Edición Impresa
Miércoles 30 de Septiembre de 2015

El arte y la caída de Lehman Brothers

El 15 de septiembre de 2008, en una subasta de su obra, Damien Hirst recabó 140 millones de euros. Ese mismo día, colapsaron los mercados mundiales y comenzó una crisis que parece no tener fin.

Al tiempo que los hermanos Saatchi convertían su agencia, Saatchi & Saatchi, en la más grande del mundo, desarrollaban la comunicación de la administración Thatcher. Maurice Saatchi, por un lado, estrechaba vínculos con el Partido Conservador, llegando a ser con los años uno de los referentes de los tories, mientras que su hermano Charles iniciaba una de las estrategias de marketing pocas veces vista en el campo del arte. Apostando por los Young British Artists, descubrió creadores como Cindy Sherman, Sarah Lucas o Marc Quinn, pero quizás su mayor logro haya sido convencer al mercado del peso artístico de Damien Hirst.
 
Mientras embalsamaba tiburones y ovejas o incrustaba miles de diamantes en una calavera, Hirst produjo una serie infinita de pinturas de todos los tamaños posibles en las que sólo aparecen puntos de diferentes colores. He escrito “producido” y no “creado”, ya que -como si de una factoría se tratase- la serie de obras fue realizada en sus talleres por su equipo, de manera industrial. En la red se encuentra el video del montaje de uno de los lienzos que realizó el grupo de trabajadores de la galería Gagosian, donde se ve con claridad que en nada difiere de las cotidianas instalaciones de los grandes carteles de publicidad en cualquier ciudad. La escritora y crítica de arte Estrella de Diego observó que algunos puntos están mal pintados: “No sé si será que hay ayudantes menos eficaces o que al cabo de repetir tanto circulito se acaba un poco mareado”, especuló.
 
Una de las obras de Hirst que más impacto causó es el famoso tiburón suspendido en formol, por el cual un coleccionista llegó a pagar 12 millones de dólares. El crítico Robert Hughes, quien tildó al artista de pirata, equiparó su obra al peor Warhol y le concedió una gran habilidad como manipulador, considerando a los compradores de sus piezas como meros aspirantes a coleccionistas que se sienten ignorados si no cuentan con un hirst entre sus obras. Hughes ironizó sobre la capacidad de la pieza del tiburón de simbolizar los riesgos existenciales y ser una declinación de la “naturaleza”. El crítico opinaba que tendría algún sentido si Hirst, al menos, hubiera pescado el tiburón, pero lo hizo un pescador australiano pagado por Charles Saatchi. La obra comprada por el bróker americano Steve Cohen acabó descomponiéndose. Ante lo ocurrido, Hirst no titubeó y cambió el animal por otro. Con ese gesto le habla al mercado, sin rubor, más que como un artista, como un operador. Por eso no recurre con frecuencia a las galerías: directamente pone sus obras en manos de Sotheby’s o Christie’s y las subasta sin intermediarios en una operación directa de oferta y demanda.
 
Llama la atención, entonces, que en el caso de la serie de círculos Hirst haya optado por un galerista, aunque sin perder de vista su principal objetivo de realizar una verdadera operación de mercado. Gagosian posee una red de once galerías en el mundo y Hirst decidió ocuparlas todas a la vez. Sólo las dos sedes de Londres cobijaron más de trescientas de las pinturas de puntos de colores; el resto se mostró en las galerías de Atenas, París, Roma, Ginebra, Nueva York, Beverly Hills y Hong Kong. La mayoría de las obras pertenecen a colecciones privadas y muy pocas salieron a la venta, pero el experimento no buscó otra cosa que una gran promoción del artista. Estrella de Diego apunta que lo curioso de esta operación fue ver cómo una obra de arte puede convertirse en un producto de mercado que hay que lanzar con buen timing, como un iPhone, para hacer más ruido y lograr que nadie quiera quedarse fuera del evento. “Y yo que pensaba que la obra de arte era otra cosa…”, se lamenta de Diego sin reprimir su irónica melancolía.
 
En el campo político, Thatcher fue, en cierta medida, un producto de la agencia Saatchi&Saatchi, la avant-garde de un tiempo en el que la política dejó de hacerse en la calle y en los comités para elaborarse en los gabinetes de comunicación y expresarse en los mercados. En el campo del arte, Charles Saatchi hizo lo propio concibiendo la obra como una mera mercancía y haciendo un aporte revolucionario: le permitió al propio mercado crear la pieza que va a poner en circulación. La factoría de Saatchi así lo demuestra y el empresario lo ratifica en su libro “My name is Charles Saatchi and I am an artoholic (Mi nombre es Charles Saatchi y soy un adicto al arte)”. Como es evidente, el término artoholic surge de un juego de palabras con workaholic, que en inglés significa adicción al trabajo; llevado al arte y en el contexto que se mueve Saatchi, el neologismo que crea no abandona el vínculo a la producción que hay en el original en detrimento de la creación artística.
 
El 15 de septiembre de 2008, en una subasta de su obra en Sotheby’s, Damien Hirst recabó 140 millones de euros. Ese mismo día, el colapso de Lehman Brothers inauguró el hundimiento de los mercados y una crisis que parece no tener fin en la era de la posteconomía. Hirst y los mercados no creen en las casualidades, pero sí en las oportunidades: las galerías de Nueva York, Londres, Hong Kong y Atenas abren todos los días al igual que sus respectivas bolsas. Porque para ellos, el día del tiburón se celebra todos los días del año.
 

Comentarios