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Martes 14 de Marzo de 2017

Panqueques

Esta vez no, no se habla de esos tipos que se dan vuelta en el aire y que a lo largo de décadas, merced a la vitrificación de la dirigencia argentina, que aun militando dentro de un mismo partido pasaron de ortodoxos a revolucionarios para saltar a Chicago boys, anidando después en un progresismo tambaleante.

Esta vez no, no se habla de esos tipos que se dan vuelta en el aire y que a lo largo de décadas, merced a la vitrificación de la dirigencia argentina, que aun militando dentro de un mismo partido pasaron de ortodoxos a revolucionarios para saltar a Chicago boys, anidando después en un progresismo tambaleante. No, hace rato que aburren. Esta vez se trata de los panqueques de verdad, esos de harina, azúcar, huevo y soda batidos en un bol y hechos en una sartencita untada con manteca en el marco de un ritual que junta a los padres que la van de aprendices de chef rodeados de chicos que se soplan los dedos para no quemarse mientras forman una pilita que espera el dulce de leche.

Cocinar panqueques con los chicos es el mejor remedio cuando se quemaron los entretenimientos de salón (los jueguitos de la tablet, en realidad), los dibujos en hojas ya usadas en la oficina, durante un día de otoño lluvioso o de crudo invierno.

Volcar la pasta acuosa en el sartén, moverlo en forma circular y esperar que después de unos segundos salgan algunos globitos para despegar la lámina que se va dorando con la punta de un cuchillo sin punta es seguido como el alumbramiento de una invención genial por ojos grandes que anticipan el gusto de la masa con el dulce en la lengua y el paladar y el pegoteo de los dedos.

Un momento mágico, feliz que se llena de varios mmmm manifestados en distintos tonos seguidos de los "dame otro".

Y apenas después, con cualquier chuchería, vasitos de plástico, pajitas, banditas, tapas de gaseosas, se arman juegos que llevan a interminables competencias.

Se sabe, panza llena corazón contento.

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