Educación
Sábado 26 de Agosto de 2017

El cine, como un juego

Mario Piazza es director, cineasta, documentalista, realizador audiovisual, aunque él prefiere definir su oficio como un juego, que disfruta tanto como cuando resolvía problemas matemáticos en la secundaria.

Mario Piazza es director, cineasta, documentalista, realizador audiovisual, aunque él prefiere definir su oficio como un juego, que disfruta tanto como cuando resolvía problemas matemáticos en la secundaria. Las maestras y los maestros lo conocen más por ser el autor de La escuela de la señorita Olga, un documental que hace memoria sobre la tarea pedagógica de las hermanas Cossettini. Y por estos días por el estreno de la película sobre Cucaño (Acha Acha Cucaracha), la historia de arte experimental que protagonizaron jóvenes rosarinos en plena dictadura. "La mirada la he posado sobre gente que intenta una alternativa, que lleva adelante su propio modo de hacer las cosas", dice cuando habla de las personas o hechos a los que sale al encuentro con su cámara.

Mario Piazza nació en 1956 en Nueva York y desde 1998 tiene también la nacionalidad argentina. "La historia contada de forma graciosa es que mis padres se casaron de apuro, pero el apuro no era que mi madre estaba embarazada sino que a mi padre le salió una oportunidad de ir a trabajar a un hospital de EEUU. Vivieron dos años en Nueva York, justo para encargarme y parirme allá. Volví con 10 meses. Mi hermana Silvana ya estaba encargada, nació en Rosario, ella es mixta", se divierte contando esa historia.

Una sola vez volvió a su lugar de nacimiento. Fue hace 33 años, pasó frente a la casa donde estuvo de bebé con su familia y se sacó una foto para el recuerdo.

La escuela primaria la cursó en el Colegio San Bartolomé, más conocido como Colegio Inglés, y el secundario en el Politécnico, donde disfrutaba resolviendo problemas, tanto que hasta fue campeón de una de las olimpíadas de matemática. Más tarde se anotó en la carrera de ingeniería electrónica, que cursó por tres años. A esa altura ya había descubierto que lo suyo pasaba por tener una cámara en mano. La práctica y una particular sensibilidad para relacionarse con el mundo y su humanidad completaron su perfil de realizador audiovisual.

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No es la primera vez que lo cuenta, pero no deja pasar la oportunidad cada vez que puede para repetir que haber filmado La escuela de la señorita Olga le permitió de alguna manera participar de una escuela que le hubiese gustado tener.

—¿Cómo pasaste de la matemática al cine?

Había una cosa en común entre una y otro, porque aquello de la olimpíada de matemática y la resolución de esos problemas eran como un juego, y eso es algo común con el hacer cine. No es que yo fuera un devoto de la matemática... Me resultaba fácil la resolución de problemas, eran para mí como las páginas de entretenimiento de un diario.

—Y cursaste tres años de ingeniería...

Fue como una continuidad porque la Facultad de Ingeniería forma parte del mismo edificio que el Politécnico. Hice hasta 5º año en la secundaria, había una opción de hacer dos años más para recibirse de técnico, pero yo quise pasar a la facultad, a ingeniería electrónica. Me fue fácil porque tenía cierta facilidad. Pero esa facilidad se me fue acabando, a la vez que surgía que la vocación mía venía por otro lado. Para 1978 ya había hecho una pequeña peliculita, Dolor de cabeza; luego El hombre de acero y después Sueño para un oficinista, que tuvo más trascendencia. El estreno de esa película lo pensé como mi despedida de la facultad. Fue cuando dejé la facultad para dedicarme exclusivamente al cine. Había una ambivalencia de parte de mis viejos. A mi padre, fundamentalmente, no lo convencía que no siguiera una carrera de las "serias" ("se usaba ese término", aclara y se ríe) y además no existía la carrera de cine. Cuando se abrió la Escuela de Cine, aquí en Rosario, entré en el plantel docente ¡Con lo que me hubiera hecho falta unos seis años antes tener una escuela de cine a la que ir como alumno!

—¿Y cómo te formaste?

Con la práctica. El súper 8 para mí fue una escuela. Filmaba y filmaba muchas operaciones, algo que tenía que ver con la profesión de mi viejo, que era cirujano. Filmaba muchas operaciones que les servían a los médicos y a mi viejo para mostrarles a los colegas en los congresos. Eso me dio práctica de la cámara. Pero antes que eso creo que fue importante la familiaridad que tenía con la cámara desde chiquito, porque mi viejo tenía una filmadora de 8 mm, tenía la cercanía de una cámara y alguna vez la usé. Hay una foto que tengo, que guardo como tesoro en mi estudio que con 8 o 10 años, no sé exactamente, estoy empuñando una cámara, mirando por el visor. Creo que en ese momento no había osado a tocar el botón, era cara la película. No es como ahora que no pasa nada si grabás, antes, con el fílmico, era un pequeño presupuesto.

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—¿Te acordás lo que viste esa primera vez?

Ni me acuerdo de esa situación, salvo a través de la foto. Estábamos junto al río, en una parte de arena, estoy sentado en el Bergantín, en el auto que teníamos, en el asiento de atrás, que se podía retirar y poner como sofá en cualquier momento y lugar, en este caso en la arena.

—Además de la práctica, del oficio, ¿qué más buscabas para formarte?

Leí libros y estaba abonado a una revista específica sobre súper 8. Para nosotros era casi como una fe, una mística con el súper 8. Pensábamos que íbamos a hacer como una especie de revolución. Ahora, visto a la distancia, era tan limitado en comparación con el digital, pero en ese momento era lo que nos ponía el cine a nuestro alcance. Para hacer cine de 35 mm había que estar dentro de la industria y atenerse a las reglas de la producción del sistema. El mismo 16 mm era muy caro. El súper 8 era una manera de democratizar el cine. Como dijo Jean Cocteau "el cine será un arte cuando sus elementos sean tan baratos como lápiz y papel".

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—Ahora los chicos filman, juegan, experimentan con el celular...

Me hace acordar a la frase de una entrevista para la película de Cucaño (Acha Acha Cucaracha) que no entró. Es con el científico Marcelo Roma, que es bioquímico. Asociando su profesión con su experiencia en Cucaño coincidió en este concepto: "La verdad surge de la libertad". Fue precioso pero no le encontré lugar para meterla. Es material para los extras de un dvd o una segunda parte. Filmamos 48 horas de película, para una hora y 15 final. Eso nos lo permite la tecnología, porque el súper 8 no, ni qué hablar otros formatos cinematográficos 16, 35... prohibitivos.

—¿Cómo fue tu experiencia como profesor?

Nunca di clases. Salvo unos pequeños cursos, tallerista, de cine documental. Y una vez que conté a los alumnos mi experiencia de la visita a la Escuela de Cine en Cuba, pero nunca tuve una materia, una cátedra a mi cargo. No sé cómo se hacía, tal vez por el temperamento pero también el hecho de que no había aprendido cine en una escuela. Había profesores que aprendieron a dar clases sin haber ido a una escuela (de cine), pero yo no sabía cómo enseñar cine. Quizás hay una especie de desconfianza a que se pueda enseñar cine. Hay algunos cineastas que opinan... ¡Ah pero si fue nada menos que Manuel Antin, que es director de una Escuela de Cine, que dice que el cine no se aprende en un aula sino en los pasillos de la escuela.

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—Hay todavía alguna resistencia a llevar el cine a las escuelas, salvo para ver ciertas películas y documentales. ¿Por qué crees que ocurre eso?

Y cuando se ven documentales son los didácticos. De repente me acuerdo de una frase de Leticia (Cossettini) que esta al final de la película (La escuela de la señorita Olga): "Resulta siempre peligroso abrir los ojos a alguien para que se encuentre con la verdad". Puede ser que venga por ese lado. Si fuera por mí llevo más cine a la escuela, pero no soy ministro... A propósito de ministros, ¿cómo le pusieron tantos votos? Si el tipo ha dicho como un logro de la gestión de él "que cada día hay un nuevo pibe preso".

—¿Qué te provocan esos dichos de Esteban Bullrich?

Horror, espanto.

—La escuela de la señorita Olga; Madre con ruedas; Cachilo, el poeta de los muros y Acha Acha Cucaracha (Cucaño) ¿Qué tienen en común y qué las distingue a cada una?

Tienen en común que las hice yo y que algo de uno se expresa a través de los documentales. Uno retrata una realidad, pero desde un propio punto de vista. Un documental registra el encuentro de una persona, el realizador, con otra persona, una realidad o un hecho. Lo que tienen en común las distintas películas que hice es el realizador; y un punto de vista, la mirada. La coincidencia puede ser esa: que la mirada la he posado sobre gente que intenta una alternativa, que lleva adelante su propio modo de hacer las cosas. Ya sea las maestras Cossettini con esa forma de enseñar distinta al común de las escuelas de la época. La querida amada Mónica que sobrellevó su adversidad para ser mamá nada menos y para amar a uno que está aquí presente. Y Cachilo, el poeta de los muros, tan jugado y admirado por muchos actores de la cultura rosarina por su osadía. Que podría ser que deviniera de la locura, pero en todo caso admirado por su actitud extrema de abandonar todo para dedicarse a su arte. Y los Cucaños! Nueva película, reciente estrenada. Me fascina el hecho de que se trataba de muchachos de 17 años, muy jóvenes, que actuaron por el impulso interior, como reacción también al clima asfixiante en el que se estaba viviendo. Ellos salían a la vida, como yo también lo estaba haciendo, en medio de un clima muy opresivo en que se estaba viviendo y pese a todo hicieron la suya, y atacaron las bases culturales de una sociedad que le había dado pie a la dictadura.

Mario Piazza Video entrevista


Con ojos de videotape

"Con ojos de videotape" es la nota de Fernando Varea publicada el 5 de febrero pasado, en el Suplemento Más de La Capital. Recomendado artículo que reseña la trayectoria profesional de Mario Piazza y sus producciones audiovisuales. También se detiene en su último trabajo Acha Acha Cucaracha, el documental sobre la experiencia de Cucaño, recientemente estrenado.


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