Educación
Sábado 29 de Julio de 2017

"Los directivos nos dicen: si hay tiros no vengan a la escuela"

Estudiantes de la zona sur cuentan cómo los enfrentamientos entre bandas condicionan el ritmo de las clases

En las escuelas del sur de la ciudad de Rosario las clases no se interrumpen por amenazas de bombas, se suspenden por balaceras. Disparos reales, estruendos que se precipitan en la calle y marcan inevitablemente lo que pasa en el aula.

Los enfrentamientos pueden darse a cuadras del colegio o en la parte más agitada del barrio, suceden de día, de noche, ocurren mientras los vecinos caminan por el lugar.

Cuando eso pasa se respira olor a pólvora y a miedo y de inmediato, el temor se vuelve reclusión: nadie sale de sus casas, sólo espían por detrás de las cortinas.

Quienes conocen esa realidad dicen que todo pasa porque "hay bandas que se tienen bronca por el tema de la droga" y en el barrio la bronca se resuelve a fogonazo limpio.

Además de días de clases, muchos pierden la idea de un proyecto de vida y en el peor de los casos, la propia vida. Lo que sigue son las noticias en los medios, la dificultad para conseguir trabajo por vivir en la zona y la certeza de que cuando se vuelve al barrio con las manos vacías, siempre habrá un negocio ilegal disponible para quien lo quiera tomar. Con ese paisaje urbano, maestros y estudiantes encaran cada día la tarea de enseñar y aprender, un derecho humano básico, una actividad tan rutinaria para tantos jóvenes que sin embargo acá, se torna una hazaña. Por eso y porque los testimonios de la nota son de jóvenes que habitan ese territorio y de docentes que lo frecuentan a diario, es que esta cronista decidió no identificarlos, así como tampoco mencionar a ningún establecimiento educativo o al barrio en cuestión para evitar exponerlos de manera innecesaria.

"La policía está ahí y no hace nada. Es la misma policía que después va a los búnkers, donde ves que arreglan con ellos y no hace nada"

Se escuchan tiros

En una escuela de la zona sur hay un curso superior que sólo tiene cinco alumnos. En su momento empezaron casi cuarenta, luego algunos repitieron y otros, por diversas razones, fueron expulsados del sistema educativo. Ahora los estudiantes de ese año pueden contarse con los dedos de una mano. Es por eso que a un profesor le llamó la atención el día que ingresó al aula y no le llevaron el apunte, habitualmente son pocos y trabajan tranquilos. "«¿Chicos qué pasa?» les pregunté y entonces me empezaron a contar, estuvimos toda la clase hablando de eso. Me contaron que en el barrio se estaban matando a tiros".Tras una serie de venganzas entre sectores en disputa, la situación recrudeció a fines de abril. "Si te ven hablando con alguien que tiene bronca con otro, fuiste, te pegan un tiro. Capaz que no sos amigo amigo ni nada, sólo te paraste a charlar y ya fue, tu vida corre peligro", cuenta una chica que vive en una cuadra que quedó en el medio de dos bandas enemistadas. De acuerdo con su relato, cuando llega la noche las calles quedan completamente a oscuras. "Los mismos grupos que se enfrentan les tiran piedras al alumbrado público, la gente se mete adentro, apaga las luces de las casas y ellos aprovechan para tirotearse. Se tiran de una esquina a otra. Hace unos días una bala pegó en mi puerta. Cuando hay tiros a la noche, después al otro día te cuesta salir, te da miedo que te pase algo".

Las escuelas de la zona saben que las balaceras forma parte de las circunstancias que pueden alterar la rutina del día. "Los directivos nos dicen que si hay tiros los llamemos para avisar que no vamos por eso, ellos mismos nos dicen «si sienten tiros ustedes no vengan, no se preocupen nosotros vamos a entender». Adentro de la escuela no nos va a pasar nada, claro, pero en el trayecto sí que nos puede pasar". Los jóvenes agradecen que las autoridades se pongan en el lugar de ellos pero sienten que los maestros no están en su misma situación. "Algunos profesores están cómodos porque viven fuera del barrio, entran y salen en auto, pero no viven en el barrio".

La mayoría de los que dan su testimonio tienen que transitar al menos un kilómetro para llegar al colegio y cuando los ánimos están convulsionados, el recorrido se pone peligroso. "A mí me trae y me lleva mi mamá, vamos y venimos caminando, son como diez cuadras y vos sabés que te puede pasar algo, no solamente a mí. En el trayecto de que mi mamá me deja y se vuelve le puede pasar algo a ella o en el momento en que me viene a buscar. O nos puede pasar algo a las dos juntas. Eso te come la cabeza", dice una joven.

En el barrio hay chicos que sienten que el trayecto de la casa al colegio puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. "Hay pibes que dejaron de venir porque estaban amenazados, no sabemos por qué motivos, pero sí conocemos que les decían que si iban a la escuela, los hacían boleta en el camino", revela un profesor.

Los vecinos aseguran que "la policía está ahí y no hace nada". Dicen que de noche, cuando se sienten tiros, los móviles "apagan las luces de la chata y se esconden. Hacen como que no escuchan nada, que no ven. Los mismos policías van a los búnkers y vos ves que no hacen nada o están arreglando con ellos".

Con algo de rabia, los adolescentes se quejan por el estigma que cargan por vivir en los márgenes de la ciudad. "En el barrio hay muchas cosas lindas que no se ven. Hay gente que trabaja y hace las cosas bien. Hay inauguraciones de plazas, chicos que juegan, está la escuela, pero por las noticias que salen en los noticieros, estamos cayendo todos en la misma bolsa. Nosotros no queremos eso".

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Ante la violencia cotidiana, los chicos no solo pierden días de clases sino la idea de construir un proyecto de vida.
Ante la violencia cotidiana, los chicos no solo pierden días de clases sino la idea de construir un proyecto de vida.

Cara fea

Uno de los peores trastornos que sienten a diario es cuando tienen que informar su dirección en una entrevista laboral. "Tengo un amigo que vio cómo le tiraban su curriculum cuando leyeron de dónde era. Te hacen cara fea, nadie te quiere contratar y uno se siente mal porque por culpa de lo que pasa en el barrio, quizás yo no consiga trabajo".

Frente a estos episodios, se vuelve titánica para los maestros la tarea de explicar que la formación es importante, que es valiosa para acceder a un empleo. "Es complicadísimo porque muchas familias no ven la utilidad de que sus hijos vayan a la secundaria. La educación principalmente pasa por tu casa y acá vos tenés un montón de padres y abuelos analfabetos. La cuestión de la violencia estuvo siempre, lo que se siente ahora es un poco menos de contención social, no es fácil articular".

La discriminación que se vive afuera del barrio, se compensa hacia adentro con estrategias laborales arriesgadas: "Acá se consigue plata fácil con la droga y si no conseguís trabajo, muchos empiezan a vender o a trabajar para esas familias", asegura un vecino. Es un círculo vicioso porque ese motivo también explica por qué muchos jóvenes se van de la escuela. "Tenés plata fácil, pistola fácil. Los chicos no llegan a los trece años y vos ya los ves con una pistola en la mano. Ven el riesgo, pero tienen un fierro y se creen intocables. Pero lo que viene fácil, se va fácil, tarde o temprano terminan mal, dentro de un cajón y lo pagan con la vida".


"Sé que cuando llego a mi casa tengo que pensar en limpiar y cocinar"

Para muchas chicas del barrio el tiempo que le dedican a la escuela depende del hueco que les quede después de realizar las tareas del hogar. Hay jóvenes que viven con sus maridos y también están las que conviven con su pareja y el grupo familiar ampliado.

En la mayoría de los casos además de estudiar se encargan de todas las actividades domésticas. "Yo estoy en la escuela pero sé que cuando llego a mi casa tengo que pensar en limpiar, en cocinar, en lavarle la ropa a mis hermanos, a mi marido. Realmente el día no me alcanza. Para las cosas de la escuela no tengo tiempo", cuenta una estudiante.

Sin embargo, está convencida de que el colegio sirve y no piensa dejarlo. "Mis hermanos no estudian, el más chico nunca empezó la secundaria y el otro abandonó en primero. Fue cuando se separaron mis padres. Mi mamá los obligaba, le ponía los puntos pero mi papá no lo hace. Yo les dije que la escuela les va a servir para su bien, para tener un título, para buscar trabajo pero ellos dicen que no, que no quieren y se enojan si les hablo del tema".


Chicos y jóvenes asesinados en Rosario

De acuerdo al último Informe de homicidios disponible, en 2015 se registraron en Rosario 205 asesinatos cuyas víctimas, en la mayoría de los casos, (87,3 por ciento) fueron varones jóvenes pertenecientes a sectores con altos niveles de vulnerabilidad. Las tres cuartas partes de las personas fallecidas (78,5 por ciento) nunca concluyeron sus estudios secundarios y casi la mitad de esas muertes violentas (48,6 por ciento) fueron de chicos que no superaban los 25 años. La información surge de datos elaborados por el Ministerio Público de la Acusación, el Ministerio de Seguridad del Gobierno de Santa Fe y el Observatorio de Convivencia y Seguridad Ciudadana del municipio. En 2015 siete de cada diez víctimas fallecieron como consecuencia del uso de armas de fuego y, si bien es complejo analizar las motivaciones de esos crímenes, el informe señala entre las principales razones: ajuste de cuentas o venganza, riña, robo o intento de robo y abuso de la intervención policial.

Por otra parte, y según el archivo propio de la sección Policiales de La Capital, de un total de 180 personas muertas en situaciones violentas en Rosario en 2016, 22 eran chicos y jóvenes, entre los 15 y los 19 años. En lo que va de 2017, de un total de 93 muertes violentas en la ciudad, 13 corresponden a esas edades.


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