustina López, estudiante de comunicación social, actriz y profesora de teatro que frecuentó el bar desde su adolescencia y hasta hoy continúa yendo. "Está presente porque es un lugar querido, te sentís a gusto, caigas sola o solo siempre vas a encontrar a alguien con quien charlar, tomar algo o divertirte".
"Siempre me atrapó el lugar, no sé bien por qué, pero desde que fui nunca pude dejar de ir o lamentarme cuando no voy", confiesa Ana Clara Tarquini, diseñadora de indumentaria. "No es que no hubiera otras opciones, pero tiene algo especial", cuenta y agrega que "le resulta inspirador a la hora de diseñar, por el color, la música, el ambiente y la estética del lugar".
"No es sólo un bar, es una opción cultural porque podes ver espectáculos en vivo de todo tipo, eso se ve poco en Rosario", sentencia Matías Ibáñez, realizador audiovisual que llegó a asistir jueves, viernes y sábados en los primeros años del bar. "Era uno de los pocos lugares donde ponían rock and roll toda la noche", recordó.
"Empecé a frecuentar la noche desde muy chica y he tenido malas experiencias en varios lugares, ya sea por discriminación o violencia hacia mí u otras personas", sentencia Agustina, para aclarar que en el Berlín eso nunca pasa: "Ahí la gente no tiene prejuicios (o al menos no se expresan), nadie te mira de tal o cual manera, todos están a la espera de buenos encuentros". No recuerda "haber pasado una sola mala noche ahí o haberme sentido incómoda ante ninguna situación".
Con respecto a la ubicación, afirma: "Creo que es la mejor zona, porque cuando no sabes qué hacer, vas por ahí y las opciones empiezan a aparecer solas. Tenés todo a mano: bares, lugares para comer, espacios para ver bandas o teatro y hasta podés ir al río a dar una vuelta". A su vez Ibáñez rescata que "era una zona donde había muchos lugares rockeros" y "hoy el Berlín es de los pocos que quedan". Para finalizar valora el hecho de que sea un espacio "que sintetiza a la perfección el combo de ver bandas, escuchar buena música, tomar tragos y estar con amigos".
Leyendas
Parte del mito berlinés es que por el lugar hayan aparecido figuras reconocidas a nivel nacional como simples espectadores, disfrutando de algún espectáculo o de la compañía de amigos. Muchos son quienes recuerdan a Alejandro Dolina. Otros evocan a personajes como Catriel Ciavarella (Divididos), Andrés Ciro (Los Piojos), Ricardo Tapia (La Mississippi) o Luis Salinas, entre tantos otros.
José Luis Morelli

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