Educación
Sábado 09 de Septiembre de 2017

"La escuela se extraña, es difícil desprenderse de la docencia"

Ana Tamous y Mónica Carrizo son maestras. Se jubilaron hace poco, luego de 35 años con la enseñanza.

Mónica Carrizo y Ana Tamous son maestras de escuela primaria. Ese es su oficio. El que ejercieron hasta hace muy poco, cuando se jubilaron luego de 35 años de trabajo. "La escuela se extraña, es difícil desprenderse de la docencia", dicen y cruzan miradas cómplices al afirmar que para todo hay un momento. Igual tienen la certeza que volverían a elegir el magisterio, porque según sus palabras nada se compara con la relación única que se da con las alumnas y los alumnos, cuando aprenden, cuando de unas casi letras aparecen los primeros textos o les confían qué los ponen contentos o entristecen. Mónica y Ana hablan de su profesión y cuentan cómo es el día después de dejar el aula.

La historia de Mónica como maestra comenzó un día que fue a llevar a sus hermanas a la Escuela Nº 141 República de México y le preguntaron si quería hacer un reemplazo. "No estaba recibida aún, había rendido todas las materias pero me faltaba la residencia. Me permitieron hacerla en esa escuela y reemplazar. Fue hermoso porque era la nena mimada, me recibí ahí con una nota excelente, mérito de muchas personas". Lo que repasa ocurrió en la década del 80, cuando se graduó de profesora para la enseñanza primaria en el Normal 2. En 1991 titularizó en la Escuela Nº 107 "9 de Julio" (Alberdi al 900) y permaneció hasta junio pasado cuando se jubiló. "Una escuela bella, que amo", le sale del corazón.

Ana estudió en el Santísimo Rosario. Se recibió y al poco tiempo, en 1981, tomó un reemplazo en la Escuela Santa Isabel de Hungría. Al año comenzó a enseñar en la Escuela María Madre de la Iglesia (Paraguay al 3800) siempre como maestra de grado. A diferencia de la educación pública, en la privada los cargos directivos los designan las patronales de estos colegios. "La alegría que tuve antes de irme es que por primera vez hubo concurso de dirección, como viene reclamando el Sadop. Fue a propuesta del sacerdote y el representante legal que lo hicieron abierto para las docentes de esta escuela y de otras", se lleva como un buen recuerdo de su última jornada laboral que fue el 1º de mayo pasado.

A fines de 2016 las dos sabían que este año les llegaba el derecho de la jubilación. Optaron entonces por no tomar ningún grado este año, principalmente para no dejar a los chicos a mitad de camino. Ana trabajó los primeros meses como asesora pedagógica, y entre otras funciones se dedicó a armar la historia de la escuela a través de las fotos que tenían archivadas. Toda una metáfora de cómo repasar también la propia historia de casi 36 años en una misma institución.

"Te dejo el candado"

Eran los últimos días de diciembre y Mónica estaba ansiosa porque no sabía bien cuándo le llegaría el aviso de su retiro. "Lo único que atiné a hacer fue dejar todo en orden, repartir libros, llevar a la biblioteca los que eran míos y no los iba a necesitar; regalar algunas cosas a mis compañeras y ceder un candado que me acompañó toda la vida". La imagen que regala es tan amorosa que enseguida llega la otra pregunta. ¿Un candado? Sí, el candado del armario donde las maestras guardan desde lápices para quienes siempre se los olvidan, hojas para el que nunca tiene, papel higiénico que sirve tanto para el baño como para limpiar mocos, libros, carpetas para corregir y la taza para el mate mientras se cuida el recreo, entre otros tesoros.

"«Miriam, aquí te dejo el candado», le dije a mi paralela", revive ese momento.

Una y otra intercambian ideas sobre los grados en los que trabajaron, hablan de los desafíos que plantean las distintas edades de los chicos. Ana enseñó durante quince años en los primeros grados: "Me encantó pero los chiquitos necesitan maestras más jóvenes. Así que cuando pisaba los cuarenta me pasaron a segundo ciclo, y de ahí siempre seguí con 4º y 5º grados. Si tuviera que elegir que me quedo con estos grados para enseñar, están en una linda etapa de transición".

Mónica también trabajó unos once años con los primeros y los últimos diez con los de 7º grado. "Me gusta todo, cada ciclo tiene su encanto. Los de primero que empiezan con esas seudo letras y de golpe te leen, empiezan a escribir... es una emoción que no se puede poner en palabras. En el segundo ciclo están en la edad de los conflictos, entrando en la pubertad, los tenés que acompañar mucho. Y séptimo es la despedida, donde las exigencias son múltiples", habla como si volviera a estar frente al aula.

¿Y qué las enamora de la profesión docente? "La relación entre el alumno y el maestro. Pienso, luego de mucha lectura, que no hay teoría que refleje lo que sucede en el aula. No alcanzan las teorías educacionales para describir lo que sucede en el momento en que se transmite el conocimiento. Ese es un momento propio de las personas que interactúan ahí, como un hogar... Las maestras nos pasamos todo el tiempo pensando cómo acercar el conocimiento para que lo aprehendan", se entusiasma Ana.

Mónica elige, entre otras, la palabra magia para describir ese enamoramiento con la enseñanza. Opina que antes de la transmisión de ese conocimiento hay miradas, charlas previas, expectativas buscadas con el grado."Estamos pensando todo el tiempo qué recurso es el mejor para tal tema, cómo presentarlo de la manera más novedosa", explica sobre una tarea que se prolonga por horas, sin descanso. Las dos se divierten recordando situaciones por fuera de la escuela anotando "esto me va servir para...", estar hasta las dos de la mañana preparando una clase o que amigos y familia les llamen la atención con un "Bueno, basta, dejá de hablar de la escuela". Eso sí, para ambas, el papelerío, la burocracia de las planillas oficiales que nadie lee y les quita tiempo para lo pedagógico, es lo peor que tiene el trabajo docente.

"Nunca", contestan a coro cuando se les pregunta si alguna vez tuvieron un buen salario. Las enoja mucho que se sostenga sin razón que "trabajan cinco horas por día y tienen tres meses de vacaciones". El oficio de enseñar es de 24 horas, acuerdan. Un dato que pesa también cuando llega el momento de retirarse. "El quiebre, el corte es terrible, porque estás 36 años permanentemente en actividad y de golpe...pero también hay que reconocer que hay agotamiento, que recuperás tu espacio propio", dice Ana. "Siempre le digo a mi familia que si el cuerpo me hubiese acompañado hubiese seguido. Pero empezaron los problemas en la voz, las dolencias, en los huesos, me diagnosticaron fibromialgia, que tiene relación con el agotamiento", repasa Mónica sobre las marcas en el cuerpo propias de la docencia.

¿Extrañan? "Se extraña y mucho", aprueban. "Yo no pude volver más a la escuela. El martes que viene _cuenta Mónica_ me invitaron para el acto del Día del Maestro. Me cuesta muchísimo volver, pero ahí estaré".

Las compañeras

La escuela no es solo el aula. También están las compañeras, entre quienes reconocen a sus mejores amigas: "Compartís todo, si tenés el hijo enfermo, si no te alcanza la plata, si te vas de viaje, los embarazos, los camientos, la torta de 15 de tu hija. Sabés todo lo que le pasa al otro: si vino llorando, si se le murió la mamá... imposible aislarte de quienes son parte de tu historia".

Ana ahora está abocada a la psicología _su otra profesión_, a sus cinco nietos y dice que no hay tiempo para deprimirse. Mónica se ríe reconociendo que en este poco tiempo aumentó siete kilos, empezó un curso de arte, "como hacen todas", donde fracasó al descubrir que no es lo suyo. Planea estudiar francés, algo que siempre le gustó pero postergó por 35 años. Eso sí, sin querer las dos revelan que lo que no dejaron de hacer es ir a los cursos de formación, de capacitación docente. La despedida llega con las fotos, con varias anécdotas y con la convicción de que alguna actividad del magisterio las volverá a reunir.

Cuando los chicos me cuentan lo que leen

Uno de mis libros de cuentos para niños se llama "Para alegrar al cartero" y el cuento que le da título es la historia de un chico que escribe numerosas y largas cartas en papel con ese fin: darle una alegría al cartero en tiempos de comunicación virtual.

   Justamente, porque son épocas en que resulta habitual recibir, a través del correo postal, más boletas de impuestos que correspondencia personal, me llena de un entusiasmo propio de la infancia el momento en que el cartero llega y me deja cartas escritas por mis lectores.

   Así, abro los grandes sobres y aparecen textos y dibujos de estudiantes de escuelas primarias y también secundarias de distintos lugares, a veces con recreaciones de mis cuentos o novelas, otras con preguntas y opiniones, etc., y en esa catarata de creatividad y afecto se percibe, además, el trabajo de los docentes.

   Otras veces, la comunicación es personal. Cuando visito escuelas recibo en mano las obras de los estudiantes y escucho sus preguntas y sus interpretaciones sobre lo leído. Muchas veces, el diálogo continúa a través de Facebook. Es que, fiel a los tiempos que corren, el intercambio también fluye por canales virtuales y esos mismos testimonios con escritos e ilustraciones llegan escaneados y a través del correo electrónico o de WhatsApp.

   Hace pocos días, estaba preparando un audio para responder a chicos de una escuela primaria que se habían comunicado después de leer los cuentos del libro "Historias de fantasmas, bichos y aventureros". El grado que me había enviado el mensaje de voz había hecho especial referencia a uno de los cuentos, protagonizado por dos Lloronas que se envían varias cartas una a la otra.

   Me pasé buena parte de la mañana persiguiendo a mi gato para grabar el rarísimo maullido demandante con el que suele matizar el silencio de la casa. Cuando el gato maullaba, yo me acercaba con el celular y él cerraba la boca con una mudez inclaudicable. Finalmente, tras lograr una actitud más participativa de la mascota, conseguí grabar un fragmento del extravagante maullido y agregué al mensaje: "Como despedida, va este ruido extraño que quizás sea el quejido de una Llorona de Rosario, o quizás sea mi gato. Queda la duda".

Por Beatriz Actis / Escritora - Especial para Educación





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