Educación
Sábado 03 de Junio de 2017

El desafío de construir igualdad desde la educación

Si se quiere aportar a la construcción de una sociedad no sexista, el ámbito educativo debe ser interpelado.

La educación y sus instituciones han sido a lo largo de la historia productoras y reproductoras de la ideología dominante de la época. Con el advenimiento de las sociedades modernas, basadas en la división sexual del trabajo, el modelo educativo que se impuso definió una educación diferenciada para varones y mujeres, a modo tal de preparar a éstas solo para el mundo privado y a ellos para el espacio público y el ejercicio de la ciudadanía.

   Así, hasta bien entrado el siglo XX, las mujeres fueron mantenidas en la ignorancia. Aunque hubo escasas excepciones, la prohibición del acceso de las mujeres a las instituciones educativas, formó parte del contrato sexual que asignó a ellas las tareas domésticas y de cuidado. Por ello, vencida la prohibición de acceso al estudio, la educación para las mujeres ha tenido un doble carácter: de instrumento para la libertad, la autonomía y la igualdad sexual y de herramienta de reproducción de un orden social de discriminación y subordinación para las mujeres.

   Aunque las mujeres hemos alcanzado porcentajes igualitarios respecto a los varones en el acceso a los distintos niveles de formación, este persistente patrón de la división sexual del trabajo se expresa de varias formas: en la reproducción de la socialización de género que se da tanto en la currícula explícita como en la oculta, en los textos escolares y sobre todo, en la distribución inequitativa de los beneficios de la educación para cada sexo, que hace que a iguales niveles de capacitación las mujeres ganen en promedio salarios más bajos que los varones y ocupen cargos menos valorados o se concentren en actividades precarizadas o mal remuneradas.

   Son múltiples y diversas las acciones posibles que podemos impulsar para desarmar el andamiaje de la discriminación sexista en y desde el ámbito educativo. Una primera es promover un mayor número de investigaciones sobre educación y género que renueven las aproximaciones teóricas a la problemática y den cuenta del estado actual de lo que sucede en las prácticas dentro del aula, en el currículum formal y oculto, en el uso del lenguaje y en la formación y perfeccionamiento docente.

   Una segunda acción es hacer efectivo un mayor involucramiento y compromiso con la igualdad de género de actores/as centrales del ámbito de la educación, esto es sindicatos docentes y responsables de las políticas educativas, ya que la incorporación de una perspectiva de género en la educación no ha sido hasta hoy una prioridad para estos sectores. Un tercer aspecto central a abordar es la promoción de acciones para revertir la feminizada actividad docente, ya que como dice Graciela Morgade "los discursos de la naturalización del trabajo docente, es decir la ideología de género, fueron determinantes en la feminización docente".

   Finalmente, es necesario jerarquizar el rango que en las estructuras del Estado se les otorga a los espacios destinados a la promoción de los derechos de las mujeres, ya que un lugar secundario o desjerarquizado limita las posibilidades de interactuar con las políticas sociales y en particular con las educativas, que siguen identificando a la desigualdad como desigualdad económica, sin tener en cuenta la desigualdad de género.

   Hoy 3 de junio se cumple un nuevo aniversario del movimiento #NiUnaMenos. Por las calles de las ciudades de nuestro país, volveremos a marchar miles de personas, mayoritariamente mujeres, reclamando al Estado en sus tres niveles y a sus tres poderes, que asuma la responsabilidad de garantizar para las mujeres una vida libre de violencia sexista. Esa violencia sexista que mata una mujer cada 18, 25 o 30 horas según el registro, por su sola condición de mujer, y que solo podrá ser finalmente erradicada si somos capaces de transformar la conciencia social expresada en el grito del "NiUnaMenos", que rechaza y condena la construcción jerárquica de la relación entre varón y mujer, en políticas públicas que aseguren condiciones de igualdad real para las mujeres en todos los ámbitos, demoliendo el contrato sexual fundante de nuestras sociedades que edificó sobre la diferencia de los sexos, la discriminación de género.

   Si queremos aportar a la construcción de una sociedad no sexista, el ámbito educativo debe ser fuertemente interpelado. Las investigaciones en educación más recientes que incorporan en sus análisis la dimensión de género, muestran la persistencia de indicadores de desigualdad sexual. Se destacan, entre esos indicadores, las concepciones estereotipadas de las y los maestros sobre el comportamiento, las cualidades y el aprendizaje de varones y mujeres, las ocupaciones "femeninas" y "masculinas" que se siguen mostrando en los libros de texto y que acentúan la socialización tradicional de género y el acceso diferenciado de los varones a las carreras profesionales más valoradas y mejor remuneradas.

   Asimismo, las investigaciones con perspectiva de género destacan que, en las prácticas docentes de aula, en las relaciones entre escolares, en el uso de los espacios recreativos y en diversos elementos de la organización escolar, incluidas las pautas de disciplina, persisten prácticas sexistas y se trasmiten y promocionan jerarquías y desigualdades en la relación entre las niñas y los niños.

   Los femicidas de Chiara Páez, de Micaela García y de tantas otras mujeres asesinadas por su sola condición de mujer, son monstruos de la cima de una pirámide cuya base está constituida por varones y mujeres que cotidianamente naturalizamos la desigualdad sexual. Necesitamos comprender en su totalidad el vínculo entre la educación y las esferas ideológicas y políticas de la sociedad. Revisar los procesos educativos para incorporar la perspectiva de género en todos los niveles de la educación es lo que finalmente la va a convertir en una herramienta de profundo cambio social, posibilitadora de sociedades más iguales, con menos discriminación. Mientras sostengamos modelos de enseñanza y aprendizaje cimentados en la desigualdad y en los estereotipos de género, "Ni una menos" será difícil de alcanzar.

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