Educación
Sábado 11 de Marzo de 2017

En el barrio La Guardia

Apenas iniciaban los ochenta. El mundo seguía dividido por un muro. El libre mercado sentaba las bases de futuras economías, en un país cuyo mandatario había sido, tiempo atrás, un mal actor.

Apenas iniciaban los ochenta. El mundo seguía dividido por un muro. El libre mercado sentaba las bases de futuras economías, en un país cuyo mandatario había sido, tiempo atrás, un mal actor. En la Iglesia, después de casi dos años, aun resonaba la sorpresa ante la elección de aquel Papa no italiano. De todo aquello, nada me llegaba de cerca. Mi mundo empezaba a girar vertiginosamente aquella mañana: iniciaba la escuela primaria. No tenía referencia alguna de semejante experiencia, solo el mandato de abrirme paso, como Sandokan ante una extraña y desconocida selva, o como Superman, adentrándome en la atmósfera rara de algún lejano planeta.

Después de todo, mi Universo eran las calles del barrio La Guardia, que resistía y mantenía aun la magia de calles de tierra; que de golpe y porrazo se convertía en el Maracaná, ante alguna aguerrida final interbarrial de fútbol o en el escenario perfecto para partidos inmemoriales de bolitas, en las que las "porce" o las "acero" tenían tanto valor como las montañas de billetes de Tío Rico. ¿Podría canjear todo aquello por extensas horas de lucha, con el lápiz como aliado, frente a inmensas hojas de cuaderno forrado con papel araña?

El desafío estaba al alcance de un paso. El umbral de la escuela, cuyo nombre era el de unas islas lejanas de nuestro sur argentino, parecía agigantarse ante mi humanidad.

Pero no estaba solo. Las palabras amorosas de mi mamá aún resuenan en mis oídos con la fuerza de la arenga de quien sabe transmitir serenidad y firmeza: "Entrá tranquilo que adentro hay magia, y a la salida, te voy a estar esperando". Aquel paso se dio: con las letras conquistadas vinieron viajes maravillosos, amistades imborrables, amores y machetes que se fueron tatuando con tinta en la piel de bancos y sillas.

Casi cuarenta años después, revivo aquel acto de arrojo en la mirada tímida de alumnos que hoy me saludan con un "Buen día profe...". Mi respuesta intenta transmitir la misma serenidad y firmeza: "Entra tranquilo que aquí adentro, hay magia..."

Ramón López-Maestro especial para educación


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