Aprendizajes en contextos de encierro
Sábado 31 de Diciembre de 2016

La escuela como espacio de libertad

La experiencia pedagógica de la Eempa 1.311 que funciona en la Cárcel Nº 5 de Mujeres de Rosario


"Nunca interrumpas el sueño de un preso, puede estar soñando con su libertad"

(Escrito en una pared de la Cárcel de Mujeres de Rosario)

Vestida con ojotas havaianas, un capri natural y una remerita veraniega, ingresa por la puerta de entrada del pequeño salón-escuela. Es Sonia, alumna de quinto año de la Eempa 1.311 que funciona en el Instituto de Recuperación de Mujeres Nº 5 de Rosario.

Se sienta en uno de los seis o siete bancos disponibles. La clase recién ha comenzado pero rápidamente se pone a tono. La profesora la saluda con un beso y continúa. De una bolsa de tela saca los útiles escolares. Con tanto cuidado abre su carpeta que al dar vueltas las hojas parece acariciarlas. Desde lejos se observa una prolijidad pocas veces vista, claramente es su debilidad. Toma una lapicera y comienza a escribir.

Sonia comparte el aula con otras dos compañeras de distintos cursos quienes también encuentran un valioso espacio de aprendizaje en esta escuela. La clase continúa. Entre comentarios, destaca la importancia del respeto entre sus compañeras y las profesoras y profesores. "Con respeto se va a todos lados", afirma. En la escuela se siente escuchada, le gusta participar, leer, "aprender a pensar".

Una pequeña pausa habilita el diálogo. Sonia aprovecha la ocasión para contar su experiencia como estudiante. Insiste que le gusta ir a la escuela y aprender. "Decidí estudiar porque es algo bueno para una, es útil aprender, es importante". Le apasiona la psicología, tanto que como proyecto de vida quiere empezar la carrera en la universidad.

En ese diálogo cuenta que en unos meses volverá a encontrarse con su familia, es una noticia que la motiva y mucho, aunque se advierte en ella una mirada que denota cierto desasosiego. Su vida estuvo signada por el sentimiento inefable que marca a fuego la violencia de género. La crueldad y perversión de la violencia machista. Prefiere no hablar demasiado del tema pero no lo omite. Sabe que hizo lo que debía hacer: romper con el silencio. Aprendió a convivir con el dolor como muchas otras mujeres y salió adelante. Su fortaleza le permitió focalizarse en el amor hacia su familia, que es su motor. "Estudio también por mis hijos y nietos", expresa.

La clase continúa. La interacción con la profesora de sociales, como con otras docentes, se produce de forma respetuosa, informal, genuina. Para esa clase, les llevó mapas separados en colores para trabajar sobre las distintas divisiones del continente Americano. Propone ejercicios clásicos como unir con flechas, sopa de letras, remarcar mapas. Sin dudarlo echan mano a todos los colores que tienen en sus cartucheras, hurgando hasta encontrar el color que se adecue a sus gustos. En la clase se construye un clima cálido, afectuoso. El tiempo se desune del reloj y se torna acrónico, es un tiempo gozoso, dinámico. La clase finaliza. La profesora se despide no sin antes decirles que las espera al día siguiente para ver una película.

Experiencia multiciclo

Lejos de los imperativos y mandatos fundacionales del sistema educativo argentino, que busca la homogeneidad cultural, dentro de la Escuela 1.311 se construye una educación cimentada desde el respeto a las distintas subjetividades que habitan el aula. En ese pequeño salón de clases, se configuran otras formas de vincularse con los aprendizajes. Y, ante la ausencia de una estructura edilicia acorde a las necesidades de la escuela, se planteó la idea del multiciclo: estudiantes de distintos años que comparten un mismo salón. Desde esta práctica trabajan los contenidos, con distintos niveles de dificultad, en consonancia con lo que demandan los planes oficiales.

"Tenemos alumnas de primero a quinto año del secundario que comparten el aula. Tratamos de que en una clase se lleven un conocimiento, por más poquito que sea, es algo más que se aprende", expresa la directora de la institución educativa.

En el pizarrón, en los bancos, en las flores de cartulinas, en los mapas, en los estantes llenos de libros, en las palabras dichas —y en las que se dirán—, en los mates compartidos, en las hojas escritas, en el pequeño mueble que oficia de biblioteca, se encuentran latentes distintas escenas de libertad que, dentro de esta escuela, son habituales.

Gracias a la confianza y contención de su directora, de las profesoras y los profesores esas escenas se replican: en la libertad para expresarse, decidir, interpretar, crear, imaginar, compartir. Garantizar el derecho a la educación en contexto de encierro es la prioridad de estos actores en los que se hace visible la elección y convicción por enseñar.

La profesora de sociales procura generar una experiencia pedagógica donde prevalece el empoderamiento por la palabra de las estudiantes. "En lugar de pensar la gran cantidad de contenidos que nosotros deberíamos dar, trabajamos algo más puntual, y si surge algún tema más específico también lo tomamos. Entonces terminamos dando algo mucho más productivo e interesante. Problemáticas que son absolutamente importantes y que están ahí", sostiene la profesora de sociales.

Estas prácticas son recurrentes en esta escuela. La valoración de las experiencias de vida de las estudiantes es el inicio para contribuir a la construcción del conocimiento. "Sino pareciera que nada de lo que ellas hacen y pueden es valioso. Y creo, en este sentido, que ellas también se sienten valoradas", expresa la profesora de sociales.

La historia de vida de Sonia es muy significativa porque dentro de la escuela logra definirse como estudiante. Una vez finalizada la clase y ante la pregunta "¿Qué te llevás de la escuela?", responde categóricamente: "La escuela es mi espacio de libertad".

Berenice Bruno

educacion@lacapital.com.ar

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