La lupa
Jueves 09 de Febrero de 2017

La fiesta de 18

Los ritos iniciáticos mantienen su vigencia aunque acompañen al hombre desde sus comienzos como tal. Son pruebas, más o menos peligrosas, sanguinarias, traumáticas que buscan templar los espíritus, cortar el lazo de la niñez, o de una inocente ignorancia que desvela una parte, postergada o no, de la evolución.

Esos ritos se repiten casi a lo largo de la vida de todos, de una nueva actividad, o proyecto o estado de vida, casi siempre lo nuevo plantea un desafío que hay que atravesar.

Una de las costumbres más simpáticas es la celebración del cumpleaños de 15 de las chicas. Para qué hablar de los enormes esfuerzos volcados a detalles que llevan meses de concreción. Nada importa, los recuerdos quedarán para siempre y resistirán el tamiz de los años.

Pero hace muchos años, tantos que se recuerda poco o muy poco, estaban las fiestas de 18 con la que los varones se recibían de hombres y abandonaban los pantalones cortos; sí, saco, camisa, corbata, medias, botines y pantalones cortos que llegaban a la rodilla.

Esas fiestas eran mas discretas que las de las niñas, el único fin era darle un marco concreto a la ceremonia final, la exhibición de la libreta de enrolamiento. Pero la esencia de la cosa no era declamatoria ni una carta de intenciones: el objetivo era estrenar adultez en los cabarés. Las luces, las bailarinas, las cantantes, las orquestas típicas, los cantores, la alegría sin fin. Por fin podía ver de primera mano lo que le habían contado tanto, y hasta tomar una copa.

Justo cuando estaba envuelto en ese mundo excitante, que atropellaba los sentidos, un viejo malevo se apiadó de su candidez, se acercó y le dijo, bajito, nene, rajá de acá, andá a tomar la sopa.


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