Escenario
Domingo 05 de Junio de 2016

El actor Rodrigo de la Serna sostiene que "Juan Manuel de Rosas es una herida abierta"

El actor protagoniza junto a Pompeyo Audivert la obra "El farmer", que refleja los últimos días de Juan Manuel de Rosas. El próximo fin de semana la puesta llega a Rosario.

El actor protagoniza junto a pompeyo audivert la obra "El farmer", que refleja los últimos días de juan Manuel de rosas. El próximo fin de semana la puesta llega a rosario

Juan Manuel de Rosas está viejo y vencido. El hombre que dominó los destinos públicos y privados de la Argentina por más de 20 años ahora es sólo "un farmer", un granjero que vive en las afueras de Southampton, en el sur de Inglaterra. Ahí, en pleno exilio, se siente solo, abandonado y traicionado. A lo largo del 27 de diciembre de 1871, acurrucado junto a un brasero, repasa con añoranza y también con rencor los momentos luminosos y oscuros de su vida. Monologa, recuerda y pelea con sus fantasmas. Ese es el Rosas que el escritor Andrés Rivera imaginó en su novela "El farmer" (1996), y ahora, justo 20 años después, Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert le dan vida en el teatro. Los actores, que adaptaron y además dirigen la obra, le ponen el cuerpo al mismo personaje histórico: Audivert es el Rosas viejo, a punto de morir, y De la Serna es su versión mítica, el brigadier con poderes plenos, en su época de esplendor. La puesta, que cuenta con música en vivo de Claudio Peña, se presentará en Rosario los próximos viernes y sábado en el teatro La Comedia, Mitre y cortada Ricardone.

Antes de llegar a la ciudad, Rodrigo de la Serna habló con Escenario sobre las coincidencias que llevaron a adaptar la novela y sobre las controversias que rodean a la figura de Rosas, amado y denostado con la misma intensidad. "Rosas es una especie de tótem argentino donde todas nuestras contradicciones confluyen", aseguró.

—¿Cómo nace este proyecto de adaptar y dirigir "El farmer"?

—Fue algo sincrónico y significativo. Un amigo me había regalado "El farmer" para mi cumpleaños, lo leo y más o menos a la semana me encuentro con Pompeyo en un restaurante a la salida de los teatros donde estábamos trabajando. Nos pusimos a hablar, hacía mucho que no nos veíamos, y me comenta que estaba tratando de adaptar "El farmer" para el teatro. Yo le dije: "Lo acabo de leer y me parece un material increíble". El me respondió que el problema que tenía era que se trataba de un texto demasiado enorme y monumental para un solo actor, y entonces estaba pensando en la posibilidad de escindir a Rosas en dos cuerpos. Ahí nos quedamos mirándonos (risas). Creo que pasaron tres días y me llamó para que trabajemos juntos desde esa perspectiva. Esa fue la llave que abrió esta puesta, la idea que se le ocurrió a Pompeyo de escindir a Rosas en dos cuerpos: un cuerpo físico decadente, en el último instante de su vida, en la recapitulación final, y el cuerpo mitológico o espiritual de ese Rosas que fue y que está destinado a quedar o no, de acuerdo a lo que piense la platea del teatro.

—¿Qué te atrapó de la novela de Andrés Rivera? ¿Qué elementos tiene que la hacen atractiva para el teatro?

—La prosa de Rivera es notable. Me parece que es el escritor argentino vivo más grande que tenemos en este momento. Yo había leído "La revolución es un sueño eterno", pero a partir de "El farmer" pude leer sus nouvelles, como "La sierva" y "El amigo de Baudelaire". "El farmer" en sí mismo es un objeto muy extraño, es una novela y es un poema inmenso también. Es un monólogo teatral. Es una prosa cautivante, que avanza y retrocede con el pensamiento, y que tiene una musicalidad muy particular. Nosotros advertimos que era un texto para ser enunciado. Además refleja a Rosas en un momento muy interesante, en el último día de su vida, en un momento histórico que los argentinos desconocemos bastante. Es un momento de mucha fragilidad y mucha lucidez a la vez de este personaje, y se entrevera lo histórico, lo ideológico y cuestiones más metafísicas. Se tocan temas muy profundos: la muerte, el destierro, el tema del doble, del soñador soñado, de quién sueña a quién. La prosa de Rivera está a la altura de los grandes textos de teatro.

—¿Cuál fue el mayor desafío que les propuso la adaptación?

—Lo más difícil fue resignar pedazos de texto que eran deliciosos, eso fue lo más doloroso, empezar a decidir qué no iba. Y después darle teatralidad a un texto que estaba pensado como literario. Pero esto de escindir a Rosas en dos cuerpos ya generó una teatralidad impresionante, y a medida que iban corriendo los ensayos eso iba surgiendo de una manera muy natural y espontánea. También fue impresionante el nivel de comunicación que tuvimos con Pompeyo. Nosotros somos dos personas bastante distintas. El tiene un recorrido en teatro impresionante, es uno de los grandes referentes del teatro en Buenos Aires, y yo era la primera vez que dirigía. Pero tuvimos mucha sincronicidad y coincidencias con respecto a la visión general del tratamiento dramatúrgico.

—¿Consultaron otras fuentes aparte de la novela? ¿Qué te inspiró en la construcción de ese Rosas en el ejercicio del poder?

—Yo soy un lector asiduo de la historia argentina y la figura de Rosas siempre fue convocante. De alguna extraña manera es una figura que resuena mucho en la política argentina hoy por hoy. Esto también hace de "El farmer" algo interesante. Rosas es una herida abierta. Es el fundador de la política argentina y todavía suscita mucha polémica. Como dice Pompeyo: "Rosas es la identidad clandestina de la patria". Todo lo que llegaba a mis manos sobre él lo fui leyendo.

—Algunos ven a Rosas como un tirano, otros como un defensor de la soberanía nacional y hasta como un progresista. ¿El texto toma partido en este sentido?

—Primero hay que decir que Rivera es un marxista maoísta, entonces es muy crítico con respecto a la figura de Rosas desde el vamos. Para Rivera Rosas es un patrón de estancia, un rey, un señor feudal. Pero más allá de eso me parece que le termina reconociendo algunas virtudes. Lo interesante del texto es que no toma partido por ninguna de las dos o tres opciones de la mirada sobre Rosas, que de alguna manera son las contradicciones que tenemos como sociedad. Por eso Rosas es como un gigante mitológico, es una especie de tótem argentino donde todas nuestras contradicciones confluyen. Rosas fue acaso el más grande defensor de la soberanía nacional, por eso San Martín le lega su sable. San Martín reconoce que la gran epopeya no fue el cruce de los Andes sino la Vuelta de Obligado. Pero por otro lado, Rosas también fue el hombre que cohesionó el poder durante 20 años y eso genera vicios un poco autoritarios. Yo creo que la tiranía de Rosas fue exagerada por la historiografía clásica argentina a partir de Sarmiento. (Nicolás) Albarellos, un diputado de ese entonces, dijo en la Cámara de Representantes que sí o sí había que borrar para siempre el nombre de Rosas de la historia argentina y había que ensañar a odiarlo en las escuelas, porque si no iba a quedar como lo que es, el argentino más grande de todos los tiempos. Eso fue un poco lo que sucedió. Rosas le dio por primera vez visibilidad al gaucho. Le dio un valor político a la figura del gaucho y de los negros. Es una figura compleja, que sigue levantando polémica, pero a partir de esa resonancia me parece que Rivera, y nosotros también, tratamos de hablar de cuestiones más profundas que van más allá de estas coyunturas históricas y políticas. Por eso "El farmer" es una obra que amamos tanto con Pompeyo, porque tiene todo: estamos hablando de temas enormes y profundos pero desde nuestra propia mitología argentina. Eso es algo que nos seduce y nos apasiona.

—¿Cambió tu mirada sobre Rosas después de interpretarlo?

—No. Creo que se profundizó o se complejizó por lo que te decía anteriormente. Es muy vasta la figura de Rosas. Yo lo reivindico, aunque depende del contexto histórico. A veces cuando se lo critica de más hay que defenderlo un poco (risas), y cuando se lo exalta de más también hay que señalar los aspectos negativos. Hay que encontrar un equilibrio en esa mirada.

—Vos me decías que Pompeyo y vos son muy distintos. ¿Por qué?

—En principio somos diferentes porque pertenecemos a generaciones distintas. Pompeyo tiene 56 años, yo tengo 40. El fue un militante de muchas puestas y obras de su propia mano, fue como un discípulo de (Ricardo) Bartís. Yo en cambio empecé a crecer en la década del 90, cuando los movimientos teatrales y artísticos estaban muy limitados. Yo hice más cine y más televisión. El es un hombre de izquierda, yo soy más nacional y popular. Estas son las diferencias que a primera vista saltan. Pero en la convivencia teatral nos llevamos muy bien. Digo convivencia porque el proceso de la obra fue muy largo. El trabajo de adaptación lo hicimos en cinco meses, después ensayamos en su estudio tres meses más, hicimos un impasse, y volvimos a ensayar cuatro meses más. En ese proceso nos dimos cuenta que teníamos una visión muy parecida y a veces complementaria del material.

—¿Cuál fue la reacción del público en todo este tiempo que llevan haciendo la obra? ¿Alguna devolución te sorprendió?

—Esta mal que lo diga yo (risas), pero la obra es una bomba, es tremendo lo que sucede. En el panorama actual esta puesta es bastante única. Y la gente lo agradece. Pompeyo trabajó en muchas obras, y el otro día me comentó muy generosamente que esta es la mejor obra en la que él trabajó. Ojalá que cuando lo lea no se enoje (risas), pero la verdad es que estamos muy orgullosos.

—Los argentinos ¿estamos interiorizados en nuestra historia?

—Creo que no. Durante la obra hay gente que se pierde cosas porque se dan datos que por ahí escapan al conocimiento de un porcentaje de la platea. Igual no quedás afuera de la obra por no conocer ciertos datos, porque el texto trata temas muy universales. Pero lo importante es que la gente sale con ganas de investigar lo que pasó en esos años, que por otra parte estuvo muy vedado por la historia que nos contaron en la escuela.

Comentarios