Educación
Sábado 26 de Agosto de 2017

Papá Gringo y la humanidad de los gamines

En 1981, por un problema con su pasaporte Mario Piazza debe permanecer en Bogotá.

En 1981, por un problema con su pasaporte Mario Piazza debe permanecer en Bogotá. Es allí cuando filma Papá Gringo, la historia del médico norteamericano que curaba y sobre todo daba cariño a los gamines, como se conoce a los chicos de la calle de la capital colombiana. Una historia de vida que se refleja en tantas otras dedicadas a asistir, a mirar solidariamente a las infancias vulnerables. Esta es la de Ward Bentley o Papá Gringo, como lo llamaban cariñosamente los chicos colombianos al médico.

A diferencia de quienes son abandonados, los gamines (el término viene del francés gamin, niño) abandonan sus hogares. "No son huérfanos, quieren fugarse de sus casas porque la calle es mejor que su casa", advierte Bentley en el documental de Piazza. Niños y niñas que huyen porque no sólo les falta amor o cariño, sino que son víctimas de una violencia atroz. Así lo testimonian también en la realización audiovisual. Los gamines deben pelearle a la vida todos los días en la calle. Papá Gringo cuenta que una consecuencia de tanta adversidad los lleva a robar. Crudamente resume que son tres razones claras por las que roban: "Para sobrevivir; como un deporte, porque no han tenido oportunidades para jugar como otros niños; y para pagarles la extorsión que ejerce la policía".

Un héroe "yanqui"

Piazza documenta dos maneras extremas de cómo se preocupa este médico para mostrarles su humanidad a estos pequeños. Una a través de la fotografía que les toma y les regala para que se reconozcan. Otra es demasiado triste: dándoles un velorio y enterrándolos en el cementerio, porque si no lo hacen el destino que tienen es el de terminar en una bolsa como un perro callejero. Una manera también de retratar cómo estos chicos mueren a corta edad. Papá Gringo narra esta idea en el documental contando la historia de Vicente que jugando en la calle se le cae una moneda y al reclamarla lo matan. O bien la de Viejito, que perdió la vida de una puñalada dada por otro chico de la misma edad, 14 años. "En dos años aquí yo he perdido 16 hijos adoptivos —continúa el relato del médico— . Es muy importante enterrarlos porque si nadie reclama el cuerpo de un gamín, en la morgue los van a botar en una bolsa plástica, como basura, como perro callejero. Es muy importante para los otros gamines ver que su amiguito tuvo un entierro como niño humano porque si él es un niño humano los otros también lo son".

—¿Después del filme te volviste a ver con Papá Gringo? ¿Qué pasó?

—Papá Gringo la filmé a fines de 1981, en Bogotá. La compaginé durante todo el 1982 y pude presentarla a principios de 1983. Por esos años no había internet ni email. Y con el Gringo nos manteníamos en contacto por correo. Hasta que un día ya no me llegaron más las cartas de él. Y algunos años más tarde me llega indirectamente la noticia de que había fallecido. Pero no fue en Bogotá, donde yo lo había filmado, sino en Santo Domingo, a donde había ido a reiniciar su tarea por los niños dominicanos. Atesoro las cartas del Gringo e incluso por correo él me hizo llegar el magnético perforado súper 8, que no se conseguía en el país y que usé para armar la banda de sonido del filme. Una vez finalizado el filme también me envió por correo un cassette de audio con un "versionado" de su voz en off en su propio idioma inglés, que yo usé para armar unas copias del filme en inglés que espero le hayan servido al Gringo, Ward, para difundir su obra en los EEUU y conseguir apoyo para la misma. Por aquellas épocas yo tenía gran inocencia en cuestión política y no representaba nada para mí el hecho de que el "héroe" de mi filme fuera un yanqui. De todos modos, aún hoy reivindico su iniciativa y su labor, la de mostrar a los desamparados niños de la calle su humanidad, comunicarles amor, hacerles saber y sentir que alguien se preocupa por ellos.


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