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Martes 04 de Julio de 2017

Despertador

Era redondo, con el fondo blanco, los números romanos de la esfera y las dos agujas bien diferentes. Una tercera aguja, mas chiquita, sobre una segunda esfera, mas pequeña y sobre la parte inferior, indicaba la hora del despertador.

Era redondo, con el fondo blanco, los números romanos de la esfera y las dos agujas bien diferentes. Una tercera aguja, mas chiquita, sobre una segunda esfera, mas pequeña y sobre la parte inferior, indicaba la hora del despertador. Detrás dos cuerdas. Era "a cuerda", un resorte metálico, de esos resortes que se apretaban y apretaban y servía para ponerlo a punto.

Todas las noches se le daba cuerda al reloj despertador. En el living había otro mas tranquilo, con un sonido de campana tipo carillón. Este no.

El reloj despertador de mi casa tenía dos medias esferas invertidas a cada lado, arriba de la carcaza o recubrimiento, también metálica, que resguardaba la máquina. Un pequeño badajo oscilaba de una a otra esfera y provocaba el sonido de campanas inatajables, desesperantes campanas del despertador.

Sabia, mi madre, como todas (las madres eran sabias porque si) lo dejaba allá sobre la cómoda, lejos de la mesita de luz donde estaba la última aventura de pequeños tesoros de la literatura universal, por donde entré a Jack London, a Mark Twain (Huckleberry siempre fue mi ídolo) y los eternos Robin Hood y el Ivanhoe un nombre heroico que ya por aquellos años pronunciaba de modo descomedido.

Estando lejos no podía pegarle el manotazo. La mayoría de las mañanas llegaba ella para correr una pequeña muesca en la parte posterior, donde estaban esas maripositas de metal con las que se le daba cuerda. Al correr la muesca se detenía y eso, la detención del timbre del reloj despertador, podía indicar el fin de cualquier mal pensamiento, pero el inicio de la rutina.

Es imposible odiar un despertador que desde su origen indica que no es el culpable, como tantas máquinas, de nuestras desgracias que solos, solitos fabricamos.

La cara, los dientes, el pelo y vestirse. Toda una rutina escolar que no se ha detenido.

Los hijos, los nietos. Un muchacho medio dormido y una madre que ayuda a vestir al que no desea otra cosa que dormir. Nada altera esa escena. Menos mal. Cuando cuentan de la deserción escolar, de los que no pueden, de los que no llegan avanzo hacia el ayer con cada recordatorio que escucho hoy, hoy mismo, sobre una madre que dice que le cuesta levantar a un hijo y un padre que dice " a mi me pasaba lo mismo".

El despertador, aquel despertador duerme el sueño de los cacharros inolvidables. En una repisa descansa dando la hora exacta dos veces por día sin despertar a nadie. Una transacción justa para su vida metálica. No molesta ni lo molestamos.

Toda vez que alguien en la familia, en las fiestas familiares cuenta su historia del hijo que quiere seguir durmiendo aparece clarísima la metáfora de las obligaciones, la vida y el compromiso. Entonces voy y acaricio el despertador. Está vivo. Ojalá no suene mañana. Pero está vivo. Pequeño monumento al porvenir feliz. Y como todo monumento. Inmóvil.

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