Mi anécdota
Sábado 01 de Julio de 2017

El maestro Arias

En el último grado de la primaria del Colegio Sagrado Corazón conocí al maestro Arias. Había nacido en Salta.

En el último grado de la primaria del Colegio Sagrado Corazón conocí al maestro Arias. Había nacido en Salta. Era de baja estatura, tez morena y usaba anteojos con grandes armazones. No llevaba delantal y su uniforme era un toda temporada y ocasión un tapado oscuro hasta las rodillas. Pasaba los 50 años de edad. Era soltero. Fumaba, aunque no en el salón. Con él aprendí con alegría. Sin ser jocoso, era ingenioso en el humor, y la vida parecía sonreírnos. Él no levantaba la voz. No nos escarmentaba. No señalaba nuestras debilidades. El maestro Arias no era ni más ni menos que un hombre respetuoso de cada uno de nosotros. Dedicado por entero a que aprendiéramos. Jamás un grito fuera de lugar, un sarcasmo hiriente, una puesta en escena para demostrar su autoridad. Era más bajo en estatura que sus alumnos más robustos pero ni a él ni a nadie le importaba. Sus compañeros de claustro lo estimaban, en especial por su serenidad provinciana, su capacidad de escuchar y relatar, y admiraban su férrea vocación docente. Estaba en el colegio desde comienzos de los años 60. Sabíamos dónde vivía porque su casa, una antigua construcción tipo "chorizo", era de puertas abiertas. Recuerdo su interés por el folclore, al punto que formó con un grupo de alumnos de mi curso un conjunto que llevó a cantar en distintas peñas. Yo no fui convocado.

Por entonces, 1978, no existía la costumbre del viaje de fin de ciclo. Nos ofreció conocer su provincia, y conocer el noroeste, a bajo costo. Viajamos hasta Tucumán en tren, sobre duros asientos de madera. En la ciudad de Salta nos alojó en la casa de su hermana, también docente. Una noche nos quedamos hasta tarde en el tradicional bar de Balderrama. Pero la ciudad se nos volvía muy costosa entonces consiguió una salita parroquial en el humilde poblado de La Calera. Comimos todo tipo de guisos que en nuestros hogares jamás habríamos probado. Llegamos hasta Humahuaca. La gente parecía ser tan buena como él.

Destaco la confianza que el maestro mereció de nuestros padres, cuando no había muchos teléfonos públicos ni otra forma de seguimiento en nuestro periplo de semana y media. No llevábamos celulares, ni música portátil. Quizás había sido suficiente que Arias recorriera la casa de cada uno de nosotros para convencer a los padres de la utilidad del viaje. A más de cuarenta años aquello parece algo de otro mundo, más propio del "viejo siglo XX", que de "los noventa".


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