Mi anécdota
Sábado 12 de Agosto de 2017

La fauna de la vagancia

Cursé casi todo el secundario en la Escuela Provincial de Danzas Nigelia Soria, cuya orientación, obviamente artística, se fue profesionalizando cada vez más.

Cursé casi todo el secundario en la Escuela Provincial de Danzas Nigelia Soria, cuya orientación, obviamente artística, se fue profesionalizando cada vez más. Cuando entré, en el 2004, los estudiantes se dividían en dos: los que se esforzaban por progresar en la disciplina que cursaban en el doble turno, y los que estaban ahí tan solo escapando de las biologías, las matemáticas y las formaciones técnicas o industriales. Por supuesto, yo pertenecía al segundo grupo.

Nos gustaba quedarnos en el parque tocando la guitarra, dar vueltas por la zona del colegio, faltar y caminar por la ciudad o juntarnos a la noche para ir a ver recitales. Había una fauna maravillosa compuesta por chicos y chicas de todos los cursos y a veces hasta vagábamos adentro del colegio, amparados en la blanda disciplina que por aquel entonces ejercían las autoridades.

En la pérgola del patio tocábamos temas de Intoxicados, Pappo y Los Redondos, siempre teníamos más de una guitarra. Recuerdo un mediodía que zapamos con un flaco que tocaba el violín —hoy está en la sinfónica— y que se improvisó un increíble y psicodélico blues sobre nuestros básicos acordes. También íbamos al baño a fumar. Era una cosa increíble. En un cubículo donde apenas cabía una persona te encontrabas con cinco o seis compartiendo un par de cigarrillos. Tenías que golpear y decir una palabra que funcionaba de contraseña para que te dejen pasar; a veces con contraseña y todo te dejaban afuera porque el baño estaba desbordado. Si el que golpeaba era el preceptor simplemente nos íbamos, pero no nos amenazaban con amonestaciones ni autoritarismo por el estilo.

Poco a poco la institución se fue formalizando más y hoy es una cosa completamente distinta. No sé si eso está bien o está mal, solo sé que aquellos cigarrillos fueron los primeros y los mejores de mi vida. Y de verdad los disfrutaba al igual que las guitarreadas y las chupinas, que se volvieron cada vez más frecuentes porque cada año que pasaba se nos volvía más insoportable entrar y cursar.


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