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Miércoles 06 de Febrero de 2008

Espasmos

En la Argentina los controles se hacen siempre tarde, duran unos pocos días, no solucionan nada y desaparecen con la misma volatilidad con la que se iniciaron. Son espasmódicos y así no sirven.

En la Argentina los controles se hacen siempre tarde, duran unos pocos días, no solucionan nada y desaparecen con la misma volatilidad con la que se iniciaron. Son espasmódicos y así no sirven.

El año pasado, cuando un camionero que conducía alcoholizado provocó una tragedia de dimensiones catastróficas al embestir a un colectivo repleto de estudiantes adolescentes en una ruta santafesina, la provincia (Obeid & company) anunció que prohibiría la venta de bebidas alcohólicas en los paradores y prometió controles de alcoholemia. Parece que no ocurrió. Un drama parecido se repitió la semana pasada en Rosario, donde murieron cuatro pasajeros de un micro cuyo conductor había tomado alcohol. Entonces, en las indagaciones que los periodistas hicimos (la semana pasada, ahora ya no), los propios choferes de camiones y ómnibus lo confesaban. "¿Controles de alcoholemia en la ruta? Jamás vi uno en 20 años", respondían.

Pero la rueda regresa al principio y el gobierno de Santa Fe vuelve a anunciar controles. Es probable que esta vez se hagan porque hay una sensación más o menos colectiva de que quienes ahora gestionan la provincia (Binner & company) intentan cumplir con aquello que prometieron antes de llegar al gobierno y con lo que anuncian desde que gobiernan. La pregunta es por cuánto tiempo.

Veamos otro caso. En la primera quincena de enero el municipio hizo severos controles a quienes andan por la ciudad en moto. De pronto todos los que circulan en moto se preocuparon por cumplir con sus obligaciones. Fue interesante comprobar cómo de buenas a primeras todo el mundo salió a la calle con el casco, que antes era una rareza. Ahora, quince días después, ya no hay tantos controles y otra vez se ve a muchos sin ese elemento de seguridad indispensable. ¿Sirvió?

Somos hijos del rigor. Necesitamos sentir la amenaza concreta de que el Estado está haciendo algo en serio para que las normas se cumplan, y entonces cumplimos. Por un tiempo, porque luego suceden dos cosas: el Estado vuelve a desaparecer y nosotros regresamos a lo nuestro, que es vivir y actuar de la manera contraria a lo que exigen las normas. Así son quienes deben controlar y así somos nosotros.

Ahora el municipio promete controlar la circulación en bicicleta. Vale, es imprescindible. La cuestión es cómo y por cuánto tiempo se hará. En el medio se desatarán interminables polémicas y al final todo volverá a ser como es hoy: un caos en el que todos (los ciclistas, en este caso) seguirán haciendo más o menos lo que les plazca. Y los otros, que se jodan.

 

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