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Sábado 03 de Agosto de 2013

Educación y género: una deuda todavía pendiente

Por Por Luciana Burgos / ¿Qué espacios físicos ocupan los varones en los recreos? ¿Cuáles las niñas? Cuestiones para interrogar sobre los estereotipos

Los roles de género son sensibles a la influencia positiva de la educación y es posible su transformación a través de los procesos educativos.

¿Qué espacios físicos ocupan los varones en el patio durante el recreo? ¿Y las niñas? ¿A qué juegan ellos? ¿Y ellas? ¿Cómo es la participación de padres y madres en las reuniones? ¿El tiempo docente dedicado a los niños es el mismo que el dedicado a las niñas? ¿Cómo aparecen representadas las mujeres en los textos escolares? ¿Qué trabajos tienen? ¿Y los hombres?

Utilizar la categoría de género para analizar y trabajar las relaciones en la escuela implica poner nuestra atención en las construcciones socioculturales e históricas de las diferencias entre hombres y mujeres. Muchas de ellas, se reflejan a macroescala en la división del trabajo, las cargas laborales de acuerdo con el sexo, las diferentes posibilidades de acceder al control de los recursos o a influir en la política y en la sociedad. La feminización de la pobreza y del analfabetismo, las diferencias entre los índices de desarrollo económicos de las mujeres y de los hombres, entre otros indicadores, nos muestran que a pesar de la igualdad formal entre los sexos —consolidada en el occidente sobre todo a lo largo del siglo XX— las formas de discriminación específicas de género continúan siendo un elemento estructural importante en la sociedad, la política y la economía mundial.

Instituciones. La escuela, junto con la familia, el barrio, el club, es una de las muchas instituciones de socialización donde se ha contribuido por acción u omisión a transmitir y consolidar roles y estereotipos discriminatorios. La perspectiva de "género" no es exclusiva de la situación de las mujeres y las niñas. Por el contrario, es un problema de desigualdad social, y las erificaciones simbólicas y relacionales que se reproducen acríticamente y sin perspectiva de derechos, afectan tanto a varones como a mujeres. Es el caso de muchos niños que, por ejemplo, son socializados a partir de valores que no incorporan ningún aspecto de la cultura femenina.

Distintos acuerdos internacionales para el sector educativo ratifican la necesidad de un enfoque basado en género. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer prevé por ejemplo, en su artículo 10, un conjunto de medidas para alcanzar la igualdad de oportunidades de niñas y mujeres en el área de la educación. Asimismo, la Conferencia Internacional de Educación en Jomtien (1990) y el Foro Mundial para la Educación en Dakar (2000), que generaron la iniciativa mundial Educación para Todos (Education for All-EFA), reforzaron sus metas en relación con el trabajo para superar la disparidad de género.

A pesar de éstos y otros instrumentos internacionales, a través de los años, nos hemos preguntado muy poco sobre cómo son las relaciones de género al interior del aula, entre el alumnado, entre niños, niñas y maestros, entre madres, padres y docentes. Son escasos los estudios que permiten saber cuáles son los estereotipos que juegan en lo cotidiano del funcionamiento de la escuela, que es ni más ni menos que el ámbito donde niños y niñas van a entablar sus primeros procesos de socialización entre pares, y sus primeras relaciones de poder. Y todavía más escasas son las buenas prácticas que se pueden encontrar sobre análisis diferenciados y modelos de intervención para la superación de las desventajas.

Formación docente. En la formación docente, por otra parte, no se ha reparado en una capacitación con perspectiva de género, lo que afecta la posibilidad de trabajar de manera transversal. Aquellas personas que por fin se animen a planificar actividades pedagógicas comprometidas con un enfoque de equidad de género y no discriminación tienen que asumir un compromiso y hacer un gran esfuerzo en tener encendida su luz de alerta cada día, porque no se trata de hacer un estudio anual y luego seguir manteniendo los mismos tipos de relaciones institucionales. La perspectiva de género en cada ámbito donde se incluya debe atravesar todas las prácticas de la institución; las clases de todas las asignaturas, las reuniones de padres, los recreos, los actos escolares. Puede sonar tan complicado como poner una pica en Flandes. Sin embargo el secreto es empezar por algún lugar y no desconectar nunca el detector de desigualdades de género a fin de superar las prácticas de marginación y contribuir a la creación de una sociedad justa y con iguales derechos para todas las personas.

Si bien en las últimas décadas los textos pedagógicos han ido cambiando a partir de la lucha por la consolidación de la democracia y a tono con una situación internacional comprometida con los derechos humanos, todavía persisten fuertes estereotipos sexistas en la bibliografía escolar.

El grueso de ellos, dejó de decir tan explícitamente "mamá en el hogar, papá en el trabajo" o "mamá amasa la masa" y "papá fuma pipa" para adaptarse a formas más imperceptibles aunque no menos efectivas de discriminación: representaciones donde las niñas y las mujeres tienen una actitud pasiva ante la vida en contraposición a los niños y los hombres a quienes se los representa en situaciones activas y relacionadas a las tareas intelectuales o de fuerza. En los ejercicios de matemáticas, por ejemplo, todavía muchos problemas refieren a actividades en que la jerarquía de los roles está sumamente determinada, las mujeres están asociadas a labores domésticas y los hombres a las productivas. De la misma manera, muchos de los manuales escolares de ciencia, biología y tecnología están ilustrados con un porcentaje más numeroso de niños/hombres que de niñas/mujeres y la literatura concede muy poco espacio a las autoras.

(*) Burgos tienen una diplomatura en género y comunicación del Instituto Internacional de Periodismo José Martí de La Habana, Cuba. El artículo fue difundido en el portal educativo Nueva Cátedra que dirige la periodista Mónica Beltrán.

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