Educación
Sábado 08 de Julio de 2017

La experiencia de abrir el debate a partir de los sentidos

La música, la danza, la palabra y los silencios para abordar el racismo estructural en ámbitos escolares.

En lugar de bancos acomodados en hileras hay en el salón una ronda de jóvenes con la mirada inquieta. En el centro, una montañita de pochoclos apilados en el suelo, un cuenco con caracoles de varios colores y tres mujeres con polleras amplias que están a punto de hacer algo.

   El cambio de organización en la clase se siente extraño. Sin mesas donde escudarse, el cuerpo de los chicos queda expuesto, los ojos inevitablemente se encuentran con otras miradas, se respira vergüenza. No saben lo que va a ocurrir y esa sensación, los perturba. Finalmente un tamborileo suave empieza a mover el cuerpo de las protagonistas que están en el medio de la ronda. Sin apuro, recorren el aula en círculos y una de ellas comienza a interpretar una canción en yoruba, una lengua africana. ¿Qué es esto? la pregunta no se verbaliza pero se expresa en las muecas que hacen los estudiantes. Se ríen, pero de nervios.

   De repente la mujer que canta se agacha en el centro, toma un pochoclo, se dirige a uno de los chicos y en voz baja le pregunta: "Y vos, ¿de dónde sos?". "De rosario", le responde tímidamente. Ella le toma la mano, le entrega el maíz y le cierra el puño.

   Así comienza la intervención para pensar cómo se construye en nuestro país la identidad y al mismo tiempo la discriminación. Los estudiantes todavía no lo tienen del todo claro, pero en un rato más, casi sin darse cuenta, expondrán sobre el tema tomando como punto de partida su propia vida cotidiana.

   Las bailarinas forman parte de un grupo de docentes universitarios de diversas carreras humanísticas (antropología, comunicación social, música, psicología, trabajo social) y los jóvenes son alumnos de 4º y 5 año de la Escuela Secundaria Nº 518 Carlos Fuentealba, ubicada en el barrio Toba de Rouillón al 4400.

   El dispositivo "Y vos, ¿de dónde sos?", que comienza con una performance y continúa con un taller, es un proyecto de extensión universitaria de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), para el abordaje del racismo estructural en ámbitos escolares.

   Con astucia, propone aproximarse al tema desde diferentes lenguajes expresivos y es por eso que además de usar la palabra interpela a los cuerpos a través de lo sensorio, los silencios, los gestos, la música.

   En el aula, la intervención continúa con el nacimiento de una niña negra. La escena está cargada de ternura, la madre mece a la pequeña muñeca, la mima y le susurra al oído una canción de cuna. De repente, el ritmo muta hasta convertirse en cumbia, las mujeres bailan desaforadas y entre risas empiezan a jugar con la palabra negra. Como si la tiraran de un lado para el otro, le cambian el tono, la intención y la adjetivan hasta que la palabra, se vuelve ofensiva. La atención de los chicos se modifica.

   La iniciativa pedagógica se nutre del mapa sobre discriminación que realizó el Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo) en 2013 y que revela que el color de piel es uno de los principales factores de segregación a nivel nacional entre la población joven. El informe indica además que la mayoría de esos casos se concentran en la escuela.

   Paula Drenkard, licenciada en comunicación social y directora del proyecto de extensión, señala que la performance "plantea preguntas sobre cómo se fue construyendo la identidad a partir de raíces y brotes muy diversos y cómo algunos se hicieron más visibles y otros se invisibilizaron".

   El juego con los colores en la intervención pone en primer plano a aquellas poblaciones que históricamente fueron subalternizadas. En el salón, una de las mujeres sacude el cuenco de los caracoles, los hay rosas, blancos, manchados y oscuros. El grupo de docentes que acompaña la performance invita a los chicos a relacionar el color con profesiones y oficios para luego acomodarlos en el suelo como si fuera un mapa de la sociedad. Los jóvenes se sueltan y toman la palabra, dicen que los blancos son el presidente y los empresarios, a los manchados los asocian con la policía pero también con los empleados en general, opinan que los rosas pueden ser las secretarías y los oscuros los cirujas, los vendedores ambulantes, quienes limpian casas. Pero cuando arman el mapa, algo les hace ruido, se preguntan "¿por qué los blancos están más arriba?", empiezan a cuestionar el orden en que quedaron acomodados los caracoles y les piden a los coordinadores que mezclen todo para que no haya más divisiones.

   Según Drenkard "este juego con los elementos simbólicos permite revisar cómo se van organizando estos mapas que parecen inamovibles en un principio. La idea en el trabajo con ellos es poder ver que esto es así pero se puede transformar. Veamos la posibilidad de apropiarnos de eso y de ver cómo nos movemos dentro de eso o cómo movemos eso".

Memorias del cuerpo

El taller que se hace tras la intervención retoma los fragmentos de algunas escenas y propone la participación activa de los cuerpos, pero la exposición por momentos genera silencios e inhibiciones. Julia Broguet, antropóloga e integrante del proyecto revela que durante la puesta "había un montón de soportes de los que los chicos se amarraban —el banco, el celular, los auriculares— para seguir permaneciendo en la misma estructura que propone el aula. Parte de la conquista que tuvimos en la performance es esto de disponer el salón y el cuerpo de otra manera".

   Brisa Nievas, una de las estudiantes que participó de la experiencia quiere que se repita la visita: "Me gustó una banda porque está muy bueno compartir estas cosas con los compañeros. Me encantó la parte de la muñeca porque vi la imagen de cuando mi mamá lo hacía dormir a mi hermanito y le cantaba las canciones".

   La resonancia de la actividad se siente en los cuerpos, como explica Drenkard: "Apelar a las emociones te lleva a esa memoria donde nuestros primeros aprendizajes eran corporales".

   "Fue muy lindo cerrar los ojos y llevar el tiempo atrás, tuve muchos recuerdos de cuando era chica e iba al campo, a General Lagos, a visitar a mis abuelos. La obra que hicimos al final estuvo muy buena porque nos unimos todos para hacer algo, colaboramos todos un poquito, pudimos compartir", cuenta Rocío Barreto, otra de las alumnas.

   Para Cristian Flores, de 21 años, "está bueno participar de estas cosas porque es aburrido el salón, siempre hacemos lo mismo". A él, uno de los pasajes de la performance lo hizo pensar en la hipocresía y la doble moral y dice que cuando cerró los ojos "lo primero que se me vino fue cuando era chiquito y me pegó el papá de un amigo, eso me dolió".

   A partir de las sensaciones de los jóvenes, Broguet reflexiona sobre la importancia de incorporar otras dinámicas en la escuela. "La mirada es uno de los sentidos hegemónicos dentro del sistema en que nos movemos, al suspenderla por un instante, lo que aparece es algo siempre novedoso que permite trazar nuevas relaciones, otros mapas que desde la oralidad o desde las formas en las que estamos habituados en el contexto escolar, no se dan. Hay relaciones que no se dan, hay recuerdos que no aparecen, hay afectos que no permiten expresarse".

   Tras la actividad, quedaron flotando en el salón muchas preguntas de los chicos, del equipo que los coordinó, de los profesores del colegio que acompañaron la intervención ¿Qué posibilidades se abren para incorporar lo sensorio en los procesos de aprendizajes? ¿Cómo se piensan los cuerpos en los establecimientos educativos? ¿Cuál es el potencial de lo afectivo para disparar debates sobre el mundo que nos rodea? Los alumnos se ilusionan con un pronto regreso de este tipo de actividades, tal vez sea buena la excusa para trasladar esta experiencia a la práctica cotidiana del aprendizaje en la escuela.


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