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Sábado 30 de Septiembre de 2017

Tomas y conflicto en la escuela

Las tomas de escuelas en la ciudad de Buenos Aires han abierto un debate mediático intenso y muy controvertido.

Las tomas de escuelas en la ciudad de Buenos Aires han abierto un debate mediático intenso y muy controvertido. Mi intención no es repasar las características de la reforma propuesta por el gobierno o analizar las reacciones que ésta ha generado en parte del estudiantado, sino ponderar el rol que tiene la escuela como institución que educa para la libertad y el ejercicio de la ciudadanía. En ese sentido, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Cuáles son los mecanismos que tiene la escuela democrática para resolver sus conflictos?

   La primera cuestión a señalar es que ningún conflicto puede diluir la responsabilidad de los adultos. Cuando el gobierno pone como condición para dialogar que los estudiantes desistan de las tomas, no hace otra cosa que confirmar el poder que tienen colocándolos en igualdad de condiciones que cualquier otro actor político adulto. Es decir, promueve un escenario de negociación entre iguales y ésta no debiera ser una opción.

   El reconocimiento de la asimetría natural entre adultos y adolescentes debe ser sostenida en beneficio de ellos. No se trata de una asimetría caprichosa y autoritaria, sino fundada en diferencias en cuanto a la experiencia, trayectoria, conocimientos, responsabilidades. No somos todos iguales, y tratar a los adolescentes como adultos no hace más que perjudicarlos. Es no reconocer que están en un proceso de formación y que es nuestra responsabilidad asumir un rol activo en ese proceso.

   Con esto no niego la importancia de los mecanismos de participación, en los cuales se los escucha y se toman en consideración sus miradas, pero sin dudas, estas instancias deben tener un carácter formativo, estar pautadas y guiadas por adultos. Tampoco con esto se busca desalentar el interés en la política, sino por el contrario, hay que promover estos intereses, pero respetando y haciendo respetar las reglas de juego de la democracia. Y una de esas reglas, una de las más importantes, es que la libertad en democracia no se ejerce de forma absoluta, sin límites. Muy por el contrario, se trata de una libertad reglada, se trata de construir y sostener un orden que haga posible la convivencia pacífica y respetuosa de los derechos de todos.

   La segunda cuestión tiene que ver con la autoridad escolar. La asimetría entre docentes y alumnos, padres e hijos, que en otra época era natural y bien vista, hoy goza de mala reputación al punto de desdibujarse y en muchos casos desaparecer. Todo parece ser relativo y negociable. Si hablamos de orden, jerarquías, disciplina, límites, respeto a la autoridad, nos cuesta no asociarlo a un régimen anticuado y conservador, que poco tiene que ver con una educación para la libertad y la democracia. Sin embargo, la existencia de reglas de juego claras, de un orden escolar que debe ser respetado y sostenido por todos, con roles, obligaciones y derechos definidos, son el marco adecuado para garantizar el derecho a la educación a nuestros jóvenes. Y esto es así porque se los reconoce como sujetos en proceso de formación y se les exige en consecuencia. Tratarlos como iguales nos corre del lugar de responsabilidad que nos corresponde y de alguna manera los vamos dejando solos, sin ese respaldo, sin esa guía. Nos volvemos injustos y paulatinamente vamos poniendo sobre sus hombros la responsabilidad exclusiva de sus errores y sus fracasos, cuando solo hacen lo que pueden mientras nosotros debatimos internamente entre ser o no ser adultos.

   La tercera cuestión tiene que ver con el rol de la escuela como institución educadora. La escuela debe y puede formarnos para muchas cosas, pero no puede olvidar una de sus funciones más importantes, que es educarnos para la convivencia democrática.

   La escuela es ese lugar por excelencia que debe preparar para el ejercicio de la ciudadanía comprometida y responsable, incentivando la participación, el pensamiento crítico, promoviendo los valores de igualdad, paz, solidaridad, justicia, diversidad y bien común. En pocas palabras, la escuela debe enseñar a vivir en democracia. Seguramente no de la misma manera en que se enseña matemáticas, porque los valores no pueden ser internalizados más que a través de una práctica consciente y reflexiva. Y esto será posible cuando se generen las condiciones para que la escuela se transforme en una institución esencialmente democrática, en sus prácticas, en su funcionamiento, en sus formas de organización y comunicación.

   Las escuelas hoy abordan y resuelven sus conflictos como pueden, no como quisieran. Y esta frustración que percibo en cada escuela que visito comenzará a disiparse cuando aparezca la decisión política de creer en serio en el poder transformador de la escuela, cuando recupere su centralidad, se la acompañe con los recursos necesarios y se le permita tener un mayor margen de maniobra para intervenir en sus propios conflictos para tomar decisiones sobre su vida institucional y deje de una vez por todas de ser una mera terminal burocrática de los ministerios de educación.

   Hoy los docentes y directivos están solos para resolver los innumerables conflictos que emergen en el ámbito escolar, sin herramientas y sin capacidad para tomar decisiones que les permitan consolidar roles, responsabilidades, derechos y obligaciones dentro de la escuela. Hacer efectivo el derecho a la educación también depende de construir estas condiciones.

   Si realmente queremos escuelas con una mejor convivencia y con mejores posibilidades de éxito para sus estudiantes tenemos que empezar a involucrar en el diseño e implementación de las políticas públicas a todos aquellos que ponen su cuerpo y su mente al servicio de esta noble tarea, que no es ni más ni menos que la de formar personas. Y más aún, es necesario conformar ámbitos de gobierno de la educación integrando a padres, docentes y alumnos, como modalidad de comunicación y de generación de expectativas comunes capaces de movilizar a los involucrados y desarrollar una subjetividad preparada para los desafíos de cambio, en lugar de resistencia ante toda reforma.

   En Santa Fe estamos dando los primeros pasos hacia esta transformación. Las distintas instancias de debate en torno a la construcción de una ley de educación provincial nos han permitido hacer foco en estos problemas y empezar a hacer el ejercicio de repensar la escuela. No es casualidad que los cinco proyectos de ley presentados contemplen la creación de Consejos Escolares como una propuesta que pretende motorizar la participación, el diálogo y el consenso al interior de las instituciones educativas. Como tampoco es menor que cinco diputados de diferentes partidos políticos hayamos trabajado juntos y logrado consensuar una propuesta unificada en la que uno de los ejes estructurantes sea precisamente crear los mecanismos para hacer posible una cultura escolar democrática. Esto, sin dudas, es resultado de que los santafesinos empezamos a entender que la educación anticipa el futuro y que si queremos que nuestros hijos vivan en una sociedad más justa, solidaria y pacífica, el momento de actuar es hoy.

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