Historias del aula
Sábado 22 de Julio de 2017

El camino blanco de la maestra Queca

Fue maestra y directora hasta que desapareció su hijo Jorge, quien estuvo detenido en un centro clandestino que funcionó en una escuela. Colgó su guardapolvos y se puso el pañuelo blanco de las Madres.

A Queca Kofman los soldados la encañonaron en el cuello y le cortaron en seco su carrera hacia donde sospechaba que estaba detenido Jorge, el menor de sus tres hijos. Un rato antes, junto a su esposo Marco, había llevado una carta al dueño de un bar ubicado a una cuadra de la Escuelita de Famaillá. El hombre tomó el escrito y entró al lugar como si estuviese acostumbrado a hacerlo. Al rato salió y les lanzó a quemarropa: "¿Ustedes son judíos?". Queca sintió que esa pregunta era la confirmación de que su hijo estaba detenido allí y por eso corrió hacia la escuelita, hasta que los soldados del Operativo Independencia le salieron al cruce. "No nos obligue a hacer lo que no queremos", le dijeron. Ella les imploró llorando que la dejen acercarse y así pudo llegar al alambrado de dos metros de alto donde gritó, con todas sus fuerzas, el nombre de Jorge. Desde entonces una duda indeleble la acompaña: saber si su hijo escuchó o no ese rugido de madre. Cruel paradoja la de esta maestra: tener que ir a buscar a su hijo secuestrado a un lugar que fue construido para ser escuela y terminó siendo el primer centro de torturas del país.
La desgarradora experiencia consta en el testimonio que Celina "Queca" Zeigner de Kofman brindó el 25 de noviembre de 2014 ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán, en el marco de la megacausa por los presos en el penal de Villa Urquiza, adonde se cree que fue llevado Jorge tras pasar por la Escuelita de Famaillá. El relato también está descripto en "Historias y recuerdos de una Madre de Plaza de Mayo" (Editorial Ultimo Recurso), libro que presentó en la ciudad de Santa Fe, donde vive Queca, la maestra de la memoria.
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Primero hay que atravesar el garaje y recién después se llega a la puerta de su casa. A la derecha, una mesa ratona con adornos y retratos del Che Guevara y de Jorge, el "Hippicito", como le decían sus amigos. En las paredes, cuadros, dibujos y diplomas para Queca. Uno reciente: el que le regalaron los docentes de la Escuela Itinerante de la Ctera en su paso por Santa Fe. Después viene el living y ahí espera Queca. Invita a sentase cerca de ella. Tiene algunas dificultades para caminar y, desde hace algún tiempo, también para oír; pero nada que su familia no pueda capear usando una pizarra con un fibrón para escribirle las preguntas o una aplicación de celular que transforma un mensaje de voz en texto para que lo lea. Su voz es clara y es mucho lo que tiene para contar.
Su hijo Hugo y su nuera Julia se quedan cerca y sirven mate. Ellos acompañaron a Queca en todo su camino de lucha. Viajaron con ella cuando le tocó dar testimonio en Tucumán y ahora tomaron la posta para hacer las visitas a las escuelas que Queca disfrutaba cada vez que la convocaban.
Antes de comenzar la entrevista pide que le alcancen el pañuelo blanco de las Madres, el mismo que se puso para tantas marchas y actos. Mientras se lo coloca, la reportera gráfica de La Capital la retrata con su cámara. Le dirá después que se llama igual que ella. "¿En serio? Somos pocas las Celinas", dice Queca mientras sonríe relajada. A sus espaldas, un mueble con fotos de sus múltiples viajes. Allí está junto a Evo Morales, Ernesto Cardenal y Pepe Mujica. "Mi casa hoy es un museo de tantos viajes que hice. Recuerdos, regalos, obsequios. Hasta un tambor que traje de Corea del Sur tengo", repasa la Madre.
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Pero detrás de la historia de lucha de Queca con el pañuelo blanco está la de una joven entrerriana que abrazó la docencia como su papá, un maestro rural. Diecinueve años tenía cuando comenzó a dar clases en una escuela de General Campos (Entre Ríos). También diecinueve son los años que estuvo en ese lugar hasta que pidió el traslado a Concordia, donde ejerció la docencia por otros dieciséis. En agosto de 1975 la noticia de que Jorge, su hijo menor, había desaparecido en Tucumán, la sorprendió siendo directora. Jorge, el Hippie, tenía 23 años, militaba en el PRT e iba a ser padre por segunda vez. Queca tenía 35 años de servicio, estaba a punto de jubilarse, pero le hubiese gustado seguir un poco más.
—¿Qué sueños tenía cuando eligió ser docente?
—Desde muy pequeña supe que iba a ser maestra. Tuve de docente a mi padre, maestro en una escuela rural y lo admiré tanto, tanto, que le prometí: "Yo voy a ser maestra como vos". Me costó, porque el sueldo de los maestros era muy magro y teníamos un hermano mayor que ya estudiaba en Santa Fe. Me era muy difícil sostenerme, igual hice mi curso de maestra normal nacional en Concepción del Uruguay y me recibí con muy buenas notas. Estudiaba mucho, sabía que quería ser maestra y no otra cosa. Hoy, a los 93 años, si tuviera que elegir una profesión elegiría otra vez ser maestra.
—Fue docente por 35 años.
—Treinta y cinco años de docencia. Me retiré porque vino la dictadura, desapareció mi hijo Jorge y tuve que dejar la escuela. Ya estaba en condiciones de jubilarme, aunque no quería dejar la escuela tuve que hacerlo para poder colgar el guardapolvo y ponerme este pañuelo blanco que estoy usando desde entonces.
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—¿Le hubiese gustado seguir un tiempo más como directora?
—Yo ya estaba preparándome para rendir examen de oposición para supervisora, iba primera y cuando desapareció Jorge me jubilé. Con mucho pesar, pero tenía que salir a luchar por mi hijo. Me costó mucho rendir para directora, porque eso me separó de los alumnos. Pero siempre, como directora de escuela y para no molestar a la vice o a la secretaria, tomaba yo la clase para ayudar a alguna maestra que no venía porque tenía enfermito el hijo. Era tal mi desesperación por estar en contacto con los alumnos... Las maestras de Concordia, en la última escuela en la que estuve, me recuerdan que cuando mandaban a los chicos a dirección en lugar de llorar decían: "Qué suerte, voy a comer caramelos". Porque cuando venían llorando primero les abría el paquetón de caramelos y les daba uno, después recién comenzaba a hablarles. En Concordia tuve 48 personas a mi cargo y nunca tuve un problema con nadie. El secreto está en considerar que el docente es un ser con sus necesidades y problemas; y que una directora debe contemplarlo como un ser humano, no como una jefa de Gendarmería.
Queca festeja su ocurrencia con una risa ligera. Su voz suena como acaramelada, como el dulce recuerdo de su paso por las aulas. También debió soportar sinsabores. Hugo, su hijo, recuerda que en 1944 en Entre Ríos echaron a los maestros judíos, entre ellos a su madre y a su padre, que aún daba clases. Con la llegada de Perón al poder fueron reincorporados, pero en 1959 la volvieron a cesantear, acusándola de haber participado en actividades políticas que entonces estaban prohibidas para los maestros.
—¿Cómo era el clima en las escuelas de los años 74 y 75?
—En el año 74 en la escuela todavía no se sentía nada, pero ya había sucedido Trelew (el fusilamiento de presos políticos), y justo habían matado a un muchacho de Concordia que era amigo de mis hijos. Pero en el año 75 ya se pone bravo, desaparece Jorge, me empiezan a perseguir y me mandan todos los días la orquesta del ejército a tocar la marcha militar. Me sentí muy mal y ahí pedí el retiro. Lloramos todas, porque además de la relación de maestra y directora éramos muy amigas. Cuando desaparece mi hijo yo sentí la obligación de decirles que había desaparecido por razones políticas, por su militancia, y que yo iba a entender cualquier posición que ellas tuvieran. La respuesta de todas fue un gran beso que me acompañó todos estos años. Cuando voy a Concordia siempre las veo, nos hablamos algunas para el Día del Maestro. Quedó esa relación.
"Me retiré de la docencia porque vino la dictadura y secuestró a mi hijo Jorge. Tuve que hacerlo para colgar el guardapolvo y ponerme el pañuelo blanco que uso desde entonces"
—¿Qué sintió cuando se enteró que una escuela de Famaillá era usada como centro clandestino de detención?
—Lloré... (se le quiebra apenas la voz, hace una pausa y retoma). Como maestra lloré. Una escuelita hermosa, pintada de blanco, que esperaba a los alumnos al final de las vacaciones y se abre como centro clandestino de tortura, uno de los más terribles que hubo en el país. Mi hijo pasó por ahí, lo supe años después. Lloré por los chicos que esperaban una escuela nueva en un pueblito y no funcionó. Yo estuve en la escuela de Famaillá cuando estaba ocupada por los militares, estuve afuera buscando a mi hijo con datos que me había dado el abogado de Tucumán. Fue ahí cuando me dijeron: “¿Pero ustedes son judíos?”, y me di cuenta que él estaba ahí adentro. Salí corriendo, mi esposo casi se desmayó. En la mitad de la plaza me pusieron dos carabinas en el cuello y me amenazaron: “Dé un paso atrás, no nos obligue a hacer lo que no queremos hacer”. Yo sentí algo en el corazón que me decía que mi hijo estaba ahí. Les pedí: “Déjenme arrimarme al alambrado”. Tenía dos metros. Me siguieron con las armas. Mi esposo descompuesto en la mitad de la plaza. Y grité bien alto: “¡Jorge!”. Nunca voy a saber si me escuchó o no. Años después, venida la democracia y recuperada la escuela para los niños, fui invitada para dar una charla. Me acompañó Julia (su nuera), quien me sacó unas fotos. Yo tenía datos que él había estado en la última habitación, que llamaban la jaula. Julia sacó no sé cuántas fotos y ya no me pude sostener más. Más tarde tuve la fuerza para dar una charla allí y me felicito de eso porque me parece que rendí un homenaje a los 30 mil desaparecidos, entre ellos mi hijo. Y a tanta gente torturada hasta la muerte, hasta la muerte... Porque no solamente secuestraban, torturaban hasta matarlos.
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—Como Madre de Plaza de Mayo ¿ha ido a las escuelas a dar charlas con los chicos?
—Fui muchas veces a las escuelas primarias, secundarias y a la universidad invitada a hablar sobre el tema. Es más difícil hablarles y explicarles a los más pequeños, pero son cosas que tienen que conocer. Parte de la historia argentina fue regada con la sangre de nuestros hijos, los más lúcidos de toda una generación, que tenían un sueño y un proyecto de país para todos, y por eso se los llevaron y los torturaron. Cuando iba a esas charlas, los chicos muchas veces escuchaban y no se animaban a preguntar. A los más chiquitos era muy difícil explicarles y no impresionarlos, pero tienen que saber que hubo una dictadura sangrienta.
—¿Qué le preguntaban los chicos?
—Me preguntaban sobre todo por el pañuelo blanco. Me hacían reír porque, claro, ellos conocen los pañales de ahora, no los de tela. Y cuando yo les expliqué que nuestro primer pañuelo fue el pañal de nuestro hijo me preguntaban: “¿Y cómo te lo ponías?, si no era blanco”. Siempre nos hicieron reír con el tema del pañal.
—¿Satisfecho? —pregunta Queca cuando el grabador se apaga con su última respuesta. Y señala una foto donde aparece abrazada a su hijo desaparecido. El último día que lo vio con vida Jorge cumplió 23 años. Con él había empezado a estudiar francés, él se fue a Córdoba y ella terminó el curso en la Alianza Francesa de Concordia. El mismo día que la nombraron profesora para primer año de francés se enteró que su hijo estaba desaparecido: “Así que alcancé a dar un día de clases y tuve que renunciar. Desde entonces mi único objetivo fue buscar a Jorge y saber qué fue de él”.
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La educadora que se convirtió en "hija de sus hijos"
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Queca Kofman se define como una defensora "a toda costa" de la ley 1.420: "Por esta ley, la enseñanza fue fundamental, nos puso a la vanguardia. Y aunque algunos no quieran, vamos a defender con los maestros a la escuela pública, obligatoria y laica".

De sus años como docente en General Campos recuerda que el director turnaba a los maestros y los enviaba en un sulky a relevar los datos de los chicos de la zona: dirección, edad, todo. "Después si los chicos no iban a la escuela los iban a buscar la policía. No los castigaban, pero les notificaban a los padres", cuenta sobre esa experiencia vivida en los años 40 y 50 en Entre Ríos.

Hugo, su hijo del medio, (Raúl, es el mayor) cuenta que a Queca la tuvo como docente y tiene presente algunos recuerdos lejanos: "Fue maestra mía de primaria. Era exigente, una mujer de imponer autoridad. Tenía formación clásica y utilizaban lo que llamaban palabra generadora y que los alumnos pasen al frente a leer un libro.

—¿Qué es para usted una buena escuela y un buen docente?
—Una buena escuela —contesta Queca— es la que cumple con los deberes enseñando a los niños con humanidad. Un buen docente, el que ve a sus alumnos como seres humanos y los comprende con la edad que tienen, que hacen picardías. No digo perdonarlos, hay que corregirlos, que sepan lo que deben hacer y lo que no deben hacer, pero hay modos y modos. Para mí un buen docente es el que tiene comunicación con el alumno. Yo tuve unas docentes especiales, creo que fueron las maestras más grandes para mí. Muchas ya han partido, pero las que están siguen en contacto conmigo.

Libro

A fines de abril Queca presentó en la capital santafesina "Historias y recuerdos de una madre de Plaza de Mayo" (Editorial Ultimo Recurso), libro donde relata su experiencia de vida y su incansable búsqueda de su hijo.

En el acto en la casa de ATE Santa Fe, tomó el micrófono y dijo: "Buscamos a todos los desaparecidos. Eso hemos hecho las Madres, socializar la maternidad. Lo cuento porque muchos jóvenes lo tienen que entender: la dictadura militar es parte muy triste de nuestra historia. Y creo que las Madres, por los hijos que tuvimos, hemos seguido la conducta que ellos nos señalan. Por eso somos hijas de nuestros hijos. Y estamos muy orgullosas de serlo".

El libro de Queca se presenta el 7 de septiembre en el Museo de la Memoria de Rosario.
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