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Viernes 12 de Mayo de 2017

Lluvia de otoño

No hay alegrías en las lluvias de otoño. Todo está teñido de un gris que empalidece los colores, los oculta bajo una cortina de gotas finitas, persistentes por semanas, donde el sol logra con su ausencia que lo extrañen, y tanto más por estos días que sus rayos acarician la piel sin la prepotente, agobiante potencia del verano.

Llueve y el dolor de los huesos se traslada al alma, que recuerda con fuerza las tristezas más recónditas.

Los árboles desnudos se asocian a las calles mezquinas en aleros y no hay dónde guarecerse. La gente camina cabizbaja, consciente más que nunca de su destino pedestre, esquivando charcos y baldosas flojas por donde discurren hilitos de agua negra y aceitosa que la lluvia no alcanza a limpiar, pintando de un mismo color todas las veredas.

El silencio aparece como protagonista, todo el mundo se encierra.

Llueve y los nervios se tensan al volante. El agua no deja frenar rápido, paraguas y capuchas cercenan la visión de la gente que aparece de golpe al borde de un cordón, o con un pie en la calle, y las motos se transforman en juguetes de una lotería peligrosa cuyo desenlace es un patinazo y un golpe contra el suelo.

Llueve y no hay pájaros en las plazas, ni chicos sentados en el pasto, ni gente en los bancos viendo pasar morosamente la vida. Todo se acelera, se comprime, se simplifica y se oscurece, por más que las luces de las calles están encendidas.

Llueve y el tedio se mantiene agazapado hasta que las urgencias cotidianas desaparecen. Sólo la noche, más triste aún, trae un consuelo, el de una cama que, al menos por unas horas, será escenario de sueños reconfortantes.

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