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Lunes 06 de Febrero de 2017

La rama de olivo

Se sabe, hay amores y odios que se sostienen vaya a saberse por cuáles resortes que despiertan y agitan al alma. Los amores están bien, reviven, dulcifican, dan esperanza, alegría, son como el café, las tostadas y la manteca al despertarse. Los odios no.

La bronca se alimenta de fantasmas, sola, en un silencio oscuro donde la razón no entra. Alimentada por el combustible inacabable del ego y la mezquindad crece en forma desproporcionada a la causa que la generó y, por fin, se instala en el corazón de manera excluyente, ¿por qué?, porque se tiene razón, porque eso no debería haber sido planteado así, porque qué se cree, porque... Y desde allí vuelve una y otra vez disparada por el fragmento de una conversación escuchada al pasar, una mirada esquiva, alguna otra señal equívoca que certifica las presunciones.

Nada y todo, el nuevo inquilino de la mente no se toma vacaciones ni respiros. Está a la vuelta de la esquina en cada esquina.

Hasta que la necesidad de un respiro al pecho oprimido por la angustia recibe un alivio: un pedido de perdón. Casi nunca es frontal, no llega en forma de desagravio, y mejor, porque si no se tomaría como otra cargada, como la reafirmación de que ése cree que son un pobre tipo. Se dijo, la sinrazón campea.

No, el alivio llega en forma de un saludo, de un gesto amable, de un reconocimiento, de un che, mengano habló muy bien de vos. Es una rama de olivo tendida.

Pero la rama de olivo requiere a dos partes que apelen a la inteligencia: la que la ofrece y la que la recibe.

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