Mi anécdota
Sábado 05 de Agosto de 2017

Las lecciones de la Hermana Clementina

Mirando hacia atrás y a la distancia, podemos reírnos y seguir asombrándonos de cuánto nos enseñó la Hermana Clementina.

Por aquel año el ritual del despertar era más o menos el mismo, sacar un pie afuera para que te pongan una media, sacar el otro, y así hasta completar uno a uno el tradicional y obligatorio uniforme. Salíamos caminando desde casa a las 7 de la mañana y en el trayecto, ya era una constante el dolor de estómago a mitad de camino. Nadie quería ir a la escuela ese año.

Transcurría el año 1981 y por aquellas épocas era impensado quejarse o mostrarse públicamente en disconformidad con el docente que te tocaba en suerte, menos aún si ese docente llevaba una investidura religiosa. Transitábamos el 5º grado de la escuela primaria. Los primeros días nos había asaltado una confusión general, hasta ese momento nunca habíamos tenido una docente de grado religiosa y menos aún con esas características tan poco convencionales de relacionarse con sus alumnos. Todos los días de ese año lectivo alguna de nosotras solía pasar una treintena de minutos a la intemperie por haber sonreído, hablado, preguntado, o incluso, hasta por haber permanecido callada. No importaban las bajas temperaturas ni el porqué, lo que contaba era, de alguna (mala) manera, mostrar el poder que ejercía delante de un par de docenas de niñas de diez años. A mediados de año ya nos habíamos acostumbrado a los gritos y a los insultos: "burras" y "estúpidas" era lo más livianito que flotaba en el aire. Algún zamarreo contra el pizarrón y también un golpe seco del puntero en los dedos son algunas de las anécdotas que risueñamente —en la actualidad— y dejando de lado el terror que nos causaba, recordamos con mis ex compañeras.

Tal vez, esa manera de "transmitir" conocimientos era la única que conocía, tal vez era la misma forma que habían utilizado con ella. Mirando hacia atrás y a la distancia, y ya habiéndonos despojado de los dolores de estómago camino al colegio, de la incertidumbre de pensar "a quién le tocará hoy", podemos reírnos y seguir asombrándonos de cuánto nos enseñó la Hermana Clementina. Nos enseñó que el respeto no se impone, se gana con afecto y autoridad; que con gritos, insultos y abuso de poder no se consigue nada, menos aún que un niño aprenda. Nos dejó marcada la impronta del docente/persona que no debíamos ser. A veces es bueno toparse con esta clase de humanos para darnos cuenta de que la única forma de salvarnos es por medio del amor, la solidaridad y el respeto por el otro. Lástima que tuvimos que experimentarlo a tan corta edad y llegar a entenderlo mucho tiempo después.



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