Mi anécdota
Sábado 22 de Julio de 2017

El mejor de los tropiezos

Recuerdo patente mi primer reemplazo. Sonó el teléfono siete y treinta de la mañana, hace cuatro años.

Recuerdo patente mi primer reemplazo. Sonó el teléfono siete y treinta de la mañana, hace cuatro años. "Berenice necesitamos que vengas a reemplazar en la materia comunicación, tu hora empieza a las siete y cuarenta", me dijo un secretario. La urgencia me hizo saltar de la cama eyectada. Agarré un libro de comunicación más planificaciones preparadas y salí en busca de un taxi. Al llegar a la escuela, muy nerviosa busqué el cuarto año. Atolondrada tropiezo en la entrada del salón y entro de golpe al aula. Las y los estudiantes no repararon en esconder las carcajadas. Más allá de la vergüenza, la clase estuvo fantástica. Las y los chicos jugaron a ser periodistas: entrevistaron brevemente a una preceptora, sacaron fotos e improvisamos un pequeño diario durante esas tres horas. Por lejos, el mejor de los tropiezos.

Si bien ese tropiezo anticiparía muchas de mis experiencias posteriores no puedo dejar de pensar en las que empecé a vivir en la queridísima Escuela Marcelino Champagnat. Allí, conocí las implicancias de trabajar en un contexto complejo a la vez que altamente comprometido. La cultura institucional que llevan adelante el director, profesoras y profesores, preceptores, secretaria, portera, representante legal, se aleja de aquellas prácticas que habitaron las aulas durante tanto tiempo. Sostienen otra forma de pensar la educación. La escucha, el reconocimiento por la diversidad de subjetividades y una postura claramente democrática ponen de manifiesto la importancia y necesidad de sentir que la educación es una trinchera ideológica y educar un acto político.

Las palabras de una de las estudiantes que terminó la secundaria el año pasado representan esta anécdota. Ella era mamá-adolescente-alumna, llevaba su bebé a la salita maternal que hay en la Champagnat. En clases, hablando de la importancia de estudiar dijo: "Venir a la escuela es importante porque yo así le enseño a mi hijo que puede tener otro futuro". Me quedé sin palabras. Acto seguido recordé la potencialidad de la escuela y su innegable y necesaria función social, por más que en estos tiempos pretendan borrar su especificidad.

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