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Domingo 24 de Mayo de 2015

La llave rota

La historia de lo que luego sería un club comenzó a mediados de septiembre de 1889, cuando integrantes de la colectividad helvética del cantón Tisino decidieron formar una institución de tiro

La historia que voy a contar no me pertenece. Es de Rashid Al Samir. William Faulkner decía que un narrador debe ser impiadoso. Creo que se refería a esa potestad usurpada de contar la vida de los otros. ¿Cuál es el límite? Supongo que está marcado por cierta intimidad sobre el dolor y la muerte, sobre nuestros cuerpos también, o al menos el pudor que nos gobierna cuando se trata de eso. Límites a los que todos los mortales tenemos derecho, y que por momentos, inevitablemente, voy a transgredir.
Conocí a Rashid hace algunos años, y no hablé con él más de una noche. Estaba fumando en uno de los bancos que están frente al CEC, mirando el río que después supe, lo hipnotizaba. Me acerqué para pedirle fuego y me hizo esta propuesta: fuma conmigo este cigarrillo, y si nos quedamos con ganas, fumamos el tuyo. Sonreí y acepté. Nació hace 60 años en Argelia, en el mítico barrio La Casbah. Su padre y sus tíos murieron en la represión sangrienta de 1961. París no es sólo mayo y la Bastilla. Los encontraron ahorcados en los bosques que lindaban con la urbe; a otros ahogados en el Sena. Su padre fue torturado en el Palacio de Deportes, antes de ser ejecutado. Era tendero y de él aprendió el oficio. A los 20 años fue a la capital francesa, en busca de las huellas paternas, y de su propio destino. Su madre quedó sola en Argel; murió meses después. Rashid vio crecer los barrios africanos al sur de La Chapelle, y sufrió el rigor irracional de la policía y de los parisinos, los mismos que habían sentenciado a muerte a su padre. Fue expulsado a palazos de la mezquita, su mercadería tirada al río, junto a Notre Dame. A veces imaginaba la vida como si estuviera nadando allí mismo, en pleno febrero, contra una enorme corriente que lo detenía siempre en el mismo lugar. Nunca son las mismas las aguas de un río, pero nosotros sí.
Trabajando de botones en un hotel de Montmartre, conoció a Sharon. Era directiva de una empresa canadiense, y estaba en Francia por trabajo. Nunca supo qué le pasaba a esa mujer, pero se había convencido de que una fuerza de ese momento y de ese mundo los juntaba a pesar de todo. Dejó el hotel para viajar con ella por la campiña; fueron buenos tiempos. Cruzaron los Alpes y llegaron a Barcelona. Allí, frente al Tibidabo, ella le pidió que la acompañara a su hogar, una casa de madera en una ladera frente al Hurón, y él aceptó. Antes de cruzar el océano para siempre, decidieron una luna de miel en Tailandia. Por primera vez le sirvieron la comida, quizá alguien de su propia patria.
La mañana del 26 de diciembre, Sharon lo dejó durmiendo para ir al gimnasio del apart. Cerró la puerta dormida y quedó la mitad de la llave en la cerradura. Rashid tuvo que descender por cuatro balcones, hasta el patio. Se rieron de eso en el desayuno, y ella le dio la mitad de la llave, como recuerdo. Cuando lo hacía, él vio detrás de ella la pared de agua avanzando sobre todo, arrastrando árboles, sillas y personas, al menos lo que pudo distinguir. Despertó en un lazareto, rodeado de heridos, cadáveres y brigadistas. Sharon apareció un mes después, a once kilómetros de donde la había visto por última vez, abrazada al cuerpo de una niña.
Le costaba decir que había perdido el rumbo después de enterrarla, porque quizá nunca lo tuvo. Fue a Canadá a conocer a la familia de Sharon y después bajó a América del Sur, a rehacer su vida. Durmió bajo los puentes de Morón y Castelar. Vendió praliné en la puerta del Amalfitani. Una noche, cuidando autos afuera del Luna Park, tres borrachos se bajaron de una Toyota y lo empezaron a golpear cuando les pidió dinero. Se levantó con una oreja colgando y la boca sangrante, se puso la llave rota entre los dedos y empezó a golpear hasta que pudo escapar.
Me dijo que este río le encanta. Que a veces pareciera que se puede cruzar caminando, cuando las islas se ven cerca, casi como si uno pudiera tocar las ramas de los espinillos. Allá en el conurbano le dijeron que Rosario era más tranquilo, y así se lo ve. Mirando el Paraná, como si estuviera esperando a alguien que va a venir nadando, vaya a saber uno desde dónde.

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