Educación
Sábado 22 de Julio de 2017

Lectura adolescente

A pesar de la sentencia moral "los chicos no leen", la literatura juvenil crece en el mercado local e internacional.

Si es verdad que "los chicos no leen", hace muchos años que no lo hacen. Desde nuestros años sesenta, cuando la televisión se instaló en el ámbito doméstico, los adultos advirtieron que la lectura —y más precisamente la lectura literaria— iba desapareciendo como parte del tiempo libre de los adolescentes. Lo curioso es que aquellas víctimas de la "caja boba" son los adultos que hoy recuerdan un pasado lector desde el que acusan a la nueva generación de perderse los placeres y beneficios de la lectura ahora por culpa de las tecnologías digitales. Algo no encaja. Parece que hay muchas cosas que oculta (miente o desconoce) la extensión y el reproche moral de la sentencia "los chicos no leen". La primera es que muchos de sus padres tampoco lo hicieron cuando crecían (y ahora, de grandes, tampoco).
Porque hay chicos que leen y si dispusiéramos de datos cuantitativos respecto de la generación de sus padres —los adolescentes de fines de los setenta, aproximadamente— la proporción de quienes leen no sería tan distinta. La multiplicación de las pantallas (no solo hay ahora más de un televisor en las casas sino que cada uno tiene su propia pantalla móvil), ha vuelto más evidente que la gente tiene otras referencias para su tiempo libre: "Ustedes leían porque no tenían otra cosa que hacer", dicen los adolescentes y tienen razón. Había menos opciones y menos necesidad de satisfacer los deseos de los hijos. No se los alimentaba "a demanda", no era pecado que se aburrieran ni que tuvieran que procurarse, por ellos mismos, entretenimiento. El aburrimiento y el tiempo libre solicitaban encontrar "algo para hacer" y en esa búsqueda, a veces, aparecía un libro.
Hay muchos adolescentes que leen. Si no fuera así, la literatura juvenil no tendría el crecimiento que actualmente muestra en el mercado local e internacional. Es un dato editorial comprobable y cualquiera puede verificarlo en las librerías y en la cartelera del cine: buena parte de los últimos éxitos de taquilla están basados en los bestsellers de literatura juvenil y más precisamente en lo que en inglés se llama "young adult literature", novelas destinadas a los de más de quince años, que en otros países cursan la educación preuniversitaria.
Los usuarios de las principales aplicaciones de lectura (wattpad, kobo) son adolescentes. La lectura en pantalla para algunos es una opción propia de su familiaridad con los dispositivos digitales, para otros, la alternativa a la lectura en papel. Los libros son caros y las novelas que los chicos que leen eligen son muy caras porque, en general, son traducciones al español de ediciones internacionales. Los ebooks son más económicos y, también, los chicos se las ingenian para encontrar el pdf que la ciberpiratería les ofrece en algún momento.
Forma de sociabilidad
Entre los adolescentes, todavía la lectura sigue siendo una forma de sociabilidad. Mucho más restringida en magnitud porque lo que menguó en sociedad no ha sido la lectura joven sino la lectura como práctica cultural extendida en el conjunto del espacio social. También porque la literatura perdió su lugar central como proveedora de ficción: el cine, la televisión, nutren en mayor medida la necesidad de historias y fantasía que siguen distrayendo a la humanidad del curso de la actualidad. Aun así, muchos chicos intercambian sus libros e incluso ser lector de Bajo la misma estrella o de una historieta es una de las formas de la amistad.
"La lectura en pantalla para algunos es una opción propia de su familiaridad con los dispositivos digitales; para otros, la alternativa a la lectura en papel"
¿Qué leen los que leen? En primer lugar, habría que considerar que así como la frase "los chicos no leen" es de una generalidad inaceptable, también la propia designación "los chicos" resume una diversidad que exige establecer diferencias. No es lo mismo aquellos que disfrutan de la moratoria social que los define como adolescentes, que pueden comprar libros y que van a la escuela; que los que comparten el tiempo de escuela con el del trabajo o que acceden difícilmente a los bienes culturales, de quienes están fuera de todos estos privilegios y que han perdido hasta el derecho a un tiempo de formación. En este sentido, entre los primeros abundan los lectores de distopías (universos postapocalípticos), biografías ficcionales melodramáticas (bajo el fenómeno del bullying, familias disfuncionales o desórdenes alimenticios), las aventuras de templarios y héroes sanguinarios (algunas recrean historias de videojuegos), la magia de Harry Potter o del Señor de los anillos (lecturas fagocitadas por el cine) cedió lugar a las sagas mitológicas (las de Rick Riordan) o al fantasy (Juego de tronos). Estas novelas están, en general, protagonizadas por adolescentes que asumen el papel de héroes que, al tiempo que luchan por causas colectivas de distinta índole, atraviesan una experiencia de aprendizaje y autoconciencia. El testimonio de docentes e investigaciones etnográficas, por el contrario, han revelado que los que más sufren la realidad rehúyen de cualquier relato que sea un espejo de las calamidades del mundo: prefieren historias de éxito y prosperidad y hasta, en algunos casos, los cuentos de hadas. Parece que lo que unos y otros están eligiendo es un universo alternativo a su realidad y esto ha sido históricamente una constante de la lectura adolescente: la posibilidad de hallar en la ficción una nueva promesa que la que formularon los padres de la infancia. Por eso, estas lecturas contrarían las escolares y resulta absurdo buscar la complacencia de los alumnos volviéndolas lecturas del aula: su valor —profundo— consiste en permanecer al margen de los adultos aunque, sabemos, no se trata de otra cosa que un gesto. No solo son obras escritas por adultos sino que vehiculizan ciertas representaciones acerca de quiénes son los adolescentes que leen y, en ese sentido, es fácil advertir la circulación de estereotipos, una ética maniqueísta y hasta publicidades insertas en la propia trama.
Nada asegura que estas lecturas adolescentes constituyan un "acceso" a las lecturas canónicas o a la literatura a secas, sin predicaciones etarias. Los fervorosos lectores de Harry Potter de los noventa no siguieron leyendo necesariamente la literatura gótica inglesa. Pero no importa (tanto). Volverse lector implica mucho más que el hecho de leer; supone un estado de apertura y de reflexión crítica que debería constituirse en el principal interés de una preocupación social acerca de la lectura de las nuevas generaciones. Así planteado lo que importa es el modo en que se lee y para ello, tratándose de lectores en tiempo de formación, se requiere un otro que se involucre, salga al encuentro del joven lector y no le diga que tiene que leer para tener éxito o para ser mejor persona sino que le muestre que leer vale la pena, en sí y para sí. Lo invite a conversar entre lectores.
(*) Docente universitaria y en la escuela secundaria, autora de "Subjetividad adolescente, literatura y formación en los años sesenta en la Argentina" (Miño y Dávila editores).

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