Edición Impresa
Jueves 29 de Diciembre de 2016

La chata de los cartoneros

Llegan en silencio y pasan desapercibidos porque apenas tienen unas luces chiquitas y titilantes. Los cartoneros estacionan al costado de la plaza una chata DeSoto modelo 60 deslucida, pintada con varios tonos de gris (distintas capas de impresión, después de arreglados los distintos "bollos") y una caja abierta para amontonar incontables fardos de cartón y papeles. Un emprendimiento organizadito que no desprecia las carretillas. Esta vez son cuatro, se sientan en un banco de símil mármol clarito a unos cuatro metros de la pick up con la caja vacía, destapan una Coca Cola de litro y hablan en voz baja, apenas se les escucha un murmullo. Están vestidos con ropa gastada, oscura. Tres son jóvenes, el otro es cuarentón.

Así transcurre media hora, un poco más. De pronto queda uno solo. Al rato los demás empiezan a aparecer con grandes bultos sobre las carretillas, otros los cargan al hombro. Iluminada por los focos la bucólica escena de unos minutos antes desaparece por el ir y venir de los changarines. De la nada siguen apareciendo bultos. Los cuatro, casi con seguridad son integrantes de una cooperativa que reúne los cartones levantados en un sector del centro. Más trabajo, más cartones, más plata y más comida. Al fin se suben a la chata, que arranca tosiendo. Se van; una luz roja chiquita se va perdiendo.

Recuerdan la fábula de la lechera.

Ojalá que no se tropiecen, ojalá que no se les rompa el cántaro.

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