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Domingo 08 de Octubre de 2017

Quiero un corralito

Oiga diga, no me regala un corralito para llegar a fin de mes. El tipo sonreía. En verdad era una frase original que en parte remitía a un viejísimo programa cómico de radio.

Oiga diga, no me regala un corralito para llegar a fin de mes. El tipo sonreía. En verdad era una frase original que en parte remitía a un viejísimo programa cómico de radio. Estábamos a punto de cruzar. El semáforo ya estaba en amarillo. Lo observé detenidamente mientras nos mezclamos con la gente que corría, no vaya a ser que tuvieran que esperar una nueva luz verde. Como si el tiempo se les diluyera como arena entre los dedos nerviosos y temieran toparse con la flaca de negro y capucha en punta que alguna vez les regalará un pasaje no deseado de ida a ninguna parte. El veterano barbudo tomaba con elegancia el cigarrillo con filtro entre los dedos. Su traje, algo arrugado, era por lo menos un talle más grande, pero no le sentaba mal. Nos miramos y me contó que lo llamaban por un fino sobrenombre: Crotex. Soy el dueño de la cuadra. Abro y cierro puertas de los autos. Le consigo un taxi a las viejitas. Hago algunos mandados. Boludeces. Pero siempre todo limpito. Ahora me cuida el puesto un pibe que aprende rápido y será mi heredero, mi sucesor, dijo con orgullo exagerado. Los dos parados ahí, en la esquina, sin preocupaciones aparentes, me hizo pensar en los pequeños recreos de la vida. Soy Seba, jubilado y animal de tierra que no para de caminar hasta encontrar un bar, me presenté. Y señalando una mesita a un lado de la peatonal le hice gesto de sentarnos. Invito a un café, dije. Y él aceptó de buen grado con gesto repetido de su cabeza. Cómo es eso del corralito, quise saber. Usted que es un inspector de veredas se habrá dado cuenta que pululan por toda la ciudad amargándole la existencia a medio mundo. Y permanecen tanto tiempo que cuando los retiran para tapar a desgano el bache hasta ahora enmarcado uno siente como que le falta algo. Como si alguien hubiera pintado un cuadro dejando marginado del paisaje a ese imprescindible artefacto urbano. Los marginados somos nosotros, contesté. Y si no dígame quién sabe cuántos hay, cuánto se paga por cada uno por día y quién será el dichoso dueño. Seguro algún ex creativo de la Antigua Casa Gesell, exclusivamente dedicada a todo para los bebés. Qué preguntas las suyas amigo. Para qué meterse. Mientras más se sabe, más problema. Al cuete nomás. Yo me conformaría con tener uno. Uno solito y pasearlo por ahí. Qué buen curro sería. ¿No le parece?

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