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Domingo 27 de Septiembre de 2015

Exilios de aquí a la vuelta

Es un problema endémico para Rosario. Escritores, músicos, actores, artistas plásticos y periodistas que quieren trascender en sus actividades y acceder a un profesionalismo más firme emigran a la Ciudad Autónoma en busca de nuevos horizontes. Testimonios que cuentan una experiencia intransferible.

Fontanarrosa siempre fue la excepción, aunque no puede decirse que confirme la regla. De hecho —como el propio Negro lo explicaba cuando aún faltaban años para que el uso del e-mail se generalizara— un humorista gráfico podía trabajar en la soledad de su estudio y enviar sus dibujos por correo (terrestre o aéreo, según las urgencias) a las redacciones de Buenos Aires. En cambio, a un actor, un músico o un periodista la gran capital lo requería inevitablemente de cuerpo presente.
La decisión del traslado a Buenos Aires forma parte de la tradición de la cultura y las artes rosarinas pero algunas de las causas profundas apenas se han modificado; el notable crecimiento de la ciudad en las últimas décadas, el amplio desarrollo de las expresiones culturales en ámbitos oficiales y la presencia cotidiana de miles de visitantes de otras provincias y de localidades cercanas no se corresponden con las posibilidades profesionales de creadores o comunicadores de las diversas disciplinas; para buena parte de ellos, la gran meta sigue siendo Buenos Aires.
Caminos de ida
Quizás el caso de los escritores sea el más parecido al de Roberto Fontanarrosa (que también fue escritor) y suele mencionarse en estos casos el nombre consagrado de Angélica Gorodischer, que sigue viviendo en Rosario.
Entre los que se han ido, Juan Martini tiene pleno reconocimiento nacional. Su alejamiento respondió a motivos muy concretos: “En diciembre de 1975, fui amenazado de muerte por las Tres A. Yo no militaba en las organizaciones subversivas pero tenía una librería casi en la esquina de Córdoba y Corrientes, enfrente de la Bolsa de Comercio, y trabajaba mucho con los estudiantes de Filosofía y Letras. Después de realizar consultas con abogados como Martínez Raymonda, Natale y otros, en vista de que todos me aconsejaron que me fuera del país un par de años, decidí hacerlo y me radiqué en Barcelona donde viví hasta el mes de abril de 1984”. Autor de las novelas El agua en los pulmones, La vida entera, La construcción del héroe, Colonia, Cine III. La inmortalidad, entre otras, dice que hoy a Rosario “la veo muy bien. Cambió mucho, se modernizó, y es una ciudad a la que me gusta volver para ver a mis amigos y para recorrer las zonas que más me gustan, como, por ejemplo, la nueva costanera que va desde el Monumento hasta el puente Rosario-Victoria”. Su casa de Rosario estaba en Rioja 2824 y su barrio porteño es Palermo, enfrente del Jardín Botánico. Acepta que le gustaría volver a vivir en Rosario, pero para eso “se tendrían que dar condiciones laborales y afectivas equivalentes a las que hoy tengo en Buenos Aires. Siempre digo que yo pertenezco a tres ciudades (Rosario, Barcelona y Buenos Aires) y que soy hincha de dos cuadros de fútbol: Central y el Barcelona”.

Cuando María Fiorentino tenía 18 años viajaba todos los días de Saladillo al centro, para trabajar en Tiendas La Tropical. Por casualidad, y allí mismo, el director teatral Jorge Velloso Colombres la escuchó recitar un poema y la invitó a formar parte de su grupo, que ensayaba Don Juan, del dramaturgo brasileño Guilherme Figueiredo. De esa manera impensada, María subió por primera vez a un escenario. “Me encantaba actuar pero me daba cuenta de que eso no podía ser así; que yo tenía que estudiar, formarme”. Pero era 1970 y en esa época Rosario no contaba con escuelas integrales de teatro. Decidió mudarse a Buenos Aires con esa consigna: estudiar. A partir de allí trabajó intensamente en teatro (La cocina, Convivencia, Woyzeck, Piedras y huevos, Monólogos de la vagina, Toc toc), cine (Mirta de Liniers a Estambul, Tacos altos, De amor y de sombra, Crónicas del paraíso, Lugares comunes) y televisión (Crecer con papá, Las 24 horas, Compromiso, Hombres de ley, Alta comedia, Gasoleros); además ejerció el periodismo en revistas como Humor y Caras y Caretas, publicó el libro Frío de película, hambre de novela y, en los últimos años dedica muchas horas  a ser dirigente de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes, Sagai, entidad que preside Pepe Soriano. “Mi madre vive en Rosario —agregó—, en la misma casa donde viví de chica. Pero cuando voy, estoy poco tiempo y prácticamente no salgo, porque estoy absorbida por mi familia. Mantengo contacto con rosarinos de la profesión, como Andrea Fiorino y Pablo Razuk. Rosario es mi único amor inenarrable; soy de las que creen que la patria es la infancia…”.

Un día, el periodista Luis Novaresio recibió “una oferta laboral absolutamente inesperada. Yo ya venía haciendo radio y tele en Buenos Aires, en distintos programas de fin de semana. Daniel Hadad, una de las personas más talentosas que he conocido en los medios y, seguro, el que más sabe de radio, me ofreció hacer el regreso en Radio 10 y la mañana en C5N. Buena oportunidad, buenas condiciones, la radio líder. En Rosario era feliz en 10 Puntos en Radio Dos y en De 12 a 14. Jamás pensé en cambiar de ciudad. Lo consulté con alguien con quien trabajaba en Rosario y me dijo: «No vayas. Te va a ir mal en Capital». Fue el empujón final para animarme a empezar de vuelta”.
Sobre sus señas particulares precisa: “Nací en Cochabamba el 500, al lado del Club El Tala y a metros de la casa de Reynaldo Sietecase. Después me mudé al barrio Hospitales. Hoy vivo cerca del parque de España. En Buenos Aires, vivo en Palermo. En realidad, en Palermo Hollywood. Pura comodidad: trabajo a siete cuadras de mi departamento”. Como queda dicho, Novaresio no se fue del todo (“tengo a mi familia, amigos, médicos, contadora, dentista, todo en Rosario. Voy todo el tiempo. Veo a la ciudad como una de las más estupendas para vivir en nuestro país. Es lógica en dimensiones. No es sectaria. Claro que hoy veo con enorme preocupación lo que pasa con la inseguridad y el narcotráfico”) y aunque su trabajo se concentre en la Ciudad Autónoma, es columnista de La Capital.

Techo, circunstancias, mística

Entre los 13 y los 32 años, la narradora y dramaturga Patricia Suárez vivió en Entre Ríos y Pasco. “Me fui de Rosario en marzo del año 2003. Estaba embarazada y el papá de mi hija vivía en Buenos Aires. En principio, me trasladé para vivir con él. Después la relación no funcionó y me separé a fines de 2004. Lo natural hubiera sido volverme, pero me habían sucedido un par de cosas muy buenas. Una era que había ganado con Perdida en el momento el Premio Clarín de Novela en noviembre de 2003 y la otra era que gracias a eso, me habían programado para hacer una obra mía, Rudolf, en el Teatro Cervantes. Si bien Buenos Aires es una ciudad hostil, conmigo fue generosa y siempre, gracias a Dios, tuve trabajo. En Rosario había llegado al techo, todo lo que yo podía conseguir —no soy universitaria, ni tengo ningún título académico— lo había logrado. Cuando me fui no había un Teatro Cervantes en la ciudad. Pero ahora hay un Teatro La Comedia... Buenos Aires es una ciudad muy grande y muy estresante y por tiempos, intransitable. A veces es hostil hasta asomar la nariz a la calle y la mejor manera de mantener la salud es salir del barrio (yo vivo en San Telmo/Barracas, a dos cuadras del parque Lezama) lo menos posible”.
“Iba a Rosario muy poco —prosigue—, pero desde hace un tiempo logré hallar trabajos que me permitan viajar y seguir relacionada con la ciudad. De hecho, escribí una obra para el grupo de teatro Rosario Imagina que se estrenará este octubre, volví a escribir en Rosario/12, doy talleres en la Escuela Provincial de teatro y ahora en Casa Arijón y suelo publicar en editoriales rosarinas (Homo Sapiens, Ross, Baltasara) y lo hago por convicción, porque yo soy de Rosario aunque viva en Buenos Aires. Espero que mi relación laboral con Rosario se afiance cada vez más y no descarto la posibilidad de volver a vivir allá, en un futuro”.

Hasta 1994, cuando decidió emigrar a Buenos Aires y en principio alojarse en casa de su padre, Luciano Galende había probado el ejercicio del periodismo sólo en una radio barrial, pero en la Capital Federal se vinculó rápidamente y comenzó a participar de programas de la FM Rock and Pop, junto a Jorge Lanata; luego pasó a otra emisora, accedió a la televisión en América TV y compartió programas con figuras de los medios, como Lalo Mir y Elizabeth Vernaci. Más adelante trabajó en la televisión pública y fue por un tiempo conductor de 6, 7, 8. Actualmente, en el mismo Canal 7 conduce Crónica de un mundo en conflicto, serie de programas especiales que le ha permitido viajar a Grecia, Turquía, Marruecos y otros países. También es el conductor en la AM 870 de Radio Nacional de Mañana más, que se emite de lunes a viernes por la tarde. Desde su casa de Villa Crespo (su barrio rosarino fue Fisherton), Lucho señala que vivió el desarraigo (“más de una vez me quise volver”) y que subraya de Rosario su condición de “ciudad a escala humana”, con la que mantiene una relación íntima; aquí por ejemplo vive su madre que, cabe recordar, pudo salir ilesa de la terrible y letal explosión del edificio donde vivía, en Salta 2141.

Si bien Noemí Ulla no nació en Rosario, aquí se formó en la inolvidable Facultad que citaba Martini, la de Entre Ríos 750 en la década de 1960. “En realidad —dice—de Rosario no me fui nunca, está siempre conmigo, igual que Santa Fe, donde nací. De Rosario era mi padre y de Felicia, una colonia suizo-alemana cerca de Santa Fe, mi madre. Muchas veces uno no decide irse, las circunstancias deciden. Una apertura mayor de las editoriales me ofrecía Buenos Aires, la posibilidad de preparar antologías, prólogos, etcétera. Jorge Álvarez publicó mi primer ensayo, Tango, rebelión y nostalgia, que escribí gracias al impulso de David Viñas, mi profesor de Literatura Argentina en la Facultad, con quien fuimos muy amigos Él me propuso publicar en Jorge Álvarez mi primera novela, Los que esperan el alba. Por inseguridad, creí que después escribiría algo menos primerizo y desistí del ofrecimiento. Me arrepentí más tarde, ya que esa novela, afirmó hace poco el escritor Osvaldo Aguirre, es el valioso testimonio de intelectuales del grupo del bar Ehret (estaba en Santa Fe casi Entre Ríos) que integrábamos con Aldo Oliva, Carlos Saltzmann, Atilio Pentimalli, Aldo Beccari y Juan José Saer, entre otros". Narradora y ensayista, doctora en Letras, profesora invitada en universidades del exterior, Ulla mantiene una fluida relación con la ciudad: “En Rosario se presentaron varios libros míos. Allí conservo amigas de la infancia y los que conocí en la Facultad, como Adolfo Prieto y su esposa. Hace unos años solía visitar a las colegas de mi madre, Olga y Leticia Cossettini. También me reunía con Gary Vila Ortiz, querido amigo con quien trabajé mucho tiempo en la revista El Centón, que me acercó a los talentosos Femando Quaglia, Marita Guimpel y Rubén Echagüe”.
 
“Si hubiera sido por mí, nunca me hubiese ido”, comienza diciendo Pablo Razuk, actor de múltiples y valorados trabajos; uno de los últimos, Padre Carlos, el rey pescador, de Cristina Escofet, con dirección de José María Paolantonio, lo trajo hace poco a La Comedia. “Pero claramente me di cuenta —agrega— que quería vivir de la actuación y de todos los roles que tienen que ver con la teatralidad y la vinculación con diversos formatos (televisión, cine, video, etcétera). Después de haber estudiado con los docentes más reconocidos de mi Rosario —Mirko Buchín, Oscar Medina, Chiqui González, Cacho Palma— empecé a viajar a Buenos Aires una vez por semana para estudiar con Carlos Gandolfo, primero, y después con Augusto Fernandes. Tres años más tarde tomé la decisión de partir, que me llevó tres años más concretar… Un duelo esperanzado”.
“Es muy difícil hablar de cómo veo Rosario hoy. Cuando me fui había el 54 por ciento de desocupación y hoy es una ciudad pujante y llena de posibilidades, pero a la vez tengo la sensación de que el teatro no ha crecido en relación a la ciudad. Somos famosos en Buenos Aires los rosarinos, porque hemos (otros lo han hecho antes que yo) creado una mística muy fuerte por capacidad y talento. Y por prepotencia de trabajo. Esa mística y personalidad, creo que los rosarinos mismos no la valoran en los propios como deberían. Todavía la gran mayoría de los espectadores sigue respetando más algo que llega desde Buenos Aires”. Razuk vive en Almagro y en Rosario su lugar era el centro. “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Dónde? ¿Pero dónde? Si siempre estoy volviendo...”, entona a dúo con la áspera voz de Pichuco.
Músicos con historia
Por cierto que, en materia de exilios internos, los músicos tienen historia propia. Desde el tango (Libertad Lamarque, Raúl Lavié, Antonio Ríos, Antonio Agri) y Carlos López Puccio, integrante de Les Luthiers, hasta el rock y la Nueva Trova (Litto Nebbia, Juan Carlos Baglietto, Fito Páez, Silvina Garré), la presencia rosarina en Buenos Aires fue dejando una fuerte señal de identidad.
A esa estirpe pertenece Liliana Herrero, nacida en Villaguay, Entre Ríos, quien vino a Rosario para estudiar filosofía en la ya reiteradamente citada Facultad de calle Entre Ríos (que desde 1979 pasó a llamarse de Humanidades y Artes), donde luego fue docente. En peñas de estudiantes era frecuente escucharla cantar en aquellas noches y trasnoches de los 60 y 70.
“Me fui a Buenos Aires por una cuestión exclusivamente familiar. Mi marido Horacio González vivía allá y yo en Rosario. Nos veíamos cada quince días y viajábamos mucho los dos. Nos cansamos de esa forma de vivir y cuando yo culminé mi vida académica en la Facultad decidimos vivir juntos en Buenos Aires. De modo que la elección de la ciudad fue absolutamente azarosa. Podría haber sido cualquier otra ciudad”
“Yo amo Rosario —continúa la intérprete, que vive a unos pasos del parque Lezama y cuyo último disco es Este tiempo— ; de hecho voy muy seguido para allá. Tengo mi familia en Rosario: mi hija, mi yerno y mis nietos. No puedo estar mucho tiempo sin ir. No lo soporto. Los extraño y los disfruto mucho. Por otro lado creo que Rosario es una bellísima ciudad. He vivido mucho tiempo ahí. Muchos años más que los que viví en mi provincia natal, que es Entre Ríos. Y viví años decisivos para mi vida ligados a las teorías, la política, los amigos y las vanguardias artísticas”. Respecto de la valoración de los creadores locales, cuando vienen canonizados de la metrópolis, señala que “hoy los públicos están tan cautivos de las jerarquías y los modelos que imponen los medios, sobre todo la televisión, que ya no sabría hablar de público sin pensar en esos paradigmas mediáticos. Entonces me parece que ya no depende de las ciudades”.
Otro referente de la canción popular, creador junto a Rafael Ielpi de varios temas de una sensible poesía urbana que indaga en la historia cotidiana de Rosario y de una cantata que tuvo vasta repercusión, La Forestal, Enrique Llopis, recuerda que "la primera vez que intenté quedarme en Buenos Aires fue a los 17 años, llevado por la ilusión de abrirme paso entre los cantores que por entonces tenía como referentes. A partir de ahí todos mis intentos fueron un ida y vuelta constantes, en algunos casos fueron meses, en otros años... lo que ocurre es que siempre intenté concretar mis expresiones artísticas desde el lugar en el que me tocó estar, ya sea por elección o por obligación. La verdad es que no he pensado cómo hubiera sido mi trayectoria artística de haberme quedado siempre en Rosario... es difícil, porque a partir del momento en que viajé a la ex URSS y gané el Festival de la Canción Clavel Rojo en 1977, mi vida cambió y mi carrera artística comenzó a desarrollarse en distintos lugares: España, Portugal, Alemania, Rusia, Francia, Paraguay, Buenos Aires y Rosario, por nombrar algunos.
Llopis —que en la década del 90 fue además subsecretario de Cultura de la Municipalidad de Rosario— nació y se crió en la calle Rueda, a media cuadra del Hospital de Niños y a una de la vieja cancha del club Belgrano; algunos lo llamaban barrio Hospitales, otros España; “pero para nosotros era la séptima (hoy quinta) o zona sur”.
“Lograr lo que llaman éxito fuera de los límites del lugar de nacimiento y a partir de ahí ser reconocido por los propios no sólo es una característica de esta ciudad, es una marca que exhibimos también como país, como sociedad. Los ejemplos abundan: el tango, una de nuestras máximas expresiones culturales, necesitó la aprobación francesa antes de ser aceptado aquí en los lugares de decisión. Este ejemplo es trasladable a una incontable cantidad de casos, como el de Gardel sin ir más lejos. No obstante —y esto lo digo con orgullo— nuestra puesta de La Forestal, el mayor éxito teatral en la historia de la ciudad y de la provincia, no necesitó pasar por la aprobación de Buenos Aires para ser reconocida por el público local”
La ciudad llama
Para Reynaldo Sietecase, “la tercera fue la vencida. Jorge Lanata me había ofrecido dos veces irme a Buenos Aires para trabajar en radio y le había dicho que no. Estaba muy bien aquí. Trabajaba en LT8, Rosario/12 y Canal 5. Pero en 1998 me llamó para integrarme a la redacción de la revista Veintitrés. Yo había crecido leyendo Página/12, soy de la gráfica, y no me quería perder un emprendimiento que imaginé tendría esa mística. Casi de un día para otro dejé todos mis trabajos aquí y me fui. Pasaron 16 años y, más allá de los sacrificios propios y de mis queridos, estoy feliz de haber tomado esa decisión. Soy el escritor y periodista que soy por ese viaje.”
Tras unos años en San Telmo, Sietecase vive ahora “en el límite entre Once y Abasto, en un edificio que tiene cien años. Mi barrio en Rosario es la Sexta. La plaza López y el club El Tala son mis dos grandes referencias de infancia”.
Hay dos opiniones muy repetidas y, en el fondo, contradictorias. Una, que el público rosarino es muy exigente. Otra, que ese mismo público reconoce a un creador local sólo cuando a éste lo consagró Buenos Aires: “Las dos cosas tienen algo de ciertas —reflexiona—. Creo que es un público exigente, acostumbrado a ver cosas de calidad. Y la idea de que nadie es profeta en su tierra no es sólo rosarina. Hay muchos notables que nunca se fueron y gozan del reconocimiento popular. El Negro Fontanarrosa es el mejor ejemplo. Jorge Fandermole, otro. Pero hay muchos. No pasa por irse o quedarse. Uno debe seguir su deseo y el deseo no es una cuestión geográfica”, dice el conductor de Guetap, programa matutino de FM Vorterix, y autor de varias novelas, como Un crimen argentino y A cuántos hay que matar.

No es difícil imaginar la trayectoria profesional de Luis Machín si se hubiera quedado haciendo teatro en Rosario: “Lo de irme de Rosario —dice— fue algo que decantó lentamente. Yo había trabajado siempre mucho en la ciudad, de hecho me vinculé con la mayoría de los directores que hacían teatro en los 80 y venían de una participación muy activa en el teatro rosarino como Miguel Franchi, David Edery, Pepe Costa, Félix Reinoso, Naum Krass, Chiqui González, Néstor Zapata y luego, ya en la Escuela de Teatro, con Carlos Schwaderer. Fue después de mi primera gira teatral a Europa con Cabaretit, obra que hacíamos con el Grupo Sauco de Schwaderer, que me di cuenta de que iba a ser imposible vivir de mi actividad como actor; volví con una enorme experiencia pero sin un centavo”.
“Rosario —prosigue el protagonista de Vigilia de noche, de Lars Norén, actualmente en cartel en el Teatro San Martín— es la ciudad de mi infancia, mi adolescencia y primera juventud, la del despertar al amor, la de mis primeros pasos en la profesión que marcaría mi vida, la ciudad de la familia primera y los amigos que aún conservo hasta de la escuela primaria. Rosario es la ciudad a la que vuelvo a visitar a mi madre, mi hermana y mi sobrino y a la que seguiré visitando porque hay cosas que a uno lo constituyen como persona, de las que no se separa nunca. Creo que la ciudad sigue teniendo muchas deudas para quienes la habitan. Si bien tiene un enorme desarrollo cultural todavía es mezquina para sus creadores artísticos en todas sus manifestaciones, no es posible que los canales locales no tengan una programación de ficción desarrollada por los rosarinos. Recién en los últimos años y por políticas nacionales se empiezan a ver desarrollos de miniseries pero sigue, a mi manera de ver, una falta de políticas culturales más abarcadoras de desarrollo de las empresas privadas. Creo que Santa Fe está más preocupada por las plantaciones de soja que por la contención de sus artistas y son éstos, junto a los educadores, los que van a construir un pensamiento más solidario porque es la cultura la base esencial de los pueblos”.

Suele ocurrir que a la distancia —y más allá de los justos cuestionamientos que pueden y deben hacerse— la ciudad de origen adquiere con el tiempo algo así como un tenue color rosado. Pero el desarraigo es también un fenómeno humano complejo. Uno de los hermanos Ábalos contaba que durante 40 años soñó incesantemente con el regreso a Santiago del Estero. Y cuando al fin pudo volver, al poco tiempo descubrió azorado que ahora extrañaba a Buenos Aires.

“Eso pasa en todos lados”

“Me fui de Rosario porque quería dedicar mi vida al arte y no veía cómo hacerlo allí. Estaba convencida de que quería ser artista y que nacer en Rosario era la peor desgracia. Sin embargo muchos años después vi que los estudiantes de arte de Capital estaban sumergidos en programas muy conservadores. Agradecí haberme formado en el ambiente superprogresista de la UNR durante el retorno a la democracia y donde los alumnos habíamos tomado las riendas de los programas y haber tenido profesores como Eleonora Traficante y Reinaldo Laddaga.
Si me hubiera quedado, creo que hubiese perdido el tren a cualquier lugar. Me fui en el 94, a los 30 años, y no existía internet. Hoy es diferente para un artista, tiene más posibilidades de producir y dar a conocer su obra.
No tengo mucha relación con la ciudad, quizás en los últimos años y ahora, próximamente, vuelvo mostrando mi trabajo. Después de 20 años de haberme ido. En cuanto a la no valoración de lo propio, eso pasa en todos lados, es muy difícil que te juzguen en la contemporaneidad. El reconocimiento llega a la distancia en el tiempo, no tiene mucho que ver con el lugar.
Me gustan la ciudad y el río, Rosario evolucionó pero sigue muy atrás a nivel de museos en comparación con Córdoba y otras provincias. No entiendo por qué, con la calidad de sus artistas. Creo que gran responsabilidad es del sector privado con más recursos, al que no le interesan el arte ni la cultura y no colabora para que sus artistas progresen.”
(Nicola Costantino, artista plástica; su barrio rosarino fue Alberdi; ahora vive en Villa Crespo)

Una lista

Omar Tiberti nació en Serodino, donde transcurrió su infancia y compartió la escuela primaria con Juan José Saer. Después su familia se mudó a Rosario y ya adolescente se inició en el teatro independiente de la mano de su gran amigo Eugenio Filippelli. Más adelante se radicó en Buenos Aires y allí, durante 34 años corridos, trabajó en teatro, cine y televisión y cumplió una larga gestión como dirigente de la Asociación Argentina de Actores. Esa frecuentación le permite hoy, ya de regreso, hacer una lista de actrices y actores de Rosario, surgidos en su mayoría de las filas independientes y algunos de radioteatro, que eligieron instalarse, definitiva o transitoriamente, en la capital del país. Además de los citados en estas páginas incluyó a intérpretes de resonancias actuales como Darío Grandinetti, Mario Alarcón, Juan Pablo Gereto y Adriana Aguirre junto a Alberto Olmedo, Enzo Viena, Vito de Martini, Guerino Marchesi, Eduardo Ricart, Erika de Boero, Juan Buryuá Rey, Roberto Guthié, Humberto Serrano, Lelio Lesser, Víctor Rissot, Andrés Rigot, Guillermo Murray, Norma Pons, Esteban Boero, Julio Imbert, Omar Grasso, Gustavo Borelli y Héctor Tealdi. También a David Edery, Carlos Mathus, Noemí Pampalona, Ernesto Ciliberti, Alicia Schilman, Liliana Manovelli, Arnaldo Colombaroli, Ariel Bianco, Graciela Castellanos, Irma Borella, Mimí Pons, Graciela Ensinck, Rogelio Romano y Ana María Ambasz.

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