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Miércoles 11 de Octubre de 2017

¿Para qué ser candidato o funcionario?

En poco tiempo el color del pelo se les torna gris. Pasan muchas horas dedicados a la política y les restan tiempo a sus familias.

En poco tiempo el color del pelo se les torna gris. Pasan muchas horas dedicados a la política y les restan tiempo a sus familias. Están expuestos públicamente y su vida privada es a veces difícil preservar. Son pasibles de las críticas más ácidas y también de difamaciones orquestadas por maniobras políticas. Si tienen buena formación profesional en la actividad privada tendrían mejores ingresos. ¿Con esta incompleta enumeración de sólo algunas desventajas que conlleva la función pública en los poderes legislativos o ejecutivos de los distintos niveles, cómo se explica la avidez de tantos ciudadanos por alcanzar un cargo?

No es un fenómeno exclusivamente argentino sino que se lo observa en todo el mundo, desde las teocracias y las monarquías cuasifeudales todavía existentes hasta en naciones con sólidos sistemas democráticos. El fenómeno parece trascender la forma de gobierno o el grado de desarrollo socioeconómico de un país sino que se vincula más al interior del ser humano y a sus apetencias de trascender, de poder, de reconocimiento social o también de usurpación de la cosa pública en beneficio familiar o sectorial.

Las monarquías absolutistas europeas occidentales se basaban en la creencia de que los reyes recibían el poder de Dios para ejercerlo en la Tierra. Los zares de Rusia, como la dinastía de los Romanov que gobernó el imperio ruso más de trescientos años, era el linaje natural para el dominio de sus súbditos empobrecidos. No había dudas de a quién correspondía y para qué ejercer la función de liderazgo.
Hoy, en tiempos posmodernos de la globalización, las cosas han cambiado radicalmente en las democracias occidentales, pero en vastas zonas del planeta todavía existen regímenes retrógrados y anacrónicos donde se discute, increíblemente, si es correcto que las mujeres conduzcan automóviles.
No es lo que ocurre afortunadamente en estas latitudes donde la democracia, con errores y aciertos, está consolidada y arraigada aún en quienes sustentan posiciones políticas irreconciliables. Pero el problema de la democracia argentina sigue siendo, sin dudas, la conducción política, es decir, la incapacidad de la sociedad de encontrar líderes que puedan generar una transformación que detenga el deterioro de todas las variables educativas y socioeconómicas.

Los dirigentes actuales son los que competirán en pocos días en una importante elección legislativa. ¿Cuál es la motivación para que un candidato desee con fervor llegar a un cargo electivo? Fervor que en muchos casos es tan evidente que produce reacomodamientos partidarios, cambios de orientación política y hasta la creación de nuevas agrupaciones con el sólo objetivo de posicionarse mejor ante el electorado. La sinceridad con la que el ex presidente y hoy senador nacional Carlos Menem reconoció: "Si decía lo que iba a hacer nadie me votaba", quedó para los manuales de estudio. Fue un candidato del peronismo que aplicó luego de ser electo presidente políticas que su propio partido cuestionó históricamente. Es decir, mintió con descaro con un fin electoral exclusivamente. No fue el único. ¿Hoy sucede lo mismo con los candidatos que se postulan? ¿Por qué lo hacen?

En primer lugar la explicación del imán que para muchas personas significa tener un lugar en la función pública está vinculada probablemente a la vocación de servicio a la población y a la construcción de una sociedad mejor en base a la aplicación de políticas determinadas.

En segundo lugar, podría explicarse desde un punto de vista emocional, interno, ligado a la necesidad de poder, narcisismo y reconocimiento público.

En tercer lugar, por el afán de usurpar la función pública para beneficio material propio, de su sector, de sus parientes y amigos.

En la Argentina ha habido siempre una conjunción de las tres variables –con contadas excepciones– que podría revelar, en parte, la posición en que se encuentra hoy el país, que pasó de ubicarse entre las primeras diez naciones de mayor PBI mundial a principios del siglo XX pero que cien años después tiene un tercio de la población en la pobreza. No hay otra explicación para esa decadencia que la mirada interior, la autocrítica y la pregunta de quiénes han sido los conductores de semejante despropósito, teniendo muy en cuenta que durante 53 años del siglo pasado la Argentina fue gobernada, con intermitencias pero siempre como factor de poder, por gobiernos militares que deshonraron al Ejército Libertador de San Martín.

A veces es difícil interpretar por qué muchos políticos se aferran a su función durante años y obstruyen de esa manera la natural renovación de los cuadros partidarios. ¿Qué variables de algunas de las aquí someramente enumeradas, y tantas otras, prevalecen para explicar el fenómeno de llegar al poder y después, en algunos casos, mantenerse todo el tiempo que sea posible? Cada lector tendrá sus propias respuestas.

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