Educación
Sábado 26 de Agosto de 2017

La escuela soñada

El respeto por el alumno. Esa idea es la primera que nombra Mario Piazza cuando se le pregunta qué es lo que rescata de La escuela de la señorita Olga.

El respeto por el alumno. Esa idea es la primera que nombra Mario Piazza cuando se le pregunta qué es lo que rescata de La escuela de la señorita Olga, no de su documental, sino de esa experiencia pedagógica encarada por las hermanas Olga y Leticia Cossettini en la primaria Gabriel Carrasco de barrio Alberdi, entre 1935 y 1950.

En el filme de Piazza ex alumnos y ex alumnas ofrecen su voz para ponerle vida a esa manera diferente de hacer escuela. "Una escuela sin filas ni campanas", donde "la música sonaba en el patio para avisar que llegaba el recreo", donde "había satisfacción de aprender". También criticada por los adultos alejados de las necesidades de la infancia porque decían, entre otras increíbles quejas, que se salía todo el tiempo de paseo. "Qué manera de perder el tiempo, porque no se quedan sentados en clase", cuentan los ex alumnos que se los escuchaba a los mayores rezongar. Sin embargo, las coincidencias de cada testimonio termina por afirmar que sin duda la escuela de la señorita Olga era "una escuela donde éramos felices".

También habla Leticia. En sus primeras palabras describe el barrio cercano al río, mirando a las islas y de una arboleda única. En el medio, la Escuela Carrasco, donde en 1935 fue designada su hermana Olga para hacerse cargo de la dirección. Llegaba de la Escuela Normal de Rafaela, donde había aprendido lo mejor de la enseñanza al lado de otra educadora destacada, Amanda Arias. "Olga llega a la escuela con esa pasión y deseo inmenso de contactarse con la gente, con el barrio... y se encuentra con un grupo de maestros que ya trabajaba en esa escuela. El gran prodigio de Olga fue conseguir lentamente, poco a poco, que esos maestros comprendieran sus postulados de la educación, se hicieran sensibles a las ideas que ella aspiraba a aplicar en la escuela", rememora Leticia en el filme de Mario Piazza.

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Olga Cossettini.
Olga Cossettini.

También observa con cariño aquella iniciativa educativa que rompía con pautas rutinarias y monótonas, para permitir que nenes y nenas se vincularan de otra manera con las expresiones artísticas y demás conocimientos: "Desde que iniciaba el niño la escuela se les ponía en la manos el uso de la acuarela. Entonces la mancha elemental de pronto adquiría forma y sentido, y a medida que pasaban los tiempos y la madurez del niño se acentuaba, naturalmente, con esas observaciones, la riqueza de los medios expresivos se hacían cada vez más evidente. Por tanto no debe asombrar que sus cuadernos fuesen todos diferentes, porque respondían a una manera personal de observar y de ver. Así eran los mapas o las observaciones que hacían de la flora, la fauna o los personajes del barrio... El arte estaba en el vivir cotidiano..."

Leticia se unió a la escuela que dirigía su hermana Olga cuando tenía 30 años, llegaba también de Rafaela. También desplegó una inusual manera de desarrollar el arte, permitiendo que los chicos se expresaran en lo que sabían de su vida más cercana, pero siempre ampliando horizontes. La formación del Coro de Pájaros —integrado con las voces de sus alumnos y alumnas— es parte de ese legado.

El filme de Piazza que atesora tan hermosos testimonios se estrenó el 25 de agosto de 1991 —ayer se cumplieron 26 años— y desde entonces no paró de proyectarse, cosechando premios, reconocimientos, pero sobre todo haciendo memoria de una educación que reúne lo mejor de la pedagogía latinoamericana: la ternura para escuchar, la escucha para enseñar.

Para Mario Piazza también fue una oportunidad diferente. Lo cuenta así: "Fue una época muy linda porque me pagaban para ir a mostrar mi película y después para conversar con la gente. Precioso! He recorrido la provincia con una furgoneta que tenía, una Fiorino, me encantaba hacer eso. Llevaba la película y un proyector de 16 mm, que era con el formato que filmamos la película. El proyector me lo había prestado la Escuela de Cine. Llevaba también la pantalla, un parlante y un cable para enchufar el parlante al proyector. Hacía todo, tipo hombre orquesta".

Cuando llegaba el momento de intercambiar con el público, dice que las reflexiones repetidas que le devolvían pasaban por los recuerdos que tenían de aquella escuela, cómo se acordaban de todo, de cada experiencia. "Se sorprendían", dice.

—Siempre decís que te hubiese gustado pasar por una escuela como la de las Cossettini ¿Por qué? ¿Qué rescatás?

—Hacer la película es como haber retratado la escuela que hubiera querido tener para mí o para mi hija. Lo que rescato es el respeto por el alumno. La escuela tradicional, como la que me tocó, trata de hacerle seguir una línea prefijada al alumno, amoldarlo. Sacabas más puntos si te adecuabas más a lo que te decían que tenías que hacer. En cambio en la escuela de la señorita Olga la idea era esperar a ver qué sale del alumno.


  • La escuela de la señorita Olga (fragmento):

Escuela señorita Olga


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