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Viernes 30 de Enero de 2015

Gallego se hace trampa jugando al solitario

No hace falta desmenuzar mucho la realidad para darse cuenta rápidamente de que la contratación de Américo Gallego como técnico de Newell’s marchó por un camino paralelo al de la aceptación del hincha.

No hace falta desmenuzar mucho la realidad para darse cuenta rápidamente de que la contratación de Américo Gallego como técnico de Newell’s marchó por un camino paralelo al de la aceptación del hincha. Se eligió al DT que se consagró campeón en el Apertura 2004 con un equipo que no captó preferencias ni simpatías que fueran más allá del lógico reconocimiento del simpatizante rojinegro. Al Tolo le cabe el mérito de haber potenciado las virtudes de un equipo que supo germinar un espíritu combativo y ganador para quedarse con la última palabra de aquel torneo. Hasta ahí nada que llame poderosamente la atención si la lupa de la designación se guió por el veredicto de la gente.

Lo que sí invita a la reflexión es que la decisión de apostar por el Tolo haya estado más vinculada con un acto de revisionismo que con la rotundidad del presente. Seguramente malcriados en la cultura que impone que perder es ir directamente al patíbulo, los dirigentes de Newell’s cayeron con docilidad en uno de los grandes excesos que hoy gobiernan el fútbol y es el de atribuirle una importancia exagerada a un técnico con pasado glorioso en el club. Le pasó a Daniel Angelici con Bianchi en Boca y a Cantero con el propio Gallego en Independiente. Es evidente que los directivos rojinegros necesitaban encontrar rápidamente a alguien con peso específico que les cubriera las espaldas. De otra manera no se entiende que se hayan inclinado por un DT al que en los últimos tiempos dio sobradas muestras de habérsele pasado el cuarto de hora. Y en esto no hay que andar con eufemismos de ocasión, porque si Gallego estuvo varios años en el ostracismo fue por alguna cuestión personal, pero más que nada porque en los últimos años todo equipo que condujo lo convirtió en un sonoro fracaso. Es cierto que todos los entrenadores tienen un muerto en el placard y que el fútbol admite multiplicidad de estilos para jugar. No en vano los resultados siempre están bajo un estado gaseoso y volátil.

Pero así y todo, hablar de continuidad de proyecto con Gallego es ilusorio. Si algo puede garantizar el Tolo es que el equipo siga medianamente en el candelero, pero de ninguna manera habrá chances de que a Newell’s todos lo señalen como una referencia en el fútbol argentino. Tampoco se avizora a un modelo colectivo del que valga la pena extraer enseñanzas por su manera de jugar. Seguramente el Newell’s 2015 ofrecerá algún cambio conceptual más alineado con rigideces que con libertades. Porque en todo proceso siempre lo más importante es lo que transmite su conductor. El arte del DT está en el convencimiento. Y en esa dirección a Gallego siempre lo sedujo construir equipos de recortado atrevimiento. Sus dibujos tácticos suelen ser tan elásticos que terminan siendo cautelosos. Sus mensajes, tarde o temprano, buscan ponerle un biombo a la audacia. Por más que se le pase el peine fino a su discurso, la esencia no se cambia. Mucho menos cuando busca camuflar el pensamiento declarando pour la gallerie. El Tolo nunca fue de entusiasmarse cuando sus jugadores tocaban mucho la pelota. Más bien siempre entró en pánico cuando sus equipos masticaban demasiado el juego. Por eso no tenía necesidad de hacerse trampa jugando al solitario y decir que se volvió loco al ver tocar a este equipo. La sensación es que lo mejor de Gallego ya se vio. En el fútbol diez años es una eternidad. Cambió el mundo. El Tolo no es el mismo que supo ser. Y Newell’s tampoco es el club en el que se vio la versión más calificada del Tolo.

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