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Sábado 21 de Enero de 2017

Las manías en el laburo

Acordarse del trabajo en plenas vacaciones es ridículo, pero es quizás una de las pocas oportunidades que la distancia permite una mirada amplia sobre el cosmos en el que la mayoría de las personas pasa la mitad de su vida.

Acordarse del trabajo en plenas vacaciones es ridículo, pero es quizás una de las pocas oportunidades que la distancia permite una mirada amplia sobre el cosmos en el que la mayoría de las personas pasa la mitad de su vida. Y en esas lides aparecerán las postales que por cercanas, habituales, repetitivas hasta el cansancio, pasan desapercibidas.

Quizás hasta se tome conciencia con sorpresa de que hay alguien a un metro que necesita sentarse en una misma silla siempre, y que cuando alguien se la quita un ratito la busca con obsesión como un ternero a la vaca. También está el que desprecia agendas y anotadores y escribe en papelitos sueltos que después guarda en los bolsillos, solo para olvidarse donde los puso y exasperar al que le preguntó algo y él necesita confirmarlo con la fórmula de siempre: esperá que lo tengo anotado en algún lugar, ya te digo, estaba por aquí, y así hasta que el otro quiebra la birome de la bronca.

No falta el que no hilvana una idea antes de prepararse un mate cocido, o un té. Se ve en oficinas, laboratorios y talleres mecánicos; llegan veinte minutos antes para poder tener ese momento mágico, que inclusive comparte.

También está el que primero responde con un tic cuando es inquirido sobre algo. Se rasca la cabeza, mira a un costado y balbucea un eeeehh, acomoda algo en el escritorio y recién después suelta el tomo entero de la Odisea.

Son manías inocentes, no hacen daño; son rarezas, costumbres inconscientes que sirven como los pasamanos de un colectivo, un bastón, un punto de apoyo para tantos en un mundo líquido que cambia con rapidez.

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