Iglesia
Domingo 28 de Agosto de 2016

"El apóstata", el puntapié inicial de la última pesadilla kafkiana

El director uruguayo Federico Veiroj dijo que rodar este filme con "toques de fábula" fue "un desafío tentador".

La irreverente historia de un hombre que decide salirse de la Iglesia Católica es sólo el puntapié inicial de "El apóstata", la película del realizador uruguayo Federico Veiroj estrenada el jueves último en Rosario. Se trata de una comedia atípica y atractiva, con momentos absurdos, oníricos y paranoicos, que se inspira en hechos reales para reflejar la pesadilla kafkiana de un joven español que busca abandonar la Iglesia, pero que se ve enfrentado a una burocracia exasperante. Una fábula de ensueño que reflexiona con ironía sobre las dificultades que enfrentan las personas que buscan expresar su libertad de conciencia superando los mandatos sociales, los prejuicios familiares, el sometimiento ciego a las instituciones e, incluso, ciertas falsas "verdades" eternizadas por la cultura occidental.

El autor de "Acné" y "La vida útil" vivió entre 2000 y 2006 en Madrid, ciudad a la que regresa habitualmente por trabajo y donde en aquel entonces conoció algunos episodios increíbles de la vida de su amigo español Alvaro Ogalla, que iban apareciendo "cuando hacía los trámites para apostatar, para afirmar y al mismo tiempo contradecir lo que él pretendía hacer".

Veiroj eligió al propio Ogalla -que también lo ayudó a escribir el guión- para encarnar a Gonzalo Tamayo, un estudiante de filosofía que para poder emanciparse decide apostatar ante la institución eclesiástica y queda envuelto en un arduo proceso, mientras revive una vieja relación de atracción con su prima, algunos actos crueles de su niñez y sus dificultades para seguir el camino paterno.

"Lo primero que me sedujo fue la historia de Ogalla. Sentí que había una historia hermosa para contar porque, simbólicamente, lo que Alvaro pretendía era modificar su pasado, y al ser esto imposible y por lo tanto una fantasía, internamente se convirtió en un desafío tentador para hacer una ficción con toques de fábula", expresó el cineasta.

En una entrevista con Télam, Veiroj explicó que filmó su película en España "por una cuestión narrativa, estética y de concepción. El conflicto del protagonista es esencialmente español, y su carácter también, porque tiene como una picarezca típica de la península, un caradurismo más propio de ese mundo".

Inspirado además en la obra del español Benito Pérez Galdós, el cineasta uruguayo sostuvo que la obra del célebre novelista le "ayudó mucho a sentir que esta película tenía su validez, porque habla de personajes cuestionadores de la realidad que, como Tamayo, buscan su propio camino y sus propias reglas dentro de la sociedad".

el conflicto. "Pérez Galdós tiene una manera de acercar personajes de la sombra y hacerlos visibles. En concreto su novela 'El irreverente', sobre un personaje que cuestiona a su entorno. Es un discurso actual, porque alude a un conflicto de todas las épocas pero tratado con los códigos actuales. Es un conflicto universal que atraviesa distintas épocas", agregó.

En ese sentido, Veiroj sostuvo que el personaje interpretado por Ogalla "es un hombre que se cuestiona todo lo que le parece que pueda ser distinto y cuestionable. Se maneja y mueve por deseos. Por eso intentamos enfatizar la búsqueda que tiene por encontrarse a sí mismo eligiendo y abandonando cosas".

En un país como España, "donde las tradiciones de la Iglesia Católica están muy presentes, con su relación con episodios tan penosos como la Inquisición y el Franquismo, la película debía respirar ese aire espeso, que comprueba la gran impronta de la religión en la cultura española, presente en la piedra, en los edificios y en la gente", dijo el realizador.

A pesar de querer abandonar esa imposición cultural que no eligió ni quiere seguir compartiendo, Veiroj piensa que el personaje de Tamayo "no es un inadaptado. Quiere a su vecina, trabaja con su padre, da clases a su vecino. No está contra todo, se maneja bien con cada situación que se le presenta, pero justamente desde la conciencia de todos esos valores aprendidos pretende salirse del sistema al que pertenece".

Si bien la película "no es un manual de apostasía, sino que fantasea un poco sobre las dificultades de ese proceso", cuando Tamayo se adentra un poco en la burocracia que le impone el trámite de abandono de su religión empieza a caer en una pesadilla de tono kafkiano, opresiva e infinita, que además se mezcla con un recorrido regresivo de su propia vida.

Algo similar le ocurrió al propio Ogalla, que tuvo un intento real de apostasía pero finalmente desistió, por aburrimiento: "Cuando se encontró con su viejo cura para pedirle el certificado de bautismo, se reencontró con viejos sentimientos y sensaciones. Además, en el arzobispado, el cura que lo cuestionaba su apostasía le había caído tan bien que le daba pena apostatar porque no quería herir sus sentimientos".

"Esas anécdotas me dieron para pensar muchas cosas, por ejemplo en el proceso personal de querer lograr un objetivo que se puede aplicar a cualquier otra cosa. Y creo que el ofuscamiento de Tamayo por tantos obstáculos es su manera de reafirmarse y conectarse con sus miedos y su pasado", recordó Veiroj.

Esos momentos en los que el personaje se conecta con su pasado, y donde el relato adopta un clima de ensueño, están acentuados con la inclusión en distintas escenas de "una música preexistente tomada de documentales de la productora del Nodo, algo así como un ministerio de propaganda del Franquismo, además de otras del filme «Alexander Nevsky», que suenan en las partes más paranoicas y remiten a un sentimiento opresivo".

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