La lupa
Miércoles 08 de Febrero de 2017

La mesa de al lado

Vienen charlando y casi sin mirar eligen una mesa de un bar y se sientan con ademanes mecánicos. Lo excluyente es la conversación. También en forma automática piden un café y un cortado. La cuestión los envuelve y la mesa se convierte en una república autónoma, aislada de cualquier injerencia ajena.

Los de las mesas contiguas están en idénticos trances, salvo una con un único pocillo, que es levantado morosamente a intervalos irregulares por alguien a quien le llegan retazos incoherentes, superpuestos de las demás conversaciones.

El destinatario de esa torre de Babel parlante piensa que hay una especie de descuido en tales costumbres. Rosario, en ciertos círculos, es un pueblo chico y alguien podría estar hablando sin cuidado de otro que, terminada la enorme cadena de parentescos, colegios y universidades comunes, podría ser conocido de ese solitario bebedor de café.

Hubo un tiempo, a finales de los 70 y principios de los 80, en que la gente no tenía permitida esa falta de discreción. Los ojos y oídos, principalmente éstos, eran un arma formidable para recabar información, más en una época en que no existían los aparatos para espiar a distancia, para escuchar a través de las paredes, para adivinar pensamientos al fin, que era de lo que se trataba.

Lo más común, entonces, era que si dos o más personas se sentaban en un café a charlar, según el aspecto que tenían, a los pocos minutos alguien se sentaba dándoles la espalda, y menos tardaba en despegar el infaltable diario. La escena se repetía en casi todos los bares más importantes del centro y de algunos barrios.

Esos eran lectores muy concienzudos, a veces tardaban más de dos horas en dar vuelta una página.

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