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Viernes 24 de Marzo de 2017

La memoria de un día especial

El 24 de marzo de 1976 fue miércoles. Viajaba en el asiento trasero de un automóvil por avenida Belgrano hacia el Colegio Nacional Nº 2, ubicado en Entre Ríos entre Salta y Wheelwright, que obviamente estaba cerrado.

El 24 de marzo de 1976 fue miércoles. Viajaba en el asiento trasero de un automóvil por avenida Belgrano hacia el Colegio Nacional Nº 2, ubicado en Entre Ríos entre Salta y Wheelwright, que obviamente estaba cerrado. Hacía pocos días habían comenzado las clases en una Argentina tumultuosa desde hacía tiempo, donde el golpe militar se venía anunciando. La zona del bajo de la ciudad estaba cubierta por tanques y efectivos militares por todas partes. Se distinguían bien los conscriptos de los oficiales, que comandaban los piquetes que revisaban los vehículos. Nadie, ni el más pesimista, podría haber imaginado en esas primeras horas del Proceso de Reorganización Nacional, como se autodenominó, el espanto que se aproximaba.

A los pocos días comenzaron las primeras señales en el ámbito escolar: prohibición de cabezas con pelos largos, nada de reuniones de más de dos personas y menos cualquier atisbo de actividad de los centros estudiantiles, que serían eliminados, como a muchos adolescentes que los integraban. Las calles comenzaron a estar desiertas por las noches, la Peatonal Córdoba era peligroso atravesarla y comenzaron a escucharse los primeros rumores de algo inédito: grupos armados de militares o policías irrumpían con violencia en casas particulares y se llevaban a sus moradores, de los que nunca se sabía nada más. Era tan perturbadora e increíble esa información que los mecanismos de negación de la sociedad afloraron inmediatamente para descreer de algo que sólo se daba como verdadero entre los familiares de las víctimas. No había Internet, no había computadoras, no existían los teléfonos celulares, no había televisión por cable y la prensa estaba absolutamente amordazada. Debieron pasar muchos años, incluso con registros de organismos internacionales y relatos en medios de comunicación de la prensa del extranjero, para que en la Argentina se pudiera tener conocimiento de la magnitud de la barbarie.

Los militares se presentaron como un movimiento restaurador de la moral y el orden perdidos, pero terminaron exterminando argentinos en campos de concentración o tirándolos vivos desde aviones al mar. Secuestraron opositores o cualquier sospechoso de serlo por figurar en una libreta telefónica, para luego saquear sus viviendas. Robaron bebés y les cambiaron su identidad con complicidades, una situación aún hoy no resuelta. El Estado se convirtió en terrorista bajo la excusa de combatir a grupos guerrilleros que debían haber sido enfrentados y juzgados con las leyes vigentes y no en la clandestinidad represiva estatal. Fue una locura espeluznante que impidió que la mayoría de la sociedad civil (aunque muchas instituciones apoyaron al régimen) reaccionara porque el terror fue paralizante y la falta de tecnología funcional a sus mentores, que increíblemente imaginaron que nada de las barbaridades que estaban cometiendo saldrían alguna vez a la luz.

La magnitud de lo ocurrido en el país entre 1976 y 1983 tiene pocas semejanzas en el mundo. Tal vez los doce años de la Alemania nazi, separados sólo por 31 años entre la caída de ese régimen europeo y el comienzo del gobierno militar en la Argentina, tengan puntos de contacto. Esa sensación de miedo, horror y la lucha por sobrevivir, que pocas décadas después llegaría a estas latitudes, quedó reflejada en Alemania en una obra monumental del escritor germano Hans Fallada, "Solos en Berlín", donde recrea un caso real de resistencia al nazismo. Basado en archivos de la Gestapo, a los que tuvo acceso en 1947, relató la historia del matrimonio de Otto y Elise Hampel, quienes entre 1940 y 1943 distribuyeron simples postales, escritas a mano, de oposición al nazismo en lugares de gran concentración de público, como comercios, plazas o teatros. Pertenecían a la clase trabajadora, principal objetivo represivo también en la Argentina de la década del 70, y emprendieron una forma peculiar, individual y hasta ingenua de resistencia a través de lo que denominaban "la prensa libre", por el contenido de sus mensajes. Fueron descubiertos después de no poco trabajo de la policía y decapitados en la siniestra prisión de Plötzensee por "socavar la moral militar" y "alta traición", frases que años después sonarían en este país, donde la dictadura también emprendió una guerra en Malvinas.

Hoy, 41 años después del golpe militar en la Argentina, todavía se discuten las cifras de la tragedia, como si un número mayor o menor de víctimas cambiara el significado de lo que ocurrió. Además, el gobierno debió ceder a la presión pública para que el feriado de conmemoración no sea trasladable. Sin embargo,la "fiesta popular" del fútbol no pudo ser detenida y hoy se juegan partidos en distintos lugares del país como si se hubiera perdido la memoria por este día tan especial. Parece que hemos aprendido poco de la historia.

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