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Jueves 29 de Diciembre de 2016

El poder destructor del dinero

Basta recorrer un sábado a la mañana calle San Luis, por ejemplo. O Córdoba, desde el Paseo del Siglo a Laprida. O cualquiera de los lujosos shoppings de la ciudad. Y mirar, mirar atentamente. Observar a los hombres y mujeres que recorren tan diversos paisajes, hombres y mujeres que pertenecen, también, a tan distintos estratos sociales. Sin embargo, más allá de las tantas veces obscenas diferencias que los separan, en sus ojos brilla un fulgor similar. El fulgor del consumo.

Basta recorrer un sábado a la mañana calle San Luis, por ejemplo. O Córdoba, desde el Paseo del Siglo a Laprida. O cualquiera de los lujosos shoppings de la ciudad. Y mirar, mirar atentamente. Observar a los hombres y mujeres que recorren tan diversos paisajes, hombres y mujeres que pertenecen, también, a tan distintos estratos sociales. Sin embargo, más allá de las tantas veces obscenas diferencias que los separan, en sus ojos brilla un fulgor similar. El fulgor del consumo.

Comprar, comprar, comprar. Tener, tener, tener. Cada uno en la medida de sus posibilidades, todos llevan ese objetivo marcado a fuego. Acaso sea el único valor que los una: desde los más humildes a los más pudientes, todos aspiran a lo mismo: la posesión de bienes materiales. El que tiene mucho —incluso demasiado— dista de estar conforme y quiere más, o mucho más. El que no posee casi nada, al menos pretende una mínima porción de la tentadora torta.

Acaso sea ese el mayor y más nefasto triunfo del sistema en que vivimos: el dinero lo legitima todo. Aquel que lo consigue —no importa cómo— se convierte de inmediato en el modelo a seguir. Como ha hecho fortuna, se transforma automáticamente en un ejemplo para todos. En otras épocas, no tan lejanas (basta repasar las letras de tango para verificarlo), el rico, justamente por ser rico, resultaba sospechoso. Y el pobre encarnaba la imagen de quien no podía levantar la cabeza porque alguien, o algo, le ponía el pie encima. Ahora, en cambio, el inconsciente social parece sugerir lo contrario: si alguien es pobre, debe ser porque "algo habrá hecho", o mejor dicho, no habrá hecho. Mientras tanto, en la marquesina de los triunfadores, los ricos —tan laboriosos— exhiben sus posesiones detrás de una glamorosa sonrisa. La televisión, siempre generosa con los poderosos, es su vidriera.

El dinero, por otra parte, ahora da la cara desde el poder. Allí no ha llegado, como en otras ocasiones, en base a violencias manifiestas u ocultas: esta vez lo ha conseguido mediante el veredicto popular expresado a través del voto. Y por lo tanto, ya no necesita disimular su presencia: se muestra tal cual es, ante el triste aplauso colectivo.

La dirigencia política del país de hoy ofrece, con excepciones, un panorama desalentador: muchos de quienes la integran parecen meros testaferros de intereses inconfesables. Lejos están los encuadramientos ideológicos o las banderas partidarias de tener sentido en esta época vacía. El drama consiste en los códigos compartidos entre quienes se aproximan al calor del poder. La mayoría de ellos tiene hábitos comunes, vinculados con la pasión por el confort y una ética demasiado flexible. Todo complementado por un prolijo bronceado caribeño.

Aquellos que intenten cambiar las cosas, entonces, deberán hacer gala no sólo de una visión transformadora, sino de una conducta irreprochable. Sin embargo, lo que más preocupa es que los dirigentes a quienes se alude no han desembarcado en la Argentina provenientes de una nave espacial: son el fruto de la sociedad a la cual representan. Si esa sociedad aspira a un mayor grado de inclusión, a una educación pública de excelencia (como supo tener no hace tanto), a que sus viejos puedan vivir con dignidad y sus jóvenes gozar de oportunidades, deberá rechazar las baratijas que le ofrezcan. No es con teléfonos de última generación ni con zapatillas de marcas extranjeras —productos elaborados en naciones donde la más cruda explotación es norma— que logrará salir del pantano en que se hunde.

Pero el dinero es fuerte, y también astuto. Tienta, seduce, deslumbra. Pese a ello, lo mejor de nuestra historia no le pertenece. Belgrano y San Martín nunca fueron suyos. Tampoco muchos de quienes lucharon en el siglo veinte. A esos luminosos ejemplos habrá que remitirse. Y por una vez, apagar el televisor donde sonríe Tinelli.

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