Cartas de lectores
Martes 04 de Octubre de 2016

El amor a los árboles

Desde tiempos inmemoriales, los árboles han sido testigos mudos del nacimiento, crecimiento, desarrollo y ¿por qué no? desaparición física de personas, comunidades, pueblos y ciudades en todas partes del mundo. Personalmente, a mí me une espiritualmente a una vecina un arbolito que le regalé cierta vez para que lo plantara en una casa que posee en el campo. Es un ceibo, el árbol que a los argentinos nos brinda nuestra flor nacional. Tengo en el frente de mi casa uno de ellos y un fresno. Cuando lo planté muy pequeñito en la vereda, mi vecina me comentó que le gustaría tener uno del mismo tipo en su casa de descanso. Le transmití su inquietud a un amigo que me había regalado el mío, y le consiguió uno también para ella. Desde entonces, cada tanto, le pregunto por el arbolito. Como hace uno, por ejemplo, cuando regala un perrito y quiere saber cómo se encuentra, si ha crecido, si es cariñoso, algo siempre desea enterarse del mismo. Yo valoro tanto los árboles, que me siento emparentado con ellos. Porque llevo en mi memoria, por ejemplo, el recuerdo de las moreras que teníamos en el fondo de mi casa paterna y en la vereda, en mi niñez, en las cuales me trepaba y jugaba. Al igual, que los momentos que compartimos bajo la sombra de los mismos con mis padres y mis hermanos, todos reunidos. ¿Quién no compartió alguna vez con un amigo una charla debajo de un árbol? Por eso, por el inmenso cariño que siento por los árboles, intenté (al menos) eternizar un instante de mi vida familiar con una poesía referida a mi relación con el fresno que tengo en la entrada de mi casa. Se titula "Crecer", y dice así: "Cuando crezca el fresno en el frente de mi casa crecerá mi niño. Cuando el otoño parco y el invierno frío hayan transcurrido. Cuando la joven primavera dé a luz millares de retoños, ensanchada mi hijo sus espaldas, echará a volar con sus sueños y sus bríos, diciéndome adiós, quizás, una tarde de estío. Y yo, lo veré marcharse, como vi elevarse a mi arbolito; firme, sólido, florido, siempre en busca del sol recién nacido. Si unas lágrimas, entonces, de mis ojos se derraman, dejaré que caigan en la tierra blanda, para que las beba una semilla que tal vez mañana, me refresque el alma".

Daniel E. Chávez

DNI 12.161.930


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