Educación
Sábado 31 de Diciembre de 2016

Montaldo y el sueño de la mejor escuela para los excluidos

El barrio Ludueña despidió al sacerdote que fue eje de una tarea social y pedagógica con los más necesitados

Para el día que llegara su muerte Edgardo Montaldo tenía un último deseo: que en su despedida haya chicos dando vueltas y comiendo choripán. El día que el barrio Ludueña le dijo adiós no hubo choripanes, pero sí guiso. Y muchos chicos. También jóvenes, mujeres, ancianos y hombres adultos. "Hombres que pareciera que se permitieron lagrimear con Edgardo", reflexiona Claudia De Gottardi, directora de la Escuela Nº 1.027 Luisa Mora de Olguín. O la "escuelita del cura Montaldo", donde en su patio el lunes se celebró la despedida final del sacerdote salesiano, fallecido el domingo de Navidad a los 86 años.

Una cuadra y media separan la escuela del comedor Betania de Casilda y Puelche. Ciento cincuenta metros que el lunes por la tarde vecinos y amigos de distintas épocas de Montaldo recorrieron cantando "Hay que seguir andando". Metáfora de un barrio que, tras la muerte del sacerdote, busca seguir su huella a través de su obra.


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Montaldo disfrutaba de estar en contacto con los chicos del barrio, a quienes dedicaba tiempo y esfuerzo.
Montaldo disfrutaba de estar en contacto con los chicos del barrio, a quienes dedicaba tiempo y esfuerzo.

Claudia De Gottardi lo recuerda como un hombre inclusivo y abierto a todas las ideas, sin anteponer freno de ningún tipo. "Vengan y charlemos", solía decir. "Eso —apunta la docente— permitió dialogar con gente de diferentes edades. Por eso digo que su criterio pedagógico era el encuentro, la apertura y el clima de familia, donde todos tienen voz y voto".

Para la directora, otro dato para entender en clave educativa el legado de Montaldo es su idea de "tener ocupados" a los chicos. Que hagan deportes, música, tareas solidarias. Ocupar su cuerpo y mente en actividades que los alejen de la violencia y de hacer "cosas malas".

La docente resalta además una enseñanza que entiende central para comprender el fenómeno de trabajo en red en Ludueña entre distintas instituciones y organizaciones. Los "vasos comunicantes", como solía describirlos el cura. "El decía que las cosas había que hacerlas siempre en grupo, lentamente pero en grupo. Aunque lleve más tiempo. No servía de nada hacerlas más rápido si se hacían en solitario. Por eso proponía avanzar de poco pero entre todos". María Suárez, histórica militante del Grupo Desde el Pie en Ludueña, agrega: "Nos dejó como legado la búsqueda del compromiso para trabajar en colectivos que contengan la diversidad, donde haya lugar para todos".

El martes por la mañana el barrio amaneció en paz, aunque con la tristeza lógica en los espacios por donde hasta hace poco el padre solía pasear sonriente montado en su bicicleta violeta. Esa que se compró hace unos diez años para terminar la rehabilitación tras sufrir un ACV. Su cuerpo soportó daños pero quienes lo conocieron de cerca cuentan que evitaba siempre quejarse de sus dolores.

El comedor Betania sintió el impacto de la ausencia del cura que solía almorzar con las mujeres cocineras los martes y jueves. Mientras tres matrimonios se acercaron al patio la escuela creyendo que el velorio se iba a extender un día más, en las oficinas las docentes terminaban los papeleos del fin de año. Había que seguir haciendo cosas de la escuela. Había que seguir andando.

"Edgardo fue un hombre con objetivos claros y un camino hacia sus preferenciales, los excluidos. Para los pobres lo mejor, pero con ellos, porque con ese protagonismo se dignifican", resume Ana Cazzoli de Solhaune, quien hasta 2009 fue la directora de la 1.027. En 1981 fue el propio Montaldo quien la convocó para ponerse al frente de la escuela con una invitación que no pudo rechazar: "Estos chicos no tienen nada y merecen la mejor escuela".


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"Respirar no es estar vivo"

Montaldo murió el día de Navidad, pero Gabriel Núñez se enteró de la noticia recién al día siguiente porque le avisó su mamá que vive en Vera. "Lo tomé con calma porque ya estoy curtido, he perdido a mucha gente importante, amigos y familiares", dice el pibe de tan solo 21 años. Por eso, esa misma mañana se sentó y escribió un texto para recordar al cura que tantas veces lo ayudó a él y su familia: "Lo primero que hice cuando me enteré lo que había pasado fue volcar lo que sentía, le puse acordes y lo hice canción".

"Respirar no es estar vivo. Así me dijo una vez aquella persona que formó de alguna u otra manera las organizaciones barriales que nos permitieron a mi, como a tantos otros chicos crecer y salir de la pobreza, no física ni material, sino espiritualmente (...) El saludo de él era indispensable para muchos porque de él dependía la alegría de otros más, muchos más...", dicen algunas de las frases que escribió para el sacerdote.

Gabriel es uno los tantos pibes que desde muy chico tuvo que salir "a callejear" para ganarse el pan. Hasta que vio un cartel en la puerta de la escuela de Ludueña que invitaba a formar parte de la orquesta. "Gracias a que dije que sí a esa invitación ahora tengo una formación musical en canto, guitarra, flauta traversa y armónica", dice Gabriel.

—¿Qué significó para vos Montaldo?

—Un camino. Ese ejemplo va a seguir por siempre, no va a ser fácil de olvidar. A mí me dio de comer muchos años, igual que a mi hermano y ahora a mis sobrinos.

Cuando tenía 12 o 13 años y vendía pan casero por la calle Gabriel se topó con Montaldo."Respirar no es estar vivo", le dijo el cura. Un sacudón para renovarle el deseo de hacer cosas. Y surtió efecto porque el pibe de esa frase no se olvidó más: "Mi situación económica no era fácil y lo que necesitaba era una palabra de aliento. Y eso me abrió mucho la cabeza, porque había cosas que quería hacer y no las estaba haciendo. Lo tomé como que me dijo «si querés tus cosas salí a buscarlas, no te quedes respirando, hacelas»".


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El Betania dio de comer a generaciones de chicos y chicas de Ludueña.
El Betania dio de comer a generaciones de chicos y chicas de Ludueña.

El día de la muerte de Montaldo, el docente de la UNR Gustavo Bruffman escribió en su muro de Facebook: "Nos quedamos con tu sonrisa, con tus cojones para enfrentar a la cana que se comía el abuso con los pibes de tu barrio, con tus abrazos, con tus mates para enchamigar desconocidos e invitar a la ternura y a la lucha. Con tus misas denunciando al dios del dinero. Con tu grito de los excluidos. Con las palabras de una pedagogía de la esperanza que cuelgan en las paredes de tu comedor Betania. Andá nomás, que acá quedaron tus pibes que ya te tienen como bandera".

En el mismo sentido, Varón Fernández, del Bodegón Cultural "Casa de Pocho" afirma: "Gracias a él y a Pocho Lepratti muchos de nosotros pudimos tener otra vida, transitar otros caminos y vivir la pobreza con dignidad. Y con ese ejemplo de hombre nuevo entender que la política y el amor nos deben transformar para seguir transformando la realidad con otros. Sin miserias ni miserables. Porque más allá de nuestros credos hay que arremangarse y trabajar con los que trabajan por un mundo donde quepamos todos".

Desde el 25 de diciembre un lema comenzó a imponerse en el barrio: "Pocho vive, Edgardo está".

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Pocho y Montaldo, símbolos de Ludueña.
Pocho y Montaldo, símbolos de Ludueña.
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La chispa de alegría

Daniel Siñeriz es sacerdote en Nuevo Alberdi e hizo la primaria en el Colegio San José, donde Montaldo dio clases hasta 1968. "Era mi maestro y ya tenía esa chispa de entusiasmo y alegría que se la volví a encontrar en Ludueña. Con eso llegó a gente de diferentes sectores que se sintieron convocados por él".

En esa tarea convocante, en 1968 Montaldo supo rodearse de adolescentes y jóvenes que "iniciaron un contacto con un asentamiento que estaba en la jurisdicción de la parroquia, tal como describe en el libro "Mateando entre sueños". Roxana Mejía fue una de esas adolescentes que junto a un grupo de chicos y chicas partían todos los sábados por la tarde desde el Oratorio Domingo Savio hasta la zona de Humberto Primo y Camilo Aldao. Además del cariño recibido, cuenta que el salesiano les enseñó el camino de la solidaridad. "Muchos entendimos ahí la solidaridad. No veníamos de familias necesitadas y aprendimos que había que dar una mano y a veces las dos".

Rebeldía

Montaldo perteneció a una familia donde siempre hubo un cura o una monja. Sus sobrinos Arnaldo y Joselo aseguran que ya en el primer grupo de salesianos que arribó a la Argentina había un Montaldo presente. Afirman que por su formación y carisma pudo haber llevado otra vida dentro de la Iglesia, pero que decidió patear el tablero y trocar la comodidad por el compromiso con los pobres. Como también hizo Carlos Mugica, el recordado cura de la Villa 31 de Buenos Aires.

En abril de 2014 Montaldo fue invitado a pintar un mural en la casa de una amiga. Al principio se resistió, su pulso ya no era el mismo desde que había sufrido el ACV. Cuando terminó de pintar se excusó: "Discúlpenme, no pude respetar los límites". Le contestaron: "Edgardo, nunca los respetaste ¿Por qué ibas a hacerlo ahora?".


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Montaldo, un salesiano rebelde que no respetó límites.
Montaldo, un salesiano rebelde que no respetó límites.


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