Educación
Sábado 18 de Marzo de 2017

La pulsión punitiva y el caranchismo mediático, un negocio

Es hora de reflexionar sobre las lógicas de producción clasistas y mercantilistas que transmiten los medios

Se los demoniza. Se los criminaliza. Se los asocia a las drogas, las vagancias y la irresponsabilidad. Sin embargo, nada tienen que ver con la deuda externa. El crimen organizado. El hambre y la pobreza. La falta de viviendas dignas. La desocupación. Las altas tasas de mortalidad infantil. Los sistemas carcelarios tortuosos. Las pandemias, los terremotos, los tsunamis o la voracidad mercantilista de un recital desorganizado o ni siquiera organizado para lograr la tan mentada y aclamada "Seguridad" de quienes asistieran a divertirse, pasarla bien y construir un fenómeno cultural.

Simplemente son jóvenes. Y a juzgar por el caranchismo mediático, que volvió a prevalecer estos días en muchas de las coberturas periodísticas del recital desbordado y desbordante del Indio Solari, en Olavarría, ése parece ser todo el pecado cometido.

Todavía había personas desaparecidas, jóvenes "deambulando", cuando en lugar de priorizar el rol social de los medios de comunicación y contribuir con todas sus herramientas de amplificación y socialización de la información de manera instantánea; en las pantallas del minuto a minuto se buscaba ahogar los derechos a la dignidad, al buen nombre, honor e intimidad de esos jóvenes, en espectacularizados y supuestos excesos de drogas y alcohol, viajes de "libertinaje" que terminaron con "cinco muertos", "chicos asesinados con armas blancas" o "fallecidos que serían en total diez".

Los medios de comunicación no son entelequias asépticas, objetivas e independientes, aunque enuncien serlo. Por el contrario, son dispositivos que construyen sentidos, de acuerdo con sus intereses ideológicos, económicos y políticos. Son, además, los custodios y guardianes de quiénes pueden construir esos sentidos y quiénes no. De quiénes pueden traspasar las puertas hacia ése recital mediático: quienes ostenten adultez; y quiénes no: los chicos y las chicas.

En la sociedad adultocéntrica que rige, es decir, pensada y diseñada para y por los adultos, quienes son más jóvenes no tienen derecho a opinar. O mejor dicho, les han arrebatado el derecho a expresarse sobre todos los temas que les resulten de interés, aunque lo garantice la legislación argentina y los tratados internacionales, con rango constitucional.

Basta con surfear cualquier día y a cualquier hora las pantallas para notar que las voces de los más chicos no son tenidas en cuenta. O cuando lo son, están rodeados por el cuádruple o quíntuple de adultos, que buscarán subestimarlos.

Silenciar, invisibilizar, también es discriminar. De manera que todos los días, a cada segundo, las juventudes son discriminadas, excluidas del consorcio de voces que construyen las representaciones de subjetividades y la opinión pública, a partir de la que luego se tomarán decisiones.

Niñez y juventud mediadas

La comunicación es un campo de disputas permanentes, que los más jóvenes no pueden pisar. Sin embargo, las ideas, realidades y necesidades que no pueden expresar, son dichas por adultos y adultas con oídos tapiados. Así, quienes transitan la niñez y la juventud, no son hablantes, sino hablados. No pueden decir, sino que son dichos. Son mediados por quienes se consideran con una autoridad adulta lo suficientemente hegemónica como para silenciarlos y pisotear esa voz ajena inconsulta, con la propia.

Durante las últimas horas, pudo verse cómo aún no habían llegado a sus casas todas las personas que participaron del recital, cuando la pulsión punitiva mediática se desató sobre los más jóvenes para responsabilizarlos. No hubo lugar para las preguntas, sino para las certezas acusatorias que degradaron esas subjetividades juveniles, para hacer tronar el escarmiento.

¿Acaso son las personas más jóvenes las que no previeron que si cientos de miles de personas se iban a reunir en un lugar se requieren medios de transporte, alojamiento y comida suficientes para su estadía? ¿O fueron los chicos y las chicas las que decidieron no tomar las previsiones técnicas para que las comunicaciones resistieran? ¿O fueron los ricoteros y ricoteras las que concluyeron que mientras las entradas eran cinco, la salida era única y angosta? ¿O planificaron como parche de urgencia subirse a camiones como ganado, para que los dejaran tirados a la vera de una ruta, poniéndose en un peligro aún mayor?

Es cierto que con el diario del lunes, en la frialdad de un escritorio, resulta más simple escribir las preguntas y tomar decisiones periodísticas que en una redacción televisiva o radial (cuando las hay), con pocas o casi ninguna persona alrededor para intercambiar opiniones, con demasiadas horas de trabajo acuesta, sin tiempo para pensar porque hay que "llenar" 24 horas de aire, sin aciertos truculentos que mostrar, cuando se exige emular a la competencia porque ya tiró la primicia de diez muertos, aunque después se compruebe la falsedad de la información, porque las personas que murieron fueron dos y no diez.

La reducción salvaje de un servicio en un negocio, la precarización laboral, la falta de herramientas acordes con la tarea a realizar, la inexistencia de capacitaciones, también atentan contra la libertad de expresión y el derecho humano a la comunicación. Por eso es hora de que quienes tomamos decisiones a diario en el ámbito de la comunicación, reflexionemos sobre las lógicas de producción clasistas, mercantilistas, machistas y discriminatorias que, naturalizadas, reproducimos en este fordismo mediático.

En el diario El País de España, este fin de semana, "el creador de la World Wide Web", Tim Berners-Lee, quien probablemente nunca se enteró de lo que ocurrió con la cobertura mediática del recital de Olavarría, describió "con preocupación creciente" la tendencia a difundir información errónea en la web.

Así, Berners-Lee criticó a los sitios que, para ganar dinero, en la búsqueda de un click que les resulte fructífero, no buscan la verdad, sino llamar la atención con "información errónea", "noticias falsas", "cosas sorprendentes, sobrecogedoras". Esas noticias falsas se "pueden esparcir como pólvora", fundamentó y así, "quienes tienen malas intenciones (pueden) engañar al sistema para difundir información errónea y obtener un beneficio económico o político".

Hasta la agencia oficial Télam difundió que fueron siete las personas que murieron, basándose en las redes y no en sus propios periodistas, porque no estaban en el lugar de los hechos "por una cuestión de costos". Parece que el costo de difundir información falsa no está en su ecuación actual. Terminaron retractándose. Pero el daño estaba hecho.

A confesión de partes, relevo de pruebas.


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