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Domingo 01 de Noviembre de 2015

El ballottage, una costumbre en Sudamérica

pdebrito@lacapital.com.ar

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LA CAPITAL

Argentina se prepara para su primer ballottage el 22 de noviembre. La novedad es de tal magnitud que ha tenido efectos desconcertantes, tanto en la dirigencia política como en el periodismo y, al parecer, en el elector común. Es bueno entonces buscar una comparación con los países vecinos que han incorporado el ballottage a su práctica electoral a lo largo de los años. Chile, Uruguay y Brasil sirven como el parámetro más eficaz.

El caso más cercano por idiosincrasia y cultura es Uruguay. Allí el ballottage presidencial es habitual. Luego de la primera vuelta de octubre de 2014, en la que el Frente Amplio y Tabaré Vázquez lograron un cómodo primer lugar, el candidato colorado, Pedro Bordaberry, quien había salido tercero, dio su apoyo explícito al segundo, el "blanco" Luis Lacalle Pou, hijo del ex presidente e histórico líder del Partido Nacional Luis Lacalle. Bordaberry expresó su respaldo la misma noche de la primera vuelta, el 26 de octubre. Agregó que trabajaría para que Lacalle ganara el ballottage. Se impuso, como se sabe, Tabaré. Ganó por un holgado 56 a 43 por ciento al joven Lacalle. En anteriores elecciones uruguayas, el ballottage ha sido habitual. Desde la caída al tercer puesto del Partido Colorado luego de la difícil presidencia de Jorge Battle por la crisis de 2001-02, esta formación, siempre que se ha presentado la ocasión, ha dado su apoyo abierto y activo al postulante blanco que pasó a la segunda vuelta.

Un contraste con la Argentina de este primer ballottage, en el que los que quedaron fuera de competencia hacen malabarismos verbales para evitar decir con todas las letras a quién de los dos que compiten votarán el 22 de noviembre. "¿Macri o Scioli? Mire, no soy el dueño de los votos", es la excusa de rigor del interrogado. Una obviedad, que viene acompañada usualmente de frases elípticas que sirven para dar a entender a quién se votará. Se escuchan así afirmaciones del tipo "el domingo la sociedad le dijo basta a un modo de gobernar, pidió un cambio, viene una nueva Argentina" y similares. El ejemplo más claro fue la convención de UNA del pasado miércoles: allí tanto Sergio Massa como sus dos lugartenientes, Roberto Lavagna y José Manuel de la Sota, hicieron lo imposible para decir que se inclinan por Macri pero sin afirmar que lo votarán: entre los tres habrán mencionado las palabras "cambio" y cambiar" 15 ó 20 veces, pero en cada oportunidad en que los periodistas les preguntaron a quién votarán, se escaparon por la tangente. Un espectáculo desconcertante y más bien reidero para un uruguayo, un chileno o un brasileño.

Chile. En Chile, los ballottages agrupan detrás de los dos candidatos que quedan en carrera a casi todo el espectro político con representación parlamentaria. Es que las dos coaliciones mayores son formaciones institucionalizadas, con décadas de existencia, con sus primarias y reglas internas. Nada que ver con las siglas de ocasión habituales en la Argentina. La antigua Concertación, rebautizada luego de 25 años Nueva Mayoría para ampliarse a la izquierda del Partido Comunista, y que coronó a Michelle Bachelet en un ballottage en diciembre de 2013 frente a la candidata Evelyn Matthei de la otra coalición, la derechista Alianza. No es necesario entonces, en Chile, salir a proclamar a quién se votará en el ballottage, ya que casi todos los partidos y dirigentes de relieve ya están enrolados en alguna de las dos coaliciones.

Brasil. En Brasil el panorama es mucho más desorganizado y multicolor, con una constelación de partidos con representación parlamentaria que no tiene parangón en Sudamérica. El eterno PMDB, partido bisagra que es parte de la coalición de gobierno con quien sea que gane, es el actor clave. Pero la práctica del ballottage también está muy consolidada. Lula, pese a su enorme popularidad, llegó a la presidencia dos veces por medio del ballottage. La primera, en 2002 le ganó a José Serra (del socialdemócrata centrista PSDB), y la segunda en 2006 contra otro "tucano" EM_DASHasí llaman a los del PSDBEM_DASH, Geraldo Alckmin.

El año pasado, luego de la primera vuelta en la que salió tercera con un excelente 21 por ciento de votos, la ambientalista Marina Silva anunció lo que todo el mundo esperaba de ella: su apoyo para la segunda vuelta al socialdemócrata Aécio Neves. Neves finalmente perdió el ballottage ante la presidenta Dilma Rousseff el 26 de octubre de 2014, pero hizo una gran elección y quedó a apenas 3 por ciento de la ganadora. Esto lo habilitó como líder de la oposición, que hoy tiene contra las cuerdas a Rousseff. Son réditos de una gran campaña, coronada por 48 por ciento de votos en el ballottage.

Este es otro punto interesante: el ballotage refuerza al ganador y presidente electo, pero también deja bien plantado al segundo, que queda instalado como líder natural de la oposición. Así ocurrió también en Uruguay con Lacalle Pou. Pero en la anómala Argentina también esto es diferente: todo indica que esta vez el segundo lugar será casi un certificado de defunción política. Otro síntoma de la falta de costumbre de la sociedad argentina con este mecanismo de selección de cargos electivos. No viene mal recordar que los inventores del ballottage, los franceses, lo usan tanto para los cargos ejecutivos como legislativos.

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