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Sábado 11 de Mayo de 2013

Educación y salud, juntas pero separadas

Una y otra se benefician en forma mutua. Pero también cada una tiene su especificidad que hay que atender

Educación y Salud deben obviamente ir juntas. La Educación requiere una buena salud física y mental: comer bien, dormir bien, mantenerse activo, descansar, son esenciales a la buena enseñanza y al buen aprendizaje. A su vez, la buena salud se beneficia de una buena educación: leer y escribir con autonomía, apreciar el valor del conocimiento, saber investigar y buscar información, poder anticipar y resolver problemas, son esenciales para el bienestar personal y familiar, para prevenir enfermedades, para comprender instrucciones, para cuidar la propia salud y la de los demás.

Pero educación y salud deben también obviamente ir separadas. Cada una tiene especificidad. No son "servicios" que cabe poner en la misma línea, como suele hacerse en políticas, planes, proyectos e informes, donde "Educación y salud" aparecen como un paquete.

• Si la educación fuera como la salud, los estudiantes serían pacientes. Aunque muchas veces son efectivamente tratados como tales, como si tuviesen alguna enfermedad, como si no saber o preguntar fuesen patologías. Un estudiante es esencialmente una persona (niño, joven, adulto) en proceso de aprendizaje. Nada más saludable que eso. Todos podemos aprender; cada uno lo hace de manera diferente y a su propio ritmo; no hay edad mala para aprender.

• Si la educación fuera como la salud, los profesores serían formados fundamentalmente para sanar, para transmitir información, para dar instrucciones más que para aprender y facilitar aprendizajes de otros. La cultura médica se ha forjado históricamente como una cultura elitista, que no se siente obligada a explicar a los pacientes e incluso a que su caligrafía sea comprensible cuando se trata de prescribir una receta o garabatear un diagnóstico. La cultura docente, por su parte, está obligada a la empatía, a la explicación, a la máxima claridad, a la mejor pedagogía. Sin ellas no hay enseñanza ni aprendizaje.

Recetas

• Si la educación fuera como la salud, podríamos aplicar la misma receta o el mismo procedimiento a los que presentan idénticos síntomas, importando a lo sumo su edad, pero sin importar su lengua, su cultura, su condición social, su conocimiento previo, sus intereses, sus preferencias... La educación, por el contrario, requiere tratos específicos, personalizados. No hay dos alumnos iguales.

• Si la educación fuera como la salud, podríamos inyectar a los docentes en lugar de pasar por el lento y penoso esfuerzo de formación y capacitación permanente que implica su desarrollo profesional. Inyecciones en vez de lecturas, trabajos, pasantías, cursos...

• Si la educación fuera como la salud, podríamos recurrir a pastillas para cada una de las materias: una para geografia, otra para historia, otra para música, otra para filosofía, etc. Tamaños y colores podrían indicar, externamente, la dosis requerida, a fin de ajustarla a las distintas edades y niveles. Monografías y tesis podrían, a su vez, resolverse con jarabes y sueros multivitamínicos concentrados...

• Si la educación fuera como la salud, podríamos emprender periódicamente campañas masivas de vacunación para prevenir, por ejemplo, la repetición o la deserción, la copia y el plagio, el analfabetismo, el miedo a las matemáticas, los nervios antes de los exámenes, las bajas calificaciones, las malas ubicaciones en los ránkings internacionales.

• Si la educacion fuera como la salud, en vez de instituciones educativas tendríamos centros de salud y hospitales. La infraestructura escolar se parece mucho a la infraestructura hospitalaria, pero no hay razón para que esto sea así. Es más, ayudaría mucho que preescolares, escuelas, colegios y universidades se parecieran lo menos posible a los hospitales y que los objetos estuviesen en todos los casos a disposición de los alumnos antes que protegidos como si se tratase de medicamentos peligrosos que es preciso mantener fuera de su alcance.

• Si la educacion fuera como la salud, sería mucho más fácil identificar malas prácticas, desde el diseño de políticas hasta la enseñanza dentro y fuera de las aulas. Si bien malas prácticas educativas abundan en el mundo, afectando la vida y las posibilidades de millones de niños, jóvenes y adultos, rara vez puede verse el impacto de dicha mala práctica pues planificadores y expertos descargan sus falencias en los docentes y todos ellos en los alumnos y sus familias, dejando así a las víctimas no solo con el problema sino además con la culpa. Nadie, en educación, asume las responsabilidades y los costos de las malas prácticas que matan todos los días ilusiones, talentos, vocaciones, autoestimas.

La clave.Desafortunadamente, la educación no es como la salud. No hay vacuna ni inyección ni pastilla ni termómetro ni suero ni pomada que valga. Enseñar es mucho más complicado que recetar y administrar medicamentos. Aprender es un proceso mucho más activo, complicado y prolongado que tomar vitaminas.

Al mismo tiempo, y en buena hora, la buena salud y el buen aprendizaje tienen muchas cosas importantes en común. Para mantenernos sanos y para mantenernos curiosos dependemos mucho más de nosotros mismos que del auxilio externo de especialistas y de instituciones especializadas. La mejor inversión en buena salud es la inversión en buena educación y en buena información pública sobre el tema. Aprender a cuidar la propia salud es la clave de una vida sana, del mismo modo que aprender a aprender es la clave de una vida permanentemente desafiada por el deseo de saber, resolver problemas, cambiar y ser mejores.

(*)Artículo del blog Otraeducación,

publicado con autorización de su autora.

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