Edición Impresa
Martes 04 de Noviembre de 2008

Egosurfing y plagio

Cada tanto se me da por buscarme a mí mismo en internet. No me refiero a una búsqueda espiritual del ser sino a una práctica bastante más pueril: tipear mi propio nombre en Google, "googlearme" le dicen ahora, aunque los más sofisticados lo llaman egosurfing. Esta vez me llevé una desagradable sorpresa.

Cada tanto se me da por buscarme a mí mismo en internet. No me refiero a una búsqueda espiritual del ser sino a una práctica bastante más pueril: tipear mi propio nombre en Google, "googlearme" le dicen ahora, aunque los más sofisticados lo llaman egosurfing.

No se trata de una cuestión de vanidad (o no del todo), solamente me gusta saber cuando un bloguero está apuntando a alguna de mis bitácoras. Esta vez me llevé una sorpresa: encontré una columna que escribí hace un par de meses... con la firma de otra persona. En rigor, apenas el 95 por ciento de lo que aparecía como una editorial de un diario online (el misionero Infodía) era lo que yo había escrito.

La primera diferencia saltaba a la vista: " Mejor que sea real, ¿no?", tituló el periodista, aunque en lo personal me gusta más mi propio título, " Nada como la vida real". Pero la diferencia sustancial está en el segundo párrafo, donde desliza al pasar: "Como dice el colega Hernán Maglione...". Está muy bien, es de buena educación citar a quien uno está citando. Lo que me llama la atención es que, a pie de página y en letras resaltadas en azul, se pueda leer: "Escribe Guillermo Reyna Allan".

Por lo demás, resulta sorprendente que este buen hombre y yo tengamos una vida tan similar, casi una existencia en paralelo, me atrevería a decir. Es increíble que ambos experimentemos frente a internet "una múltiple sensación de deslumbramiento, desconfianza y, sobre todo, melancolía". Es cuanto menos curioso que yo resalte la posibilidad de bajar de la web "El perseguidor" y "leerlo al ritmo de un mp3 de Charlie Parker haciendo el solo de «Yardbird suite»", mientras él optó por descargar "El conde de Montecristo" para "leerlo al ritmo de un mp3 de Ray Charles". Pero, claro, los dos preferimos los libros en papel.

¡Qué casualidad que este hombre se haya tenido que deshacer de una colección de suplementos de computación que reunió pacientemente durante más de diez años! ¡Exactamente lo mismo que me pasó a mí! Y ambos somos fanáticos de los mapas satelitales, jamás salimos sin el reproductor de MP3, a los dos nos gusta ir de compras al supermercado casi tanto como el sonido del celofán de un compact nuevo, y también coincidimos en que es mejor un asado con amigos en vivo y en directo antes que una noche en Facebook.

Pero lo más asombroso es que Guillermo Reyna Allan (quien, según me dice Google, es un hombre de reconocida trayectoria en los medios) frecuente en Misiones una librería "de las viejas" tan parecida a la que descubrí en Rosario, siempre con música sonando a buen volumen, sólo que mientras acá se escucha a Milt Jackson y Ray Charles, allá ponen a Nat King "Coile" (así está escrito en la editorial de Infodía) cantando con su hija.

Hace algunos años, el plagio editorial era difícil de hallar. Pero, desde la llegada de internet, casi todo lo que se escribe termina en algún rincón del ciberespacio. No hay más que encomillar una frase textual y Google nos dirá en dos segundos si alguien decidió transcribir nuestro material, aunque con un leve retoquecito aquí, otro más allá y, claro, una nueva firma. Parece mentira que los plagiarios online todavía no se hayan percatado de que, si bien es cierto que la web facilita su tarea, también ahora es muy simple descubrirlos.

Voy a googlearme más seguido.

Comentarios