Educación
Sábado 09 de Septiembre de 2017

El canto del cisne y la violencia en la escuela

Cuando la ola neoliberal golpea con fuerza los índices de miseria y muerte forman parte de "lo esperable".

Una antigua creencia proveniente de la mitología griega suele aludir el cantar del cisne —ave que permanecía muda durante casi toda su existencia— como metáfora "última" de intervención antes de que ésta muera. Sin embargo, si nuestro objetivo fuese intentar señalar o compartir un breve análisis en torno a las formas de violencia escolar —mero eufemismo o "espejo" de violencia social y política— dicha metáfora quizás no nos alcanzaría del todo para abordar los motivos por los cuales la escuela termina siendo (la mayoría de las veces) como aquel escenario en donde las formas de violencia social y política se materializan. De esta manera, así como un terremoto activa la posterior alerta de tsunami como consecuencia "esperable" en alguna otra parte del mundo; en su correlato social local, podríamos argumentar algo semejante en relación a que cada vez que una "oleada" neoliberal comienza a golpear con fuerza, los índices de violencia, miseria, pérdida de fuentes laborales y muerte también empiezan a formar parte del orden de lo "esperable".

   Aquello pudimos comprobarlo históricamente, luego del estallido del 2001, con los primeros casos de asesinatos concretos en nuestras escuelas argentinas como formas inéditas de violencia institucional por parte de aquellas infancias resocializadas antes, en los años noventa. (Basta señalar la masacre de Patagones junto con el caso del adolescente cansado de que lo apodaran "Pan Triste") entre otros casos también emblemáticos que, lamentablemente, inauguraron este campo nuevo de inscripción política.

   Si tomáramos entonces como punto de referencia los casos de violencia difundidos por los medios sólo en el mes de agosto del corriente año, incluirían desde suicidios adentro del aula, amenazas de bombas en diferentes instituciones escolares como nunca antes, cachetazos a maestras en las escuelas y a médicos en los hospitales; palizas recibidas a una alumna por parte de sus compañeras, asesinato de un niño de diez años por un adolescente de catorce y varios bebés arrojados a basurales como metáfora "magistral" (siguiendo palabras de Bleichmar escritas allá por el 2002) de "la convicción que tienen los miserables irredentos de que su prole no tiene ni tendrá otro destino" (1).

   Aquí es entonces necesario para nosotros retomar la pregunta "clásica" sobre si una lógica política-económica impacta o no en la lógica de producción de subjetividad. Y, claro está, si tal respuesta fuese positiva (como efectivamente la consideramos al menos nosotros), ni los niños que hacen o que padecen el "bullying"; ni aquellas maestras golpeadas; o los médicos y enfermeras tratando de salvar vidas amedrentados y mucho menos aquellos bebés arrojados a la basura deberían ser abordados socialmente como meros acontecimientos "individuales" —o "particulares"— sino, por sobre todas las cosas, como síntoma de aquello que viene aconteciendo —y fundamentalmente vienen padeciendo— ciertos sectores sociales específicos en la actualidad: esto es, que el desamparo, cuando está expresado en políticas públicas (independientemente de los gobiernos que las lleven a cabo) siempre tiene —y tendrá— cara y contracara de diversas formas de violencia como respuesta.

Signos

Ahora bien, a diferencia de la metáfora de aquel canto del cisne, quien permanecía "mudo" hasta tanto y en cuanto el final se acercara inexorablemente, las sociedades, históricamente, pueden dar cuenta, tanto de su sufrimiento como de su propia capacidad de transformar el dolor en lucha y esperanza, mucho antes de que la intervención "final" dé lugar a acciones como las aquí antes narradas. La niñez emite signos. Las infancias y juventudes emiten signos. Las escuelas emiten signos y las comunidades emiten signos al compás del "latido social" que se va internalizando o percibiendo como modelo de relacionamiento de vida imperante. En este sentido, frente a los embates que viene padeciendo el colectivo docente, quizás sea necesario volver a recordar que la educación es un campo en donde la teoría, la práctica, la cultura y la política se confunden inevitablemente, y donde la actividad intelectual debe necesariamente dar paso a la acción social y política ¿Cómo estar, entonces, lo suficientemente sensibilizados para poder "captar" esos signos? ¿hacernos eco de su sufrimiento, interrogar sus orígenes o la de intentar devolverles la propia historicidad que nos atraviesa y le da sentido con el fin de incluirlos en un proyecto esperanzador?

   Mientras no podamos reconstruir estas respuestas colectivamente, el basural seguirá constituyéndose como punto de partida para muchas más vidas. Y mientras no podamos regenerar condiciones objetivas (que son siempre políticas) que permitan el reencuentro y la inclusión de aquel que sufre, aquellos signos permanecerán a su vez desperdigados como pólvora en el aire y haciendo anclaje en los ámbitos menos pensados o "equivocados". Estos son, paradójicamente, aquellos que tienen que ver precisamente con proteger y recuperar la vida: en las escuelas, en las plazas, en los barrios, entre los niños, con los maestros, en las guardias y en los hospitales.

Por José Tranier / Doctor en Educación - Especial para Educación

(1) Bleichmar, Silvia. (2002). Dolor País. Buenos Aires: El Zorzal..

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