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Domingo 07 de Mayo de 2017

Sueño

Se cierran los ojos, los brazos y las piernas pesan toneladas, la mente divaga los reflejos son lentísimos y una sola idea persiste: dormir.

Se cierran los ojos, los brazos y las piernas pesan toneladas, la mente divaga los reflejos son lentísimos y una sola idea persiste: dormir. No se puede, hay que seguir haciendo cosas que, quizás, por la mañana no se recordarán. Es lo que le pasa a los médicos y enfermeros de las guardias de los hospitales, a los bomberos, a los soldados de los cuarteles, a los obreros de las fábricas de proceso continuo, a las madres recientes, a los panaderos noveles, a los serenos, a los empleados de las estaciones de servicio. Al final, en los momentos de quietud y silencio, todo se reduce a mantener los párpados levantados, a pararse de golpe, patear el suelo y a moverse para espantar el dolor en el centro del pecho que crece con el cansancio.

Y las manecillas de los relojes parecen haber sido atacadas por un extraño virus que las hace girar cien veces más despacio. Hasta navegar por la web con el celular causa hastío. Se sueña con el sueño, se lo acaricia, hasta que la última cosa imaginada se congela, y los ruidos habituales, conocidos, se reducen a un murmullo que termina por desaparecer; una sensacion placentera, asordinada, invade el cuerpo. La mínima variación del ambiente, un ruido imperceptible dispara el alerta y un respingo sigue al despertar sobresaltado.

Con el paso de las horas la mente vuela a lo que habrá que hacer después de la vigilia. Trámites en el banco, pasar por el supermercado, pagar impuestos, vivir la vida de la gente común que a la noche de acuesta, lee un libro o mira TV y después cierra los ojos y duerme, hasta que el despertador le marca que tiene que levantarse, desayunar, llevar los chicos a la escuela y dirigirse al trabajo. Justo para la hora en que los otros, los de la noche, empiezan a acariciar la almohada.

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