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Domingo 27 de Agosto de 2017

Giros en la cama

Suele escucharse de personas que han decidido vivir con mayúsculas. O volver a la vida al menos. Otros no pueden acostarse siquiera si la noche está bien cerrada.

Suele escucharse de personas que han decidido vivir con mayúsculas. O volver a la vida al menos. Otros no pueden acostarse siquiera si la noche está bien cerrada. Sólo después de que hilos de luz se filtren por la desvencijada persiana intentarán dormir. Acaso una vez más no lo logren. Y a modo de ensayo apretarán los párpados dejándose acariciar por esos rayos sutiles, suaves como almohadones de pluma. La claridad se intuye de a poco. El día nace a la madrugada con niebla o llovizna y como un insecto de breve existencia acabará extinguiéndose a la tarde con restos de un sol herido sin haber podido conocer y comprender la noche. El cuerpo pesado gira una vez más en una cama medio deshecha. En la calle vacía donde se camina mirando hacia todos lados un taxista impiadoso hace sonar dos veces la bocina a la espera del pasajero eternamente demorado. Ducho en estas lides, el tipo se tapa hasta la cabeza y se apresta a poner en marcha su emprendimiento de ronquidos. No lo logra. Quedaron zumbando en su deteriorada cabeza situaciones de un relato del irlandés Bernard MacLaverty titulado "De visita". Lo leyó antes de acostarse. Tal vez no fue una decisión acertada. Le impresionó ese personaje que, internado en una clínica de desintoxicación, se las arregla para beber cada noche su whiskey a escondidas porque dice que una copita no hace daño. Y que hay cosas peores. Un amigo que lo visita y provee del bendito o maldito elixir le confiesa que a veces se asusta al ver al día siguiente lo que quedó en la botella. Pero si queda algo no estás tan mal, argumenta con culpa escondida. Luego admite que el problema con la bebida es algo que se desarrolla traicioneramente de manera progresiva, poco a poco. De mala gana el insomne se levanta y toma una pastilla anaranjada entre los dedos que dejaron de ser temblorosos. La mira y le habla, como si fuera una amiga dispuesta a escuchar su letanía. Por un rato quedará fuera del mundo al que quiere volver. Duda si acaso para relajarse no sería mejor una copa. Sólo una, nada más que una, susurra el demonio interior. Todo depende de su voluntad, la que una vez dejó sumergida y olvidada. Le espera, como cada día, la peor batalla: contra sí mismo. Y piensa dónde y cómo se alimentan las ganas de vivir.

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