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Domingo 02 de Julio de 2017

Los primeros pasos de un gran irreverente que se convirtió en maestro de estilo

Los cuentos iniciales de Truman Capote no están a la altura del prodigio que vendría. Sin embargo, lejos de defraudar, se erigen como un certero aviso de su talento narrativo

Lo que primero impacta no es el libro en sí, sino la notoria faja celeste con letras blancas que lo cruza. La palabra que está escrita en ella despeja toda posible duda: "Inédito", reza en cuerpo catástrofe. El adjetivo resulta doblemente llamativo si se piensa que el nombre del autor es nada menos que Truman Capote.

El creador de A sangre fría se ha convertido, para muchos, en un emblema del más refinado estilismo literario. Por esa razón, la aparición de relatos suyos que habían permanecido sepultados despertó inusual expectativa, más allá de que por haber sido escritos casi en la salida de la adolescencia las reservas resultaban comprensibles.

Sin embargo, los textos sorprenden agradablemente. Pese a tratarse de ensayos iniciales del futuro maestro, queda claro que Capote dispuso desde muy joven del arsenal suficiente para enfrentarse con éxito a ese género que, si bien paradójicamente anticomercial, apasiona a los lectores cultos de narrativa: el cuento.

Los relatos que integran este libro quedaron en el olvido durante casi ocho décadas, hasta que en 2014 fueron descubiertos en la Biblioteca Pública de Nueva York por el editor suizo Peter Maag y su esposa. Ahora, previo paso por las manos traductorales de Alan Pauls, el lector en castellano puede tener acceso a ellos.

Y si bien resulta obvio que aquí no aparecerá nada ni remotamente parecido a los textos que integran el inolvidable Música para camaleones, sí en cambio puede asegurarse que nadie saldrá corriendo espantado en busca de refugio. El melindroso Truman, autoexigente hasta el extremo del delirio, tal vez no hubiera soportado la divulgación pública de estas historias sin duda imperfectas, pero que sin embargo permiten adivinar —detrás de un vidrio oscuro— al miglior fabbro que se avecina.

Ya desde el arranque, con El pantano del terror, Truman el terrible muestra sus afiladas garras. La historia de dos chicos que se internan en un lóbrego paisaje del sur estadounidense con la única compañía de un perro termina previsiblemente mal, pero da pruebas precisas de que al jovenzuelo del autor no se lo podía tildar de naif ni de blando.

A partir de allí, el tono oscila entre un lirismo desencajado y una filosa percepción de la realidad, mucho más madura de lo que la edad de Capote hubiera permitido deducir en su pluma. Particularmente interesante resulta su certera aproximación a los personajes femeninos, una cualidad que no habría de abandonarlo a lo largo de su relampagueante y trágica carrera.

El punto más alto del libro acaso sea un perturbador relato llamado De parte de Jamie, en el cual un perro es el eslabón que une a dos niños —uno en plena salud, pero solitario y melancólico; el otro, irremisiblemente enfermo— gracias a la ternura de una madre sufriente.

Entre sonrisa y sonrisa —y acaso algún involuntario ataque de nostalgia por la época en que TC vivía y coleaba— el lector cerrará el libro con el sabor agridulce de un disfrute que acaso carezca de permanencia (el perfume de estos relatos se evaporará pronto), aunque con el placer de haber recorrido sin permiso del autor la insospechada prehistoria de quien escribió algunas de las páginas más memorables en lengua inglesa de todo el siglo veinte.

Una fábrica argentina de fama que se volvió modelo

Prensa, política y cultura visual. El Mosquito, de Claudia Román. Ampersand, 307 p.áginas, $390.

A lo largo del siglo XIX, el río de la Plata vio surgir una enorme variedad de publicaciones periódicas, entre las que se destaca El Mosquito. Este periódico satírico, que se describía a sí mismo como "fábrica argentina de fama, datos para la historia y conservas para la posteridad", no sólo brindó un modelo para publicaciones posteriores, sino que sus imágenes son el único testimonio visual de las representaciones de una época que se nos ofrece, en esos signos, tan familiar como remota.

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